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15
Mayo

El intendente Jorge Capitanich, en un colmado auditorio, volvió a disertar en el marco del ciclo de charlas y debates “Todas las Voces” que organiza la Municipalidad de Resistencia, a través de la Secretaría de Cultura, Turismo y Deportes. En la ocasión, el jefe comunal estuvo acompañado por el rector de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo (UMET), Nicolás Trotta, y al secretario general de Sindicato Único de Trabajadores de Edificios de Renta y Horizontal (SUTERH), Víctor Santa María, dio una rica disertación sobre los “nuevos desafíos para las transformaciones pendientes”.

“Estamos muy contentos de poder tener nuevamente en Resistencia este tipo de jornadas. Lo que pretendemos con estas charlas es generar un debate plural, abierto y democrático, que nos brinde una multiplicidad de voces que nos permitan un avance en lo que es el desafío de la Argentina”, señaló el jefe comunal.

“Es un honor estar acá, más que a disertar, vinimos a aprender con Capitanich”, señaló Santa María, en un auditorio colmado.

Santa María es político, sindicalista y dirigente deportivo argentino. Actualmente se desempeña como secretario General del Sindicato Único de Trabajadores de Edificios de Renta y Horizontal (SUTERH) y presidente del Partido Justicialista porteño, entre otras responsabilidades.

El otro disertante fue Trotta, quien asumió como rector de la UMET en enero de 2014, luego de ser secretario académico de la casa de altos estudios. Es abogado por la Universidad de Belgrano y docente universitario. Como profesor, sus áreas de interés están vinculadas a la historia de los movimientos sociales y políticos del siglo XX; y es director general de la Editorial Octubre.

De la jornada, participaron el secretario de Cultura, Turismo y Deportes, Sebastián Benítez Molas; el secretario de Desarrollo Económico del Municipio, Sebastián Lifton; los subsecretarios Bernardo Voloj (Turismo) y Hernán Knezovich (Desarrollo Humano e Inclusión Social); los diputados provinciales Claudia Panzardi y Raúl Acosta; la sindicalista Graciela Aranda; los concejales Juan Manuel Chapo y Cecilia Baroni; y funcionarios provinciales y municipales de diferentes localidades.

Las voces del ciclo

El ciclo, siempre con auditorios colmados, tuvo invitados como la comunicadora Gabriela Cerruti, el periodista Víctor Hugo Morales, el Sociólogo Horacio González y el ex ministro de Trabajo de la Nación, Carlos Tomada, entre otros.

El Programa “Todas las Voces”, que le otorga nombre al ciclo, tiene como objetivo promover espacios de reflexión acerca de la construcción de sentidos y los valores que constituyen nuestra subjetividad, a través de acciones que vinculan diferentes actores de la sociedad, entendiéndolos como herramientas para el desarrollo de un análisis crítico de la realidad y el proceso de una nueva construcción simbólica y comunitaria.

15
Mayo

LUEGO DE ENDEUDAR A LA ARGENTINA EN MAS 190 MIL MILLONES DE DÓLARES EN SOLO UN AÑOS Y SEIS MESES

En el marco de su gira por Asia, el presidente Mauricio Macri afirmó que en las elecciones de octubre los argentinos confirmen “la vocación del cambio” en las urnas, porque los inversores necesitan garantías de acuerdos “a largo plazo y con reglas aceptables”.

“Todos plantean que tiene que haber confianza, que tiene que haber acuerdos de largo plazo y reglas aceptables. Y todo eso lo garantiza seguir con las reformas que hemos emprendido”, agregó y sostuvo que en las elecciones legislativas de octubre “lo que se va a discutir es si seguimos con el cambio” o “si queremos volver al populismo y al aislamiento de la Argentina”.

“Los argentinos tenemos que confirmar la vocación del cambio. En octubre vamos a volver a discutir si el cambio que hemos emprendido es algo en lo que creemos y en lo que estamos dispuestos a trabajar en el largo plazo, o si queremos volver al populismo y al aislamiento de la Argentina“, dijo en una entrevista al diario Clarín.

En sus reuniones en Dubai, Macri señaló que los empresarios le plantearon “entusiasmo” en trabajar con Argentina, “durante mucho tiempo”, pero también que necesitan “confianza” en que los acuerdos “son a largo plazo y con reglas aceptables” algo que “lo garantiza el continuar con las reformas emprendidas” por su gestión.

12
Mayo

MARCHÉ CONTRA MI PADRE GENOCIDA

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MARIANA, LA HIJA DE ETCHECOLATZ UN REPORTAJE DE LA REVISTA ANFIBIA QUE NOS HACE LLEGAR CRISTINA FERNANDEZ DE KIRCHNER A TRAVES DE TELEGRAM

Por Juan Manuel Mannarino/ Foto Federico Cosso/Mariana D. se cambió el apellido hace un año. Es la hija del represor Miguel Etchecolatz. El 10 de mayo marchó a Plaza de Mayo. Como las 500 mil personas que se movilizaron en Buenos Aires contra el 2x1, como millones de argentinos, quiere que su padre cumpla la condena en la cárcel. “Es un ser infame, no un loco. Un narcisista malvado sin escrúpulos”, dice ella, que padeció la violencia de Etchecolatz en su propia casa.

La hija de Miguel Etchecolatz camina por Avenida de Mayo y Perú buscando a sus dos amigas. No agita el pañuelo blanco ni salta con los cánticos. Podría ser cualquier mujer de las miles que asisten a la marcha contra el 2×1. Salvo sus amigas, ninguna de las 500 mil personas que se amontonan en la Plaza de Mayo y alrededores y gritan “como a los nazis les va a pasar, adonde vayan los iremos a buscar” saben que esa mujer anónima es hija de uno de los hombres más conocidos de la represión. Se llama Mariana D. Hace un año se cambió el apellido.

Mariana lloró cuando se conoció el fallo de la Corte que otorgó el 2×1 al represor Luis Muiña. Horas después del fallo de la Corte, Etchecolatz, condenado seis veces por delitos de lesa humanidad, pidió el beneficio del 2×1. Como los que marcharon el 10 de mayo, como millones de argentinos, quiere que los genocidas condenados mueran en la cárcel. Que su padre, el excomisario Miguel Osvaldo Etchecolatz, muera en la cárcel. Mariana D. fue por primera vez a una marcha por los derechos humanos. Nunca se animó a ir a Plaza de Mayo los 24 de marzo. Por miedo a ser rechazada. Por miedo a no poder soportar el dolor en vivo y en directo. Pero ahora está allí por primera vez para decir que ella, también, desea verlos morir en la cárcel.

Etchecolatz era una presencia fantasmagórica en su casa de Avellaneda. Mariana y sus hermanos varones J .M. y F. M. solo lo veían los fines de semana. De lunes a viernes, el padre conducía el aparato represivo de la ciudad de La Plata y alrededores. Daba órdenes para secuestrar personas, torturarlas, asesinarlas. Los sábados y domingos Etchecolatz casi no hablaba. Se la pasaba echado en una cama mirando televisión. Cada tanto emitía un silbido: había que llevarle rápido un vaso de agua mineral fresca con gas. Si algo no le gustaba, Etchecolatz les pegaba unos bifes con la palma abierta a sus hijos.

Mariana supo de grande que su madre intentó varias veces escaparse con ella y sus dos hermanos. Lo planeó varias veces. Etchecolatz se dio cuenta y la amenazó: “Si te vas te pego un tiro a vos y a los chicos”.

