Historias del aire: el día que Lalo Mir descubrió la voz de Fernando Peña en un avión

Se conocieron en el aire. En el cielo. Entre nubes.

Volaban en el mismo avión de American Airlines, Lalo Mir como pasajero, Fernando Peña como comisario de abordo. Hubieran podido

no interactuar jamás, pero Lalo escuchó una voz de mujer, tono cubano, y pidió conocer a esa azafata exquisita que endulzaba los tímpanos. La azafata no existía.

Fernando tenía entonces 31 años. Había debutado involuntariamente en el aire radial a mediados de los setenta, cuando en medio de una transmisión deportiva de su padre Pepe Peña gritó desesperado “papi, me estoy meando”. Después, se hizo grande, creció, pero no guardó las formas, siguió siendo el niño que expresaba sin reparos lo que sentía.

Fernando Peña, cuando hacía reír a bordo de un avión.

Cuando Peña jugaba a ser la descarada Milagritos, a 42 mil pies de altura, ya había atravesado 100 vidas. Ya había viajado a probar suerte a los Estados Unidos, ya había regresado, ya había dictado clases de inglés en Buenos Aires, ya había trabajado como profesor de equitación. Seguía “ahogado”, necesitado de vuelo, de experiencias extremas, de turbulencias, de despresurizaciones. Quería estrellarse y rebotar, subir y bajar. Encontró en los aterrizajes y los despegues cierta forma de vida “antirepetición”.

“El avión fue un gran maestro, aprendí hasta sobre bolsas de ano contranatura, transporte de cenizas de muertos y monos enjaulados”, recordaba el uruguayo. El avión era su primera gran oportunidad de micrófono, el ensayo, el teatro del aire en el que se animaba a disparates. “Concha”, solía gritar Fernando después de que los viajeros habían cenado y se disponían a dormir envueltos, a media luz, en el ruido de las turbinas. Con voz gruesa desde la cabina y ante la carcajada de la tripulación, repetía: “Concha, por favor, hágase presente”. 

Fue en uno de sus vuelos que Lalo paró el oído. Peña hacía en secreto un personaje inspirado en una cubana que años antes volaba por Panam y a la que sacó una radiografía: una criatura digna de ficción, adornada por anillos excéntricos y repleta de cuentos sobre amores perdidos.

Fernando Peña como comisario de abordo.

“Yo viajaba a Chile cada tres semanas por laburo. Grababa y volvía. Trabajaba en Radio Concierto. Cuando no podía ir mandaba cintas”, recuerda Lalo, 26 años después. “La tripulación era una mezcla de argentinos y chilenos, la base sur de American Airlines. Fernando era entonces First Fly Attendant. Él se acercó después de que yo me acercara a él. En realidad yo le preguntaba a las azafatas cuál era la cubana y no me decían. Y notaba como una sonrisa extraña, decía ‘acá hay gato encerrado’. Porque ninguna de las chicas a las que veía pasar con las bandejas parecía cubana”.

Después de varios despegues, un día Lalo quiso quitarse la duda. “Me saqué el cinturón de seguridad, me paré, crucé la cortina y ahí me encuentro con este tipo al que yo veía pasar por el pasillo. No podía pensar que de ese cuerpo salía esa voz. Me miró, siguió haciendo de Milagros López, y cuando terminó su speech se sentó al lado y me dijo: ‘Por favor, no lo digas en la radio porque me echan’. Ahí fue que le dije: ¿Y por qué no venís y lo hacés en la radio?’.

Era 1994, Lalo conducía Tutti Frutti, por Del Plata. Y así apareció en el aire radial Milagros López. “Primero grababa unos casetes que transformábamos y en los que quedaba el sonido del parlante del avión. ‘Su atención por favor’. Después empezó a llamar por teléfono”, detalla Lalo. “No había sonado en radio antes, así que lo hice debutar. En realidad él se impulsaba solo. Era una persona de un talento, garra, un cabezadura al que sencillamente le di la oportunidad. El resto lo hizo él”.

Lalo Mir y la anécdota de cuando descubrió a Fernando Peña en un avión

“Como dramaturgo mi misión es sacudir”, diría después el montevideano, para explicar eso que etiquetaban una y otra vez como “provocación”. Hombre “pulpo”, “negado a ser una sola persona”, prefería que sus oyentes escucharan “una locura en formato de juego” antes que “esa otra que no tiene chance de subir a un escenario”: “Me da más miedo la gente contenida. Pánico. Viven la vida organizadamente, sin salirse de la raya, y pienso por dentro, “¡ay Dios, el día que te brotes por no poder sacar todo eso!”.

Quince años después de su irrupción artística en radio, Peña murió. El ataúd venerado en la Legislatura no alcanzaba para contener a todos esos que se escapaban invisibles del cuerpo, personajes eternos grabados para siempre. Fernando no respiraba, pero sobrevivían Porelorti, Revoira Lynch, Palito, La Mega. Como un avión que se va, que surca el aire por última vez y que a su paso deja una estela.

Mirá también
Mirá también

Historias radiales: la lección que Antonio Carrizo le dio por carta a Héctor Larrea

Mirá también
Mirá también

Mabel Landó, la novia de Tarzán, recuerda la magia del radioteatro a sus 88 años

Mirá también
Mirá también

La radio en la Argentina: 100 años de un amor que nació en una terraza

MZ

COMENTARIOS

TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA

COMENTARIOS CERRADOS POR PROBLEMAS TÉCNICOS.ESTAMOS TRABAJANDO PARA REACTIVARLOS EN BREVE.

CARGANDO COMENTARIOS

Clarín

Para comentar debés activar tu cuenta haciendo clic en el e-mail que te enviamos a la casilla ¿No encontraste el e-mail? Hace clic acá y te lo volvemos a enviar.

Ya la active
Cancelar
Clarín

Para comentar nuestras notas por favor completá los siguientes datos.

Exit mobile version