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05
Abril

LAS REDES MILITARES DEL PENTÁGONO

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Publicado en Internacionales
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NOTA CON VIDEO INFORME:

La UNASUR quiere discutir la permanencia de bases militares de los Estados Unidos en Latinoamérica. El secretario general del organismo regional, Ernesto Samper, planteó la conveniencia de que la cumbre de presidentes americanos de Panamá se convierta en un foro para debatir ese tema acuciante para la región.

“EE UU tiene la necesidad de reforzar su presencia en América del Sur”

Acuerdos con Irán: la doble vara de Clarín y La Nación para Estados Unidos y la Argentina

Tal como publica Tiempo Argentino, en la madrugada del 28 de junio de 2009, el entonces presidente hondureño Manuel Zelaya fue secuestrado a punta de pistola por un grupo de soldados y subido a un avión con rumbo a Costa Rica. Pese a que el viaje era corto, antes de llegar al país vecino la aeronave hizo una parada para cargar combustible. No fue en cualquier lugar. Zelaya y sus captores descendieron en la base militar de Palmerola, perteneciente a Estados Unidos pero ubicada en suelo hondureño.

Aterrizamos en la base. Hubo movimientos afuera, yo no sé con quién hablaron. Como unos 15 o 20 minutos estuvimos ahí", contó el ex mandatario, que fue despojado del poder esa misma noche. Tiempo después, cuando fue liberado, denunció al Departamento de Estado de EE UU por su vinculación con el golpe. "Todas las pruebas lo incriminan", aseguró.

La destitución de Zelaya es uno de los capítulos más tristes de la historia latinoamericana reciente y otra muestra más del persistente poderío estadounidense en la región. Porque, aunque son pequeñas y se camuflan bajo el disfraz de la acción humanitaria, las bases militares que la Casa Blanca mantiene en el continente sirven para realizar tareas de espionaje, acceder rápidamente a valiosos recursos naturales y, por supuesto, impulsar procesos desestabilizadores. Se trata, en definitiva, de un arma vital para que EE UU mantenga su hegemonía en un territorio que, en los últimos años, se mostró reacio a las relaciones carnales y a la imposición directa de políticas foráneas.

La UNASUR quiere discutir la permanencia de bases militares de los Estados Unidos en Latinoamérica.

Una pequeña muestra de esa "rebeldía" latinoamericana se hizo pública el pasado 27 de marzo, cuando el secretario general de Unasur, Ernesto Samper, expresó su inquietud por la multiplicación de bases en el continente y propuso su eliminación definitiva para replantear las siempre conflictivas relaciones entre EE UU y los países de la región. En ese sentido, dijo que los primeros pasos para empezar a discutir el tema podrían darse en la Cumbre de las Américas, que se celebrará entre el viernes y el sábado que viene en Panamá. Hasta allí llegará el presidente Barack Obama, que estará mano a mano con dos mandatarios muy críticos de la famosa política estadounidense del "patio trasero": el cubano Raúl Castro y el venezolano Nicolás Maduro.

En su cuestionamiento a las bases de EE UU, Samper también consideró que esos complejos militares "pertenecen a la época de la Guerra Fría" y nada tienen que ver con los tiempos que corren. Sin embargo, para la Casa Blanca son un instrumento de fenomenal utilidad: actualmente cuenta con unas 1000 bases en todo el mundo. El número exacto no está claro: aunque en un documento de 2008 el Pentágono reconoció que hay 865 en 46 países, quienes estudiaron el tema en detalle hablan de más de 1250 distribuidas en 100 naciones y critican que en los registros gubernamentales no se incluyan las bases instaladas en Afganistán e Irak.

En el caso latinoamericano tampoco se puede hablar de una cifra "oficial". Muchas de las operaciones estadounidenses en la región se mantienen bajo siete llaves, lo que vuelve dificultoso el trabajo de los investigadores. Pero sí hay números estimativos. El Movimiento por la Paz, la Soberanía y la Solidaridad entre los Pueblos (MoPPaSSol) contabilizó 47 bases, aunque no todas son de EE UU: también hay de la OTAN o de países europeos como Francia y el Reino Unido.

