
“Dicen mis padres que usted también es mi padre, señor”.
Más de una vez a Barry White le corría una transpiración helada. Pero enseguida la aclaración de sus fans le devolvía
el alma al cuerpo: “Usted sonaba al momento de mi concepción”.
Lo publicaba The New York Times como sentencia en 1976: “La natalidad aumenta en las zonas de los Estados Unidos en las que suena Barry”.Música de alcoba. Música de albergue transitorio. Música lujuriosa, para la intimidad, clasificaban algunos críticos despectivamente. Nadie mejor que un anónimo que llamó a una radio de Los Ángeles para llorarlo apenas muerto pudo definirlo de forma más exacta. “Barry era Viagra para los oídos”.
Barry White y su esposa Glodean
“Es cierto, fui responsable de muchos hijos”, se jactaba con esa voz gravísima. “Bendita mi música si hace bebés”, se reía. Efecto White. Tráquea de terciopelo. El barítono más sensual del planeta.
El productor León Huff definía su voz como “trueno”. Incluso hubo estudios universitarios sobre el erotismo de sus cuerdas. Hasta se hicieron experimentos en centros de fertilidad con sus discos. Ese aparato fonador se agiganta a 17 años de su muerte. Lo recuerda su hija Shahera sin imágenes, más bien con los oídos. “El primer recuerdo que tengo es el de estar apoyada en su pecho y escuchar esa caja de resonancia enorme. Su voz como amplificada. Como un estruendo”.
Hijo de Melvin White y Sadie Carter, Barry nunca vivió con su padre. Nació el 2 de septiembre de 1944, en Galveston, Texas. Alos ocho ya cantaba en el coro de la iglesia local, y pronto pasó a tocar el órgano y convertirse en asistente de dirección. Robar un neumático, ir preso por eso, usar el encierro como “purgatorio”. Parece de película, pero pasó.
El propio Barry lo cuenta en el documental Let the Music Play, con esos graves que harían oscilar las agujas de la Escala de Richter. “‘¿Cómo llegaste hasta acá, Barry?’, me preguntaba a mí mismo. ‘Barry te metió, Barry te va a sacar’, pensaba. Tenía tres opciones: quedarme ahí y soportar la cárcel, suicidarme o mover el culo y tratar de hacer algo por mi vida. Esa última opción fue la dirección que tomé”.
Barry White. /AP
Cuando abrieron “la jaula” y le dijeron que podía quitarse el mameluco carcelario, después de cuatro meses, el muchachito asomó la nariz al mundo con otra energía. “La música era lo único que tenía. Yo venía de una educación escasa. Dejé el segundo año de bachillerato. No tenía de un oficio”.
Camino a casa, mientras miraba y “guardaba” todo el cielo que podía, el mundo le pareció un lugar difícil, pero no imposible. Sus días en el calabozo lo habían hecho “más fuerte”, tanto que lo invadía “la sensación más poderosa del mundo: la confianza”. A los dos días de lograda la libertad, un amigo lo invitó a formar parte de su grupo. “Esa fue la primera vez que entré en un estudio de grabación y me abrumó. Me enamoré de la industria discográfica esa noche. 1960. Fue despertar y decir: ‘Tienes que ir a Hollywood'”.
La música que lo despidió fue el llanto de su madre. Fue el más profundo que escuché en boca de una mujer. Ella me decía, desgarrada: ‘¿A qué vas a Hollywood? No tienes a nadie, nadie te conoce allá. La gente de allá es blanca. Te vas a morir'”.
Junto a Luciano Pavarotti, en Módena, en 2001. (AP)
El músico Nathan East definió a ángulo aquella decisión de cortar el cordón. “Él veía a Hollywood como la salida de su gueto”. Veinticinco kilómetros y un sueño que empezó a delinearse apenas BW se paró a observar todo en a la esquina de Vine y Hollywood Boulevard. “Me pasé cuatro horas mirando. Nadie insultaba, nadie se peleaba. No veía autos destartalados. Todos con coches bonitos, brillantes. Y me dije: ‘Acá es donde quiero estar'”.
