Elecciones en EE.UU.: ¿Quién gana y quién pierde?

El mensaje de Donald Trump, a pocas horas del cierre de los principales centros de votación, constituyó una advertencia al sistema. Ganó porque así lo cree y así

debe ser no importa lo que suceda con millones de votos no registrados. Esa señal autoritaria, sin precedentes en la historia norteamericana, se alimentó de un primer dato objetivo. El partido Demócrata no pudo constituirse en una alternativa con la suficiente energía para modificar de modo concluyente un cuadro en el cual Trump se erige como un monarca para decir y hacer lo que quiera aun cuando no se sepa si triunfó.

En esa línea, el escenario de confrontación que se ha montado amenaza con agudizar estos extremos con un costo, por ahora, difícil de medir para la imagen norteamericana y su capacidad de incidencia. Pero no es eso lo que preocupa a Trump cuya supuesta victoria esta definitivamente en duda de ahi su insistencia con denunciar un fraude sin otra evidencia que su palabra.

Una gran masa de votantes coincide con esa visión y estilo del magnate y la ha consolidado. Sorprenden algunos datos. Los republicanos ganaron en sitios imprevisibles como condados en Ohio o Michigan donde los problemas de las economías domésticas alcanzaron graves niveles por los cierres de plantas como General Motors, o donde la industria del acero se hundió pese a las promesas iniciales del mandatario en su anterior campaña. Un teflón que no perforó tampoco el enorme peso de la pandemia.

La peste en Estados Unidos está fuera de control. Quien quiera que llegue a la Casa Blanca, se encontrará en los próximos meses, hacia enero o febrero cuando arranque la nueva administración, con un crecimiento empinado de las muertes según los cálculos de los científicos, porque no se hizo lo debido para impedirlo. Ese efecto siniestro no votó como se suponía en las urnas. El personalismo devino ahí en un dispositivo de notable éxito para anular cualquier cuestionamiento. 

-FOTODELDIA- Wilmington (Estados Unidos), 03/11/2020.- El candidato del partido demócrata, el exvicepresidente Joe Biden, acompañado de Jill Biden, durante su intervención en la noche electoral en Wilmington, Delaware. EFE/JIM LO SCALZO

El notorio apoyo a Trump, muy por encima de lo que habían detectado las encuestas, amontona un puñado de lecturas centrales para el presente global al margen incluso del resultado de las elecciones. Desde ya pone en duda la noción de que la era de los populismos entraba en su ocaso.

Los afiliados a esas tendencias en el resto del mundo asumirán esta experiencia como una transfusión de energía. Un efecto dominó que se percibirá más pronto que tarde en una Europa que ha venido intentado, con los planes de estimulo impulsados por Alemania y Francia, esquivar la consolidación de nuevos liderazgos antisistema como consecuencia del daño económico que ha causado la pandemia. Muy por encima, incluso, del desastre de la anterior crisis del 2008 que fue el germen de la actual tribu de soberanistas.

Por el contrario, dará nueva vida a los auspiciantes del Brexit y al resto de las organizaciones políticas que buscan desarmar el sentido cosmopolita y multilateral de construcciones como la Unión Europea y que habían perdido fuelle precisamente de resultas del golpe de la enfermedad.

Esto sucederá en medio de un rebote de las economías que ya comienza más que insinuarse lo que liberará aun más las manos de estas dirigencias.

En Estados Unidos esta visión tiene otras implicancias. El enorme apoyo que el sistema corporativo norteamericano brindó al demócrata Joe Biden es un dato que los republicanos seguramente observarán con atención.

El significado de ese respaldo se basa en el apremio por acuerdos superestructurales que recuperen un crecimiento global que depende de entendimientos entre las tres principales economías planetarias, EE.UU, Europa y China. Biden era una garantía para emprender ese camino. Trump era por lo menos una incógnita. Como lo sigue siendo hoy, agravada.

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