Estrategias para los días que corremos riesgos

Estaba en uno de esos días de pie izquierdo: todo salía mal. Fue hace años, pero los momentos quedan grabados, desprendidos del tiempo. Manejaba por Lugones hacia Ciudad Universitaria para una

entrevista a una astrónoma. No sé por qué o quizás por nada pero iba apurado, con estrés, la vida me corría (¿llegaba tarde, quizás, algo que nunca me perdono?).

De pronto me encuentro con el camino que se abre para el ingreso a la Universidad. Demasiado de repente. Había un camión a mi derecha. Acelero, doblo rápido en una sola maniobra intempestiva y llego a entrar antes de que el camión me roce. Estúpido de mí. Recién tomé conciencia del sinsentido cuando el chofer del camión me miró y me hizo la señal de “¿Estás loco?”. Me había acercado a la muerte.

Esta experiencia es diferente a la del azar que nos golpea sin ser responsables de nada. Pero darse cuenta del peligro genera siempre una alerta: el frágil equilibrio en una cornisa decide si vivimos o morimos. Así, simple. Algunos, ante estas situaciones, quedan con un estrés postraumático: tan cerca del fin que uno tiene temor de que vuelva a pasar en cualquier momento. No me ha sucedido. Pero esa maniobra indefendible que cometí es una imagen que retorna con asiduidad. Curioso, lo hace de una manera pedagógica, casi.

Ese día aprendí varias cosas. Quizás lo más importante, una voz que me dice (me digo) “Tranqui, Daniel, tenés mucho que perder”. Se vincula con la seguridad física pero también con el bienestar. Uno a veces pone en riesgo una amistad o genera unos días de malhumor con su pareja porque no es consciente que el desahogo se traduce en palabras que hieren.

Durante un viaje a Canadá, me sorprendió un juego popular: Axe throwing. En una especie de club o bar se construye un espacio seguro para que los participantes lancen hachas (sí, hachas) que quedan estampadas en la pared. Me pareció un poco brutal y peligroso aunque algo rescato, si pudiera separar la forma del fondo: descargar energía hace que puedas volver a respirar sin tensiones. Ojalá haya formas más tranquilas para lograrlo. Respiración, ejercicio, charla catártica. Cada uno haga su elección mientras logre espantar su locura.

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Clarín

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