Trabajos para sus amigos Earl y Bob, hasta que por primera vez pisó el teatro Apollo de Nueva York. “Vi a un baterista que no sabía llevar el ritmo. Así que ese día salté a la batería y toqué. Y me quedé tocando varias noches. Y con el tiempo desarrollé una manera de tocar”, contaba emocionado en su documental. Tiempos de enfrentarse a carteles de “martes solo para negros”. De baños “exclusivos para blancos”. De racismo naturalizado.
Aquella atmósfera horrible la describía Kenny Gamble décadas después. “Con su grupo cantaban en clubes y restaurantes en los que no podían comer. Ni usar la puerta delantera podían. Humillaciones para cualquier ser humano”.
Barry White. /AFP
Al tiempo, Barry dejó esa vida de giras. Cansado de la rutina, recibió el llamado de Paul Politti, un ejecutivo de la música: “Tienes que venir a A&R”, recuerda el hombre que le dijo a White. ”¿A&R’ ¿Qué es?’, se sorprendió el músico. “No te preocupes por lo que es y ven”, lo convenció Paul. Así, le consiguió un puesto en Mustang/Bronco Records.
“Empecé cobrando 40 dólares a la semana, algo básico, como para tomar el autobús, pero no me importaba el dinero”, recordaba Barry. En semanas, produjo un disco por 50 dólares, el de Viola Wills, Lost Without The Love of My Guy.
El camino de productor a cantante
Impulsor del grupo femenino Love Unlimited (compuesto por Glodean White, Linda James y Diane Taylor), su hambre de triunfo era tal que no había manera de fallar. Aquel memorable trío grabó un primer disco en 1972, From A Girl’s Point Of View We Give To You, que vendió un millón de copias.
“Nada pudo superar esa sensación de cuando escuché por primera vez en la radio Walkin’ in the Rain with the One I Love. Empecé a buscar un nuevo artista después de ese álbum, me fui a una sala de grabación a escuchar los tres temas que tenía y me asusté: me di cuenta de que el artista que buscaba era yo, Barry White”.
Barry en un capítulo de “Los Simpson”.
A lo Maradona, el “Señor Amor” hablaba en tercera persona. Como si Barry fuera “otro”, fuera de su cuerpo. Algo de eso había: su nombre era Barry Eugene Carter. La ironía: apellidarse artísticamente “Blanco” y luchar contra el racismo.
Las largas jornadas con las talentosas muchachitas de Love Unlimited le hicieron encontrar el amor. Quedó flechado por Glodean. Ella se transformó en su segunda esposa y formaron una familia numerosa. “Una noche, después de hacer el amor con Glodean, salí de la cama y a ella le jodió bastante eso. Llevábamos cuatro meses casados. Me fui a la cocina a escribir Can’ t Get Enough of your love”, detallaba “Mister Love” sobre aquella proeza musical, una de sus creaciones más bestiales.
De los primeros 40 dólares de sueldo a esta nueva realidad, la voz ya había incrementado notablemente su cuenta bancaria. “Me pagaron 37 mil dólares. Fui al estudio y grabé. Solo 5 temas. Dos de un lado. Tres del otro”, explicaba sobre el álbum debut, I’ve Got So Much To Give. Algo que un adolescente hoy no entendería, el lado A y el lado B del vinilo.
La voz que fue objeto de estudios universitarios.
Lo que siguió, fue un ascenso digno de una montaña rusa. El mismísimo Muhammad Ali lo presentó en su The Muhammad Ali Show:“Sé que es lo que tener una gran pegada porque la tengo. Pero aún así me gustaría golpear como mi próximo invitado. Damas y caballeros, el campeón de los pesos pesados de la música, Barry White”.
Para julio de 1977 aterrizó en la Argentina. Cantó en el Luna Park, acompañado por músicos del Colón. “No puedo tener la suficiente cuota de tu amor”, largaba con esa intensidad que algún porteño prejuicioso calificaba de “grasa”. Baby, baby, baby, repetía desconociendo el marco de dictadura.
En los ochenta su carrera inició una curva descendente. Enojado con el sello CBS por lo que consideraba “poca promoción” y su carrera se desvió. “Muchos creen que yo me retiré, pero no dejé la música”, despotricaba. Su aparición mucho más tarde en la serie Ally Mcbeal o en capítulos de Los Simpson generó golpecitos de popularidad que lo acercaron a generaciones que lo desconocían. Cientos de fans de las criaturas amarillas lo descubrieron en esa escena en que Lisa toca el bajo y él regala su ronquera rodeado de serpientes danzantes.
Barry White
Para 1999, su resurgimiento ocurrió con Staying Power, el último disco que grabaría. En 2000 ganó dos premios Grammy y comenzó una suerte de despedida. Escribió junto a Marc Eliot su autobiografía, Love Unlimited: Insights of Life & Love. Hablaba de una vida feliz, pero compleja desde sus bases.
“A los cuatro empecé a interesarme por la música, gracias a mi madre y su piano. Ella tocaba música clásica, Beethoven, Mozart. No fue fácil ser un chico pobre interesado en la música, no había muchos niños en el Sudeste de los Ángeles con esas inquietudes. Vivíamos en un sitio intensamente peligroso. A los 5 ó 6 ya tenías que aprender a sobrevivir, a evitar que te dispararan y te mataran. Yo robaba casas y autos, y participaba de peleas callejeras. Aprender a sobrevivir te convierte en una persona especial”.
La leyenda que edulcoró todo fue la de Elvis Presley como la voz que alumbró la suya. Mientras estaba entre rejas, Barry escuchaba al “Rey” (It’s Now or Never) y entendió que “la delincuencia no era alternativa”. “Mi hermano no tuvo la misma suerte. Fue asesinado a tiros en una disputa en 1983”.
Barry White. /AFP
Sus últimos años no fueron rodeados de paz. Su nueva novia, Katherine, enfrentada a sus hijos, impidió el contacto del ya frágil Barry con su familia. Postrado, sufría insuficiencia renal, se sometía a diálisis y esperaba un trasplante cuando el 4 de julio de 2003, con 58 años, dejó de respirar. Fue en el Centro Médico Cedars-Sinai de Los Ángeles. Era el Día de la Independencia.
Una supuesta hija en camino -Barriana- desató un escándalo post-mortem. El ADN determinó que se trataba de una “mentira”, y hubo un tira y afloje con su herencia. Finalmente, Glodean, su gran amor, decidió que White fuera el océano todo y no existiera una tumba donde llevarle flores. Lanzó sus cenizas al Océano Pacífico. En la ceremonia íntima estuvo Michael Jackson.
Alguna vez le preguntaron a uno de sus seis hijos, si había usado la voz sexy de su padre como anzuelo para conquistar chicas: “Nunca lo hice”, admitió serio el muchacho. “Me daba impresión. Tenía la sensación de que si lo hacía, mi padre estaba allí conmigo en un momento tan íntimo”.
YouTube nos hizo heredar planos inmejorables de Don White, “La morsa del amor”, como llegaron a bautizarlo. Casi siempre transpiradísimo, en sus shows parece como alcanzado por una tormenta. Las gotas chorreándole por la frente, la sien, la nariz, las comisuras. Las cejas mojadas. La barba húmeda. Barry cantaba con toda su cara y sus pesados kilos. Creía ciegamente en eso que vendía: el amor, el sexo y la combinación de ambos. “Veo un mundo de belleza y perfección y me esfuerzo a través de mi música para difundir eso que veo. Quiero ayudar a hacer de este planeta un lugar mejor, amarnos los unos a otros. Y procrear”.
TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA
COMENTARIOS CERRADOS POR PROBLEMAS TÉCNICOS.ESTAMOS TRABAJANDO PARA REACTIVARLOS EN BREVE.
CARGANDO COMENTARIOS
Clarín
Para comentar debés activar tu cuenta haciendo clic en el e-mail que te enviamos a la casilla ¿No encontraste el e-mail? Hace clic acá y te lo volvemos a enviar.
Clarín
Para comentar nuestras notas por favor completá los siguientes datos.