A las siete de la tarde del 10 de mayo, a unas cuadras de la Plaza de Mayo, Mariana D., rubia, de estatura media, se mueve con la misma soltura con la que da clases en una universidad privada. Viste zapatillas y campera negra. Y cada vez que pide permiso para avanzar entre la multitud, sonríe. Alguien grita “un médico, por favor, un médico”. Los cuerpos se aprietan unos con otros. Es imposible llegar a la Plaza. Mariana se marea por la oleada de gente, se toma de los brazos de sus amigas, hasta que logra sacarse las zapatillas y treparse a la baranda de una parada de subte. Desde ahí, mira: las banderas de CTERA por la defensa de la educación pública, las del Partido Obrero, la de La Cámpora, los carteles con las caras de los desaparecidos.

“Debiendo verme confrontada en mi historia casi constantemente y no por propia elección al linde y al deslinde que diferentes personas, con ideas contrarias o no a su accionar horroroso y siniestro pudieran hacer sobre mi persona, como si fuese yo un apéndice de mi padre, y no un sujeto único, autónomo e irrepetible, descentrándome de mi verdadera posición, que es palmariamente contraria a la de ese progenitor y sus acciones (…) Permanentemente cuestionada y habiendo sufrido innumerables dificultades a causa de acarrear el apellido que solicito sea suprimido, resulta su historia repugnante a la suscripta, sinónimo de horror, vergüenza y dolor. No hay ni ha habido nada que nos una, y he decidido con esta solicitud ponerle punto final al gran peso que para mí significa arrastrar un apellido teñido de sangre y horror, ajeno a la constitución de mi persona. Pero además de lo expuesto, mi ideología y mis conductas fueron y son absoluta y decididamente opuestas a las suyas, no existiendo el más mínimo grado de coincidencia con el susodicho. Porque nada emparenta mi ser a este genocida”.

Argumentos personales en la solicitud del cambio de apellido de Mariana Etchecolatz a Mariana D, mujer nacida el 12 de agosto de 1970 en Avellaneda. Texto presentado en noviembre de 2014 en un juzgado de Familia de Capital Federal.

—¿Cuánto escuchaste por primera vez lo que había hecho tu padre?

—De joven. Fue muy difícil, porque vivíamos en una burbuja, sometidos y desinformados. Aparentábamos lo que no éramos. Las personas que nos rodeaban decían “qué capo es tu viejo”. No había quienes nos dijeran “mirá este hijo de puta lo que hizo”. Una vez que escuché un testimonio en un juicio ya no me hizo falta nada más. Hasta hoy me da aberración.

Mariana es psicoanalista y en el consultorio a veces escucha a pacientes con problemas de sueño. Es ella, esta vez, la que no puede dormir después de la marcha. En su departamento, donde vive con su pareja Nicolás y tres perros que encontró en la calle, hace zapping y pone una película del Rey Lear. Dice que por el cambio de apellido siente una “reparación”, pero que sigue preocupada por “este gobierno de derecha que avanza contra los derechos del pueblo”.

El día que el correo le envió el nuevo documento y abrió el sobre, se desesperó. Seguía teniendo el apellido Etchecolatz. “Fue un error administrativo, así que lo tuve que hacer de vuelta. Mirá lo que me costó borrarme ese estigma”.

—¿Qué sentís con tu nueva identidad?

—Siento calma, perdí el miedo y adquirí la madurez necesaria. Lo de la marcha fue conmovedor. Hay que tener la memoria despierta. Me siento acompañada porque somos millones.

—¿Y cómo lo viven tus otros hermanos y tu mamá?

—Todos nos liberamos de Etchecolatz después de que cayó preso por primera vez, allá por 1984. Vivíamos en Brasil porque era jefe de seguridad de los Bunge y Born, y regresó pensando que era un trámite, como si la Justicia no le llegara a los talones. Al principio lo visitábamos, pero después mi madre, María Cristina, pudo decirle en la cara que íbamos a dejar de verlo. Ella siempre nos protegió de ese monstruo, si no hubiera sido por su amor, no podríamos haber hecho una vida. Y mis hermanos J.M. y F.M. se fueron a vivir lejos de Buenos Aires, cada uno hizo su familia, ahora somos muy unidos. Mi mamá se casó con un hombre que ama, y está en el exterior. Nadie llegó a lo que yo llegué, pero me apoyan.

