
Pocos saben que el director de la película “El extraño del pelo largo”, un clásico del cine pop nacional, fue en los ‘40 uno de los guionistas y adaptadores más solicitados: Julio Porter. Botones de muestra, “Los chicos crecen”, “La pequeña señora de Pérez”, “Safo, historia de una pasión”, “Novio, marido y amante”, “Un pecado por mes”.
Al mismo tiempo, escribía programas radiales y obras de teatro. En los ’50 se probó como director, con señalable éxito, pero en 1957 tuvo que irse a México, donde siguió trabajando. A su regreso, ya no era el mismo. “En un tiempo pensé que nos íbamos porque papá estaba en la lista negra de la Revolución Libertadora. Por su parte, mamá pensaba que al irnos y tener que empezar todo de nuevo, papá dejaría el vicio del juego. Las cosas fueron algo distintas”.
Quien habla es su hijo, el arquitecto y doctor en ciencias de la educación Luis Porter, que acaba de presentar su libro de memorias de infancia “Mis calles y el río”. Cada capítulo refiere una dirección: Roca 1812, la casa hogareña en Florida, camino a Estudios Lumiton, Estados Unidos 1864, Talleres Gráficos Porter Hermanos, sostén del grupo Martín Fierro, y así, la oficina donde el padre escribía para radio, teatro y cine al mismo tiempo, la granja y panadería de los tíos de Campana, los restaurantes adonde el padre iba directo a saludar a los cocineros y husmear las opciones antes de sentarse, la sala de ensayos con las bailarinas “haciendo alarde de su alegría lo suficientemente impúdica”; los laboratorios Alex, donde Luis entró a los 16 años como aprendiz de montaje, la secundaria en turno noche, hasta el departamento de los abuelos inmigrantes donde madre e hijos se redujeron, mientras esperaban el llamado del padre desde México. Dialogamos con Luis Porter:
Periodista: Es admirable cómo usted describe con todo detalle lugares, comidas, festejos, premieres, colectivos y colectiveros de antes, y evoca de paso tantos escritores y artistas como César Tiempo, Susana Freire, Mottura, Abel Santa Cruz, Héctor Pedro Blomberg, Martínez Suárez, Discepolo, ¿es cierto que, siendo niño, entró a una fiesta del brazo con Discépolo?
Luis Porter: Él era amigo de papá, trabajaron juntos, venía a casa con su esposa Tania, que a mamá no le gustaba nada, nosotros fuimos alguna vez a su departamento, tuvo una vida bastante triste. César Tiempo era primo de papá, ambos muy humoristas, juntos hicieron varias obras. ¡Susana Freire! Siendo niño me enamoré de ella, años después en Brasil hubo una amistad, ahora creo que vive en una estancia cerca de Tandil. El italiano Luis Mottura, en realidad Luigi, siempre me simpatizó, un poco porque me trataba como a un ahijado. Cuando vino, ya viudo, tuvo que dejar a su hija, chiquita, al cuidado de los abuelos, y no la vio crecer. Santa Cruz, amigo de la familia, chistoso, desordenado, también trabajaba con papá, que en comparación era más formal. Otro era Gurruchaga, muy culto, lleno de historias relacionadas con el alcohol. Muy dipsómano. Un día mi padre se descuidó y Gurruchaga se tomó hasta la colonia Atkinson. El era dipsómano y mi padre ludópata, qué duo.
P.: Una combinación fatal…
L.P.: Hay algo que me parece importante. Entonces, en vez de considerar al jugador como un enfermo, simplemente lo llamaban irresponsable. Se sumaba toda esa gama tan porteña de valores, como tener amantes, largas reuniones con los amigos, deudas de juego, por eso es tan irregular su producción, en su carrera hay obras hermosas y obras comerciales de bajo nivel. Su primo era todo lo contrario, en parte porque la esposa lo controlaba de cerca. En cambio mamá no tenía poder sobre papá y eso la decepcionaba mucho, porque ella y él eran poetas, idealistas, pero él fue absorbido por la farándula, que ella despreciaba. La relación pendía de un hilo, pero siguieron juntos. El murió a los 64 años, y ella como a los 75, acá, en el bulