
Aunque los dos aborrecerían admitir una calumnia semejante, Mauricio Macri y Cristina Kirchner coinciden en un punto: los dos creen que la crisis argentina tiene una magnitud
tan significativa que en algún momento el Gobierno y la oposición tendrán que sentarse a hablar de un acuerdo político para dibujar un camino de salida.
La vicepresidenta lo puso por escrito en su carta de la semana pasada, cuando le advirtió a Alberto Fernández que estaba en sus manos la convocatoria a un acuerdo con todos los sectores e interlocutores posibles para solucionar lo que ella llamó el dilema de la economía bimonetaria.
Macri nunca lo escribió, pero lo habló con gente que lo visitó esta semana en sus oficinas de Olivos, aunque acompañó esa confesión con una condición. “Ahora no se puede. Nosotros tenemos el diálogo en nuestra genética, pero el Gobierno tiene que poner una agenda y decir qué es lo que quiere discutir”, dijo el ex presidente.
La idea del acuerdo estaba en la cabeza de Macri incluso antes de la carta de Cristina. Hace un mes, en una reunión reservada con empresarios, propuso un juego. “Imaginen el escenario que ustedes prefieran: por ejemplo, Lavagna ministro de Economía, Redrado presidente del Banco Central, o piensen el dream team que más les guste. Si el Presidente hace eso ¿ustedes ponen plata para inversiones?“, los balbuceos y dudas en las respuestas de sus interlocutores lo convencieron de las dificultades que encierra hoy una negociación de esa clase.
La primera prenda de paz hacia Alberto Fernández la lanzó Elisa Carrió, cuando pidió el apoyo de Juntos por el Cambio a la candidatura de Daniel Rafecas a la Procuración. Carrió venía proponiendo dentro de Juntos por el Cambio ese giro, y siempre recibía el no de los radicales y del propio Macri, que dejó de confiar en las propuestas de la jefa de la Coalición Cívica luego de que impulsara a Horacio Rosatti, a quien el ex presidente le reserva uno de los insultos más duros de su diccionario: le dice “estatista”.
En la oposición son varios los que creen que el giro que implicaría pasar de criticar a Rafecas a apoyar a Rafecas tiene que ser acompañado por un recorrido argumental suficiente para convencer, por ejemplo, a quienes marchan una y otra vez en los banderazos contra el Gobierno. “Las marchas nos sirven para contener a los traidores”, suele decir uno de los dirigentes de Juntos por el Cambio que celebran cada convocatoria callejera y que espera con ansiedad la que ocurrirá el próximo domingo. En esa visión, si el apoyo a Rafecas se ve como una claudicación y no como una jugada destinada a salvar la república, Juntos por el Cambio se puede convertir en destinatario y no en beneficiario de los banderazos futuros.
En el oficialismo, en contraste, no existe un mosaico de opiniones sobre la postulación de Rafecas. Allí es más simple la cosa. Alberto Fernández está a favor de mantener a su candidato y quiere que se vote con la ley que rige hoy y Cristina está en contra de las dos cosas: no lo quiere a Rafecas -por eso no movió un dedo para que se hagan las audiencias por su pliego en la Comisión de Acuerdos- y busca que se vote una nueva ley del Ministerio Público Fiscal que cambie las mayorías necesarias en el Senado para nombrar a un Procurador.
El pliego de Rafecas seguirá congelado hasta que ella lo decida, pero aún no está clara la posibilidad de que Cristina consiga por sí sola los votos para que la nueva ley que regula el funcionamiento de los fiscales pueda ser aprobada en la Cámara de Diputados. Por eso es que el Presidente advirtió que quiere que Rafecas asuma con la ley que rige hoy. Con esa condición, los diputados que voten la ley de Cristina estarán votando en contra del Presidente.
Es una jugada arriesgada, pero la pelea interna en el Frente de Dos desde que Cristina difundió su carta pasa por un momento en el que solo se admiten valientes. Por lo pronto, el Presidente y la vice no volvieron a hablar, y este lunes fue el senador Oscar Parrilli el encargado de transmitirle a Fernández en un largo almuerzo a solas las intenciones de su jefa. Sergio Massa será el encargado de buscar una forma de que la sangre no llegue al río en la Cámara de Diputados.
Fernández hizo decir a sus voceros que no tiene ninguna intención de armar un acuerdo con la oposición y no hizo falta que nadie agregara a esa frase “como quiere Cristina”. El Presidente sabe que convocar a un acuerdo ahora implica dos cosas: aceptar que corre detrás de la vicepresidenta y admitir que él sólo no puede administrar la crisis. A ningún presidente le gusta quedar en esa situación.
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