—¿Para vos tu padre era un monstruo? ¿Lo viviste así?

—Su sola presencia infundía terror. Al monstruo lo conocimos desde chicos, no es que fue un papá dulce y luego se convirtió. Vivimos muchos años conociendo el horror. Y ya en la adolescencia duplicado, el de adentro y el de afuera. Por eso es que nosotros también fuimos víctimas. Ser la hija de este genocida me puso muchas trabas.

—¿Cómo cuáles?

—Portar un apellido así es como que te obliga a sostener lo que hizo, y eso no se lo permito más. Aparte, nunca existió un vínculo real con él. Me produjo inconmensurables angustias, huellas de traumas infantiles, a eso se le suma lo que todos nos fuimos enterando sobre su rol criminal en el terrorismo de Estado. Fue la encarnación del mal en todos los ámbitos.

—¿Nunca fue afectuoso con ustedes?

—No. Etchecolatz hizo todo lo que un padre no hace. Era un ser invisible, que usaba la violencia y no se le podía decir nada. Aparentaba tener una familia, pero nos tenía asco y era encantador con los de afuera. Vivíamos arrastrados por él, mudanzas todo el tiempo, sin lazos, sin amigos, sin pertenencias. Una realidad cercenada. Nos cagó la vida. Pero nos pudimos reconstruir.

Hay algo que Mariana no se explicará jamás: cómo un hombre criado en el campo, en la pampa húmeda bonaerense, de familia honesta y humilde, llegó a convertirse, con una instrucción básica y rudimentaria, en uno de los ejecutores más fríos y eficientes de la maquinaria del terror. A los 13 años entró a la Escuela Vucetich y, tiempo después, se ganó la confianza de Ramón Camps, jefe de Policía de la provincia de Buenos Aires.

La charla transcurre en el living de su casa. A pocos metros, en una biblioteca hay libros de Zygmunt Bauman, Julio Cortázar, Noam Chomsky, Juan José Hernández Arregui y Edgar Allan Poe.

A Mariana le interesa destacar la figura de su madre, a la que considera una víctima de violencia de género. Etchecolatz le llevaba veinte años. Se conocieron cuando ella fue a hacer una denuncia a la comisaría de Avellaneda. “Se enamoró de una imagen. Luego él la empezó a golpear, ascendió rápidamente en la policía y mi mamá hizo lo que pudo. Se resistió pero era como luchar sola contra toda una fuerza policial. Y cuando cortamos relación con él, empezamos de cero, mi mamá nunca había trabajado y vivimos con lo justo, pero con un alivio descomunal”, dice. Y llora.

La primera infancia fue feliz. Mariana D. vivió en la casa de los abuelos maternos, en Avellaneda. Les decían “El Perón y la Perona”, por su simpatía con el movimiento peronista. La abuela hacía asados en el patio. Su madre era hija única y disfrutaban de la visita de amigos músicos, se ponían a cantar tangos, a escuchar ópera. Unos tíos abuelos los alzaban y les compraban facturas.

—Eran laburantes, del interior de Buenos Aires. Por su cargo de jefe, Etchecolatz ya vivía poco con nosotros. Mis abuelos no lo querían. Lo llamaban el “mal bicho”.

Mariana nunca reconocerá a Miguel Etchecolatz con la palabra padre o papá. Lo llamará siempre por el apellido.

A los ocho años se fueron a vivir a La Plata. Y empezó el infierno. Jamás pudo completar más de un año en un mismo colegio. A ella y a sus hermanos los cambiaban “por seguridad”. No pudo hacer amigos. Se relacionaban con los hijos de otros represores conocidos, como el ex médico Jorge Antonio Bergés y el mismo Camps, que fue padrino de F.M., el hijo más chico de Etchecolatz.

El bautismo de F.M. lo hicieron en la residencia oficial del máximo jefe de la fuerza, una mansión en La Plata. La familia Etchecolatz viajó en cinco autos “por seguridad”. Había custodia de refuerzo. Se desató tormenta fuerte. Miguel Etchecolatz estaba atento a un handy. Le llamaban “Dorotea Inés”, apodo que combinaba las letras de su cargo como director de la Dirección de Investigaciones.

—Dorotea Inés, Dorotea Inés, hubo un accidente —gritó entonces un custodio. Un custodio suyo se había disparado un arma automática, tras pasar un badén. Etchecolatz bajó de su auto, constató la muerte de su subordinado y siguió como si nada hubiera ocurrido. El bautismo siguió con total normalidad.

—Nunca lo vi sufrir. Ni siquiera cuando una vez le pusieron una bomba en la jefatura de policía y le habían roto el oído. En el hospital seguía dando órdenes como un autómata. Los hijos de Bergés o de Camps al menos recibieron algo de amor, nosotros, nada —dice Mariana.

—¿Nada lo conmovía?

—Lo religioso. Se persignaba dándoles besos a las estampitas. Él se consideraba por debajo de Dios pero por encima de los mortales. Con mi hermano J.M. decíamos que cuando rezaba se estaba comiendo los santos.

***

La segunda infancia fue la de vivir con custodios que hacían de niñeras cama adentro en un edificio blindado de tres pisos de calle 62 y 11, en La Plata. No podían dormir en paz. Ciertas madrugadas estallaban disparos y su madre les tapaba los oídos con mantas y colchones. De día los llevaban de paseo por la Escuela Vucetich y por el Tiro Federal. Etchecolatz pernoctaba en el destacamento policial.

—Lo veíamos en fiestas oficiales, en desfiles. Con nosotros infundió el mismo miedo y respeto que con sus subordinados.

Los sábados y domingos, cuando Etchecolatz se aparecía por el edificio de 62 y 11, Mariana y J.M. se escondían en un placard. Apenas escuchaban la voz metálica, los niños temblaban esperando un arranque de furia contra ellos o su madre. Nunca miró sus cuadernos de colegio, nunca jugó con ellos, nunca una caricia.

Cuando dejaba el edificio, Mariana y sus hermanos se ponían a rezar. Para que nunca jamás volviera. “Que por favor se muera”, pensaba ella, entonces.

***

Una vez, recuerda Mariana, la llevó a ver una película. Fue una de las pocas salidas juntos. Mariana era la hija contestataria. “Mirá lo que me hacés hacerte”, le decía su padre cuando la castigaba. Movía la mandíbula y las manos, preparaba la escena con frases como “Mmm…vida” o “Marianita, Marianita”, como advirtiendo una futura paliza. Luego de golpear con la palma abierta, pedía perdón. Era flaco, alto, de espalda pequeña y tenía tanta fuerza que un día partió un jarrón al medio con las manos, sin arrojarlo al piso. Mariana tenía 15 años cuando Etchecolatz la invitó al cine. No hablaron nunca: ni antes, ni durante ni después de la película. Era “La Historia Oficial”. Mariana cerró los ojos cuando el personaje de Héctor Alterio le apretó a Chunchuña Villafañe los dedos contra una puerta. La escena la reconoció como familiar. Y no la olvidará jamás. “No tengo dudas que fue un goce silencioso. El del perverso, que es el que más duele”, dice ahora, con la precisión de una pericia psicológica.

Dice que empezó a salir a la calle con “Néstor y Cristina”. Que sintió los escraches de H.I.J.O.S. como si hubieran sido propios. Que nunca olvidará el velorio de Néstor Kirchner y el cierre de mandato de Cristina Fernández de Kirchner. “Fue hermoso sentir lo politizado que estábamos, ir de marcha en marcha, este pueblo no va a sucumbir ante los poderosos”.

Cuando cumplió veinte años se alejó de su familia. Viajó a España, volvió, vivió sola. Trabajó de secretaria. Se puso a estudiar en la Facultad de Psicología, aunque no en la Universidad Nacional de Buenos Aires como hubiera querido. Su hermano F.M. abandonó la universidad. “Su examen está desaparecido”, le dijo un profesor.

—Lo terrible es que con mis hermanos nos refugiamos en el anonimato por la sombra de ese hijo de puta. Ellos no lo soportaron y se fueron de la ciudad, yo decidí quedarme. Vivir así es duro, humillante. A mí me bochaban los exámenes por el apellido y volvía a casa con un ataque de angustia.

A Mariana había gente que le retiraba el saludo por el sólo hecho de portar ese apellido. Cuando en una librería entrega la tarjeta de crédito para pagar, del otro lado del mostrador escuchaba: “Qué apellido, eh”. Ella se quedaba muda. No sabía, no podía, responder o hacer algún gesto.

La última vez que escuchó la voz de su padre fue en la cárcel de Magdalena, en 1985. Dijo: “Qué vergüenza estos zurdos, lo que me hicieron”. Y nada más.

—¿Cómo te sentías cuando escuchabas su apellido en los medios?

—Me invadía el terror. Me angustié desesperadamente con lo de Julio López. Me temo que aún sigue sosteniendo poder desde la cárcel, no es un ningún viejito enfermo, lo simula todo. Todavía hay gente que piensa que fue alguien íntegro porque “nunca robó nada”. Como si eso lo exculpara de los crímenes aberrantes que cometió.

—¿Y quién es verdaderamente Etchecolatz?

—Es un ser infame, no un loco, alguien que le importan más sus convicciones que los otros, alguien que se piensa sin fisuras, un narcisista malvado sin escrúpulos. Antes me hacía daño escuchar su nombre, pero ahora estoy entera, liberada.

—¿Qué deseas de acá en adelante?

—Que no salga nunca más. Nunca me había animado a contar mi historia. Y lo único que quiero expresar ante la sociedad es el repudio a un padre genocida, repudio que estuvo siempre en mí. Mejor dicho: el repudio de una hija a un padre genocida.

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12
Mayo

MILAGRO SALA Y OTRAS INTERNAS DENUNCIARON A LA DELEGACIÓN INTERNACIONAL LOS HECHOS DE TORTURA Y HOSTIGAMIENTO QUE SE PRODUCEN DENTRO DE LA PRISIÓN, QUE UTILIZA CELDAS DE AISLAMIENTO PARA CASTIGAR A LAS INTERNAS.

En su primer día en Jujuy, los observadores internacionales visitaron la cárcel de mujeres de Alto Comedero y hablaron con Milagro Sala y las demás presas. También preguntaron qué había hecho el Ejecutivo luego de conocer su opinión.

El Grupo de Trabajo sobre Detenciones Arbitrarias de la ONU visitó ayer, en el primer día de su estadía en la provincia de Jujuy, la cárcel de mujeres de Alto Comedero, donde Milagro Sala y otras internas denunciaron a la delegación internacional los hechos de tortura y hostigamiento que se producen dentro de la prisión, que utiliza celdas de aislamiento para castigar a las internas. La delegación internacional se había reunido por la mañana con el gobernador Gerardo Morales y con funcionarios de la Justicia. El Grupo, que llegó al país en una visita oficial, invitado por el gobierno, maneja su actividad con hermetismo, pero el fiscal de Estado de Jujuy, Mariano Miranda, admitió que los delegados de la ONU preguntaron específicamente “qué realizó el Ejecutivo respecto a la Opinión 31”, la resolución en la que –hace ya ocho meses– pidieron la liberación “inmediata” de la dirigente de la Tupac Amaru.

Tres de las integrantes del Grupo de Trabajo, acompañadas por un intérprete, se presentaron ayer a la cárcel. Allí hablaron con Sala y las demás presas, entre las que estaban las mujeres que sufrieron un violento castigo el pasado 3 de abril, cuando personal penitenciario las golpeó brutalmente, al punto que a una de ellas le quebraron un brazo.