La periodista argentina Telma Luzzani realizó una extensa investigación que publicó en 2012 bajo el título Territorios vigilados. Cómo opera la red de bases militares norteamericanas en Sudamérica, donde identificó más de 30 Sitios de Operaciones de Avanzada (FOL, por sus siglas en inglés) en por lo menos 17 países latinoamericanos. Se trata de bases pequeñas en las que rigen las leyes estadounidenses. Operan en red y son utilizadas para recolectar datos, proteger oleoductos, vigilar flujos migratorios, realizar monitoreos políticos o apoyar golpes de Estado, ya sea exitosos, como el de Zelaya en Honduras, o fallidos, como los que hubo contra el fallecido Hugo Chávez en Venezuela y Rafael Correa en Ecuador. Algunas bases, como la ubicada en la Bahía de Guantánamo, funcionan como centros de detención y tortura.

El objetivo de estos complejos es, por un lado, económico. No es casualidad que las fronteras de Venezuela y Brasil estén rodeadas por bases militares estadounidenses: el país gobernado por Maduro es uno de los mayores productores de petróleo a nivel global, mientras que el de Dilma Rousseff descubrió, hace pocos años, un impresionante yacimiento petrolero bajo el Océano Atlántico, el famoso Pre-sal. A eso se suma la riqueza en recursos naturales y minerales del Amazonas.

El interés también es político. El surgimiento de líderes como Chávez, Correa o Evo Morales –que cuestionaron abiertamente el poderío estadounidense, el Consenso de Washington y las políticas neoliberales– comenzó a inquietar cada vez más a Estados Unidos. Ante el surgimiento de organismos de defensa de los intereses regionales, como Unasur y Celac, la Casa Blanca vio cómo en pocos años la región, a la que estaba acostumbrada a dominar sin muchas dificultades, se le escapaba de las manos. Algo que, según coinciden demócratas y republicanos, no se puede permitir. Hasta 1999, Sudamérica era un territorio libre de tropas estadounidenses permanentes. Pero las cosas empezaron a cambiar tras la obligada retirada del Pentágono de Panamá y después de los atentados del 11-S. Dos hechos que funcionaron como una excelente excusa para la Casa Blanca, entonces con vía libre para aumentar la agresividad de su política exterior. El 11-S sirvió para justificar las invasiones a Irak y Afganistán, mientras que la retirada de Panamá fue el argumento perfecto para la apertura de bases militares en el Caribe, Centroamérica y América del Sur, ya que la Casa Blanca no podía darse el lujo de perder presencia en su "patio trasero". Así fue cómo se instalaron distintos complejos en El Salvador, Aruba, Curacao y Ecuador.

La política militarista de Obama no difirió mucho de la de Bill Clinton o de George W. Bush. El 1 de julio de 2008, la IV Flota de EE UU volvió a patrullar las aguas del Atlántico y el Pacífico Sur, después de 58 años de inactividad y motivada, según denunciaron varios especialistas, por la vigilancia de los recursos naturales. Un año después, Colombia permitió la apertura de siete bases militares en su territorio, algo que preocupó a toda la región e incluso generó conflictos entre distintos mandatarios.

El tema volvió a ser noticia esta semana, cuando EE UU anunció que creará una fuerza especial para América Latina con sede en Honduras. La nueva unidad funcionará en la base de Palmerola, la misma en la que aterrizó Zelaya aquel fatídico 28 de junio de 2009. Contará con 250 hombres y dispondrá de poderosos recursos de guerra, como un catamarán de alta velocidad y cuatro helicópteros pesados. Otra vez, un incansable avance imperial que enciende la alarma de América Latina

04
Abril

EL LÍDER DE LA REVOLUCIÓN CUBANA SE DEJÓ VER EN PÚBLICO EN UNA ESCUELA DE LA HABANA. TRAS RUMORES SOBRE SU SALUD, EL EX PRESIDENTE SE MOSTRÓ EN UN ENCUENTRO CON CIUDADANOS VENEZOLANOS.

El ex presidente cubano, Fidel Castro, visitó hoy una escuela de La Habana en lo que fue su primera aparición pública en más de un año, informaron hoy medios oficiales.

La visita de Castro, de 88 años, a la escuela "Vilma Espín", un complejo educacional inaugurado por él mismo en 2013 y construido bajo su iniciativa, trascendió en redes sociales y algunos medios fuera de Cuba en los últimos días, pero no había sido confirmada hasta hoy por la prensa oficial de la isla, que publicó fotos de esa visita.

En las imágenes se ve a Castro sentado dentro de un vehículo, vistiendo su ya habitual indumentaria deportiva de chándal y gorra, y saludando por una ventanilla a varios de los venezolanos miembros de una comitiva que viajó a La Habana en el llamado "II Vuelo de solidaridad Bolívar-Martí", reportó la agencia EFE.