El episodio fue revelado en este diario por Horacio Verbitsky, hace dos domingos. En la nota, contó que la interna fue arrancada con violencia del lugar donde dormía desnuda. Le colocaron una manta en la cabeza y la llevaron a patadas a la celda de aislamiento. Recién a la noche de ese día la llevaron al hospital para ser atendida por la fractura. Otras dos internas fueron obligadas a arrodillarse y en esa posición las golpearon.

Ayer, la delegación escuchó también la denuncia del permanente hostigamiento que viene sufriendo Sala. Voceros de la Tupac Amaru contaron que sus compañeras Mirta Aizama, Gladys Díaz, Mirta Guerrero y Graciela López detallaron las condiciones de detención y mostraron a los integrantes de la comitiva que la noche anterior les cambiaron los colchones de todas las detenidas.

Los integrantes de la ONU habían estado, por la mañana, en la casa de Gobierno de Jujuy. Su recorrida es parte de una visita oficial de diez días al país, que realizan invitados por el gobierno de Cambiemos. La propuesta de que vengan les fue formulada por la administración macrista luego de que el Grupo hizo el pedido de liberación de Sala. El gobierno de Cambiemos se niega a cumplirlo, aduciendo que es sólo una opinión, de carácter no vinculante. Y los fiscales que impulsaron las acusaciones contra Sala arguyeron que era una conclusión “parcial y sesgada”.

En esta línea habló ayer Morales, después del encuentro con el Grupo. “Nuestra expectativa no es que cambien de opinión, si no que conozcan toda la verdad. Hemos cumplido con el objetivo de la visita”, declaró el gobernador.

El fiscal de Estado de Jujuy, Mariano Miranda, que participó en la reunión, reconoció que los integrantes del Grupo de Trabajo pidieron información sobre “qué había realizado el Ejecutivo” con su recomendación sobre la libertad de Sala. Le respondieron que la prisión de la dirigente es un tema de los jueces y que la gobernación cumplió con informarlos a todos, a través de la fiscalía de Estado, sobre la existencia de la recomendación.

Miranda agregó que Morales firmó un decreto después de la resolución de la ONU, en el que “se instruyó a fiscalía de Estado para que nos presentemos en cada una de las causas donde somos querellantes para que tengan a la vista dicha Opinión. Esa presentación judicial fue hecha y cada juez que ha ordenado la detención y prisión preventiva de Milagro Sala tuvieron en vista la Opinión N 31. En manos de ellos está resolver, y está en la Corte Suprema de Justicia de Nación, para resolver sobre el Instituto de la prisión preventiva”.

Los integrantes de la comisión se reunieron después con los miembros del Superior Tribunal de Justicia, y más tarde con el titular del Ministerio Público de la Acusación, Sergio Lello Sánchez.  

Después llegaría la visita a la cárcel. Por la tarde, en un encuentro con organizaciones de la sociedad civil –al que fueron dirigentes gremiales, sociales y organismos de derechos humanos, además de otras víctimas directas de detenciones arbitrarias–, los integrantes de la Tupac Amaru denunciaron las condiciones de detención y persecución política en la provincia.

María Molina contó sobre la comisaría de Mujeres, donde pasó detenida siete meses. Allí durante el invierno tenían que bañarse con agua fría, llovía dentro de las celdas y las obligaban a dormir en el suelo. Molina recordó que el día previo a una visita del ex vice presidente, Amado Boudou, llevaron a las celdas camas de madera que fueron cambiadas por otras de baja calidad tras la visita. La única prueba para privarla de su libertad, agregó, fue una declaración de la hija de Jorge Paes, procesado en dos instancias y que fue sobreseído después de declarar en contra de Milagro Sala.

El Grupo de Trabajo tiene previsto permanecer hasta hoy en Jujuy. Ya visitó algunos penales de la provincia de Buenos Aires y pasará después la provincia de Chubut. El jueves próximo, al finalizar su recorrida, ofrecerá una conferencia de prensa para dar a conocer un adelanto de sus observaciones.

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