Un grupo de esa delegación visitaba el centro educacional del oeste de La Habana como parte de sus actividades cuando tuvieron "el fortuito encuentro" de hora y media con Fidel, quien pasaba "muy cerca de la nueva escuela" y decidió detenerse allí, según ratificó hoy el diario Juventud Rebelde.

"El comandante decidió llegar hasta la escuela, y una vez allí conversó con la directora del centro y con los organizadores de la visita", precisó el rotativo. Según el artículo, el líder cubano "saludó, uno por uno y sin el más mínimo apuro, a los venezolanos y les iba preguntando, uno por uno, por la realidad del país que nos dio a ese amigo inmenso llamado Hugo Chávez".

"Hay que sumar muchas firmas destinadas a Obama para que Venezuela deje de ser catalogada una amenaza", dijo Fidel.

El periódico resaltó que Castro se refirió a temas relacionados con la Asamblea Nacional de Venezuela, el trabajo con la juventud y la agricultura, y "mostró su especial preocupación por la batalla que ahora libra la nación sudamericana para que su soberanía e integridad sean respetadas".

"Habló desde su naturaleza que es intensa y mide el tiempo en su justa medida: hay que trabajar rápido, sumar muchas firmas destinadas al presidente Obama para que Venezuela deje de ser catalogada una amenaza a la seguridad del país norteño. Hay que apurarse porque lo que está en juego es el equilibrio del mundo", se señaló.

En febrero pasado el líder de la revolución cubana reapareció en unas imágenes publicadas por la prensa oficial que aplacaron especulaciones sobre su estado de salud, después de que no se divulgaran imágenes suyas durante más de cinco meses.

03
Abril

Fue durante la misa de Jueves Santo. Por la tarde dará una misa y lavará los pies de doce presos

El Papa Francisco celebró hoy en el Vaticano la misa de Jueves Santo y recordó a los sacerdotes que no pueden ser "pastores con cara de vinagre, quejosos ni, lo que es peor, aburridos", durante la homilía de la misa Crismal en la basílica de San Pedro.

La misa de hoy también rememora "el día de la institución del sacerdocio" y por ello la homilía del papa, como en anteriores Jueves Santos, estuvo dedicada a los consejos para los sacerdotes y a la "belleza" del cansancio por dedicarse a los fieles.

El papa Bergoglio explicó cómo todo este servicio y cercanía a la gente cansa, pero, señaló, "es cansancio del bueno, cansancio lleno de frutos y de alegría".

"El pueblo fiel no nos deja sin tarea directa, salvo que uno se esconda en una oficina o ande por la ciudad en un auto con vidrios polarizados", aseveró.

Pero a pesar de esta fatiga, el papa indicó a los sacerdotes que no pueden ser "pastores con cara de vinagre, quejosos ni, lo que es peor, pastores aburridos". Y reiteró la necesidad de pastores "con olor a oveja" y "sonrisa de padre". "Nada que ver con esos que huelen a perfume caro y te miran de lejos y desde arriba", agregó.

Francisco inició su homilía con una confesión: "Sabéis cuantas veces pienso en el cansancio. El cansancio de todos vosotros. Pienso mucho y rezo por ello a menudo, especialmente cuando el que está cansado soy yo".

"Nuestra fatiga es preciosa a los ojos de Jesús, que nos acoge y nos pone de pie", aseguró el papa en la primera ceremonia del llamado "Triduo Pasqual", el periodo de tiempo en el que los católicos conmemoran la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

Francisco repasó los deberes que deben cumplir los sacerdotes y después añadió que además hay otras tareas como "construir un nuevo salón parroquial, o pintar las líneas para el campo de fútbol de los jóvenes del Oratorio".

"Son tareas en las que nuestro corazón es movido y conmovido. Nos alegramos con los novios que se casan, reímos con el bebé que traen a bautizar; acompañamos a los jóvenes que se preparan para el matrimonio y a las familias; nos apenamos con el que recibe la unción en la cama del hospital, lloramos con los que entierran a un ser querido...", agregó.

Son deberes, según Francisco, que "fatigan el corazón del Pastor" pues, aseguró: "para nosotros los sacerdotes las historias de nuestra gente no son un noticiero".

"Conocemos a nuestro pueblo, podemos adivinar lo que les está pasando en su corazón; y el nuestro, al compadecernos (al padecer con ellos), se nos va deshilachando, se nos parte en mil pedacitos, y es conmovido y hasta parece comido por la gente", dijo.

También instó el pontífice a los sacerdotes "no sólo a hacer el bien, con toda la fatiga que conlleva, sino que hay que defender al rebaño y defenderse uno mismo contra el mal".

"El maligno es más astuto que nosotros y es capaz de tirar abajo en un momento lo que construimos con paciencia durante largo tiempo", dijo. Pero les recomendó que ante ello "hay que aprender a neutralizar el mal" y "no" arrancar la cizaña, no pretender defender como superhombres lo que sólo el Señor tiene que defender".

En un mensaje de marcado tono religioso, el Sumo Pontífice indicó que "el demonio trabaja para confundirnos" y, luego, aseguró: "Nunca hay que olvidarse de los seres queridos, estén lejanos o en los mas alto".

Por otro lado, Francisco dijo: "Hay que tratar de hacer el bien sin importar cuánto nos cansemos. Dios nos invita a ser perseverantes en su nombre".

La celebración del Jueves Santo continuará esta tarde, cuando el papa, como es tradición de cuando era arzobispo de Buenos Aires, saldrá del Vaticano para efectuar una misa en la cárcel romana de Rebbibia, donde lavara los pies a doce presos.

21
Marzo

El escándalo de Petrobras puede llevar a la presidenta ante un impeachment y sumir a la dirigencia política en el descrédito. Una riqueza en riesgo por la caída del valor de la empresa.

Apenas 81 días transcurrieron desde el día que Dilma Rousseff asumió su segundo mandato como presidenta de Brasil. En ese lapso, su gobierno fue cuestionado como nunca antes y apuntado desde distintos flancos con masivas movilizaciones, pedidos de "impeachment" y denuncias por corrupción que, si bien se dirigen principalmente contra el Partido de los Trabajadores (PT) –en el poder desde 2003–, involucran a toda la dirigencia política, retrató Tiempo Argentino. Una situación de crisis general que, según el oficialismo, fue potenciada por los medios de comunicación y algunos sectores de la oposición, a los que denunció por fogonear maniobras desestabilizadoras en un contexto de profundas dificultades económicas.

El clima de descontento popular en Brasil no es nuevo. Rousseff ya lo había experimentado en junio de 2013, exactamente un año antes del Mundial de Fútbol. En ese entonces, un millón de personas salieron a las calles para reclamar por los casos de corrupción en el uso de los fondos destinados a la construcción de los estadios para la Copa, pero también por la falta de inversiones en áreas como Educación, Salud y Transporte Público.

Las nuevas protestas, en las que participaron unos dos millones de personas, estuvieron motivadas principalmente por las novedades en el escándalo en Petrobras, que se suma al ya famoso Mensalão. La semana pasada, un total de 54 políticos fueron involucrados en las maniobras para desviar 3700 millones de dólares de la simbólica petrolera estatal entre 2004 y 2012. El dinero habría sido utilizado para sobornar a funcionarios y financiar campañas electorales.

La trama no distingue banderas políticas: entre los acusados aparecen dirigentes del PT y de dos de sus principales socios en el gobierno, el centrista Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) y el derechista Partido Progresista (PP). Muchos de ellos son viejos conocidos en la función pública. Antonio Palocci, por ejemplo, se desempeñó como ministro de Economía durante la gestión de Lula y luego fue jefe de Gabinete de Rousseff, cargos a los que debió renunciar, en ambas ocasiones, por denuncias de enriquecimiento ilícito. Ahora es acusado por solicitar unos 666.660 dólares presuntamente desviados de Petrobras para la campaña presidencial que llevó por primera vez al poder a la actual mandataria. Otro de los implicados es el ex presidente Fernando Collor de Mello, quien dejó una triste marca en la historia de la democracia brasileña al tener que abandonar su cargo en 1992, a dos años de haber iniciado su mandato.

Collor de Mello dejó el poder después de implementar una política de confiscación de los ahorros de los ciudadanos –una especie de "corralito brasileño"–, lo que derivó en masivas manifestaciones pidiendo su renuncia y en un "impeachment", es decir, un juicio político que lo inhabilitó para ejercer la función pública. Esa figura, la del "impeachment", es la que ahora quieren aplicar, bajo la consigna "Fora Dilma", algunos sectores de la oposición y los medios de comunicación con mayor poder de penetración. Con posiciones más o menos reaccionarias, todos coincidieron en que la presunta participación de la presidenta en la trama de corrupción en Petrobras –cuyo Consejo de Administración fue presidido por Rousseff entre 2003 y 2010– es argumento suficiente para pedir su renuncia. Algo que, por el momento, es más una expresión de deseo de la oposición que una posibilidad jurídica real.

En una serie de marchas oficialistas, mucho menos masivas que las opositoras, el gobierno consideró los pedidos de "impeachment" como un "intento de golpe contra la voluntad popular" manifestada en las elecciones del año pasado, cuando Rousseff obtuvo el 51,6% de los votos, superando apenas por tres puntos a su competidor más cercano, el tucano Aécio Neves. Sin embargo, la presidenta no hizo la vista gorda ante las denuncias en Petrobras y aseguró que la justicia investigará a todos los implicados, independientemente de su filiación política. Algo que no se habían animado a impulsar los anteriores gobiernos brasileños, a pesar de que las primeras denuncias de corrupción en la petrolera habían aparecido ya en 1989.

Rousseff también relevó a la presidenta de Petrobras, María das Graças Foster, una decisión que, sin embargo, demoró meses en tomar. Y anunció la implementación de un paquete con seis medidas para combatir la corrupción que, entre otras cosas, ordena la tipificación del crimen de enriquecimiento ilícito para penalizar a aquellos funcionarios con un crecimiento patrimonial que no se adecúa a sus ingresos.

El fuego cruzado de acusaciones no dejó mucho espacio para pisar la pelota y analizar en mayor profundidad el significado del caso Petrobras. Sin embargo, algunos dirigentes lo hicieron. Es el caso del presidente de la Federación Única de Petroleros (FUT), José María Rangel, quien consideró que, detrás del escándalo en la petrolera, se esconden los deseos de privatización propios del poder económico concentrado.

Rangel denunció, además, el apetito del sector privado y el capital extranjero por cambiar el régimen de división de ganancias sobre la explotación de crudo en los megayacimientos submarinos ubicados en la capa geológica pre-sal. El hombre sabe de lo que habla: lidera una federación que representa al 70% de los trabajadores de Petrobras, es decir, unos 80 mil empleados de plantilla y otros 150 mil tercerizados.

Efectivamente, en el centro del escenario está la disputa por las fenomenales regalías de la empresa estatal. Como sucede en Venezuela con PDVSA o en México con Pemex, Petrobras es una inmensa fuente de recursos para financiar sectores estratégicos.

Sin ir más lejos, en junio de 2013 la Cámara de Diputados brasileña aprobó una ley que estableció que el 75% de las regalías por la explotación de petróleo deben ser destinadas a Educación, mientras el 25% restante tiene que ser dirigido hacia la Salud.

Esa disputa por los recursos públicos se desarrolla en medio de constantes turbulencias en la economía del gigante latinoamericano, que el año pasado se contrajo un 0,15% respecto de 2013. La inflación, por otro lado, alcanzaría en los próximos meses un 7,15%, cifra considerada alta para Brasil. Y, para completar ese complejo panorama, el país vive una de las mayores sequías de los últimos tiempos, que provocó enormes apagones y falta de agua en estados densamente poblados como San Pablo.

Esa delicada situación quizás explica la abrupta caída de la imagen positiva de Rousseff, que pasó del 42% en diciembre del año pasado al 23% en la actualidad, según la encuestadora Datafolha, perteneciente al derechista diario Folha de Sao Paulo. Además, el 77% de los entrevistados cree que la presidenta tenía conocimiento de la corrupción en Petrobras y el 60% la acusa de haber mentido durante la campaña electoral.

Rousseff deberá navegar por mares extremadamente complicados para sortear las dificultades que aparecieron repentinamente en sólo tres meses de mandato, pero que obviamente acarrea ya desde su primera gestión. Porque no sólo tendrá que hacer frente a los habituales embates de los sectores más reaccionarios de la sociedad brasileña. También deberá contener la crisis que se desató puertas adentro del gobierno después de anunciar un ajuste fiscal diagramado por Joachim Levy, su flamante ministro de Economía, apodado "manos de tijera" por su facilidad para aplicar recortes. Un ajuste que poco tiene que ver con las políticas de inclusión social implementadas desde el arribo de Lula al poder, hace 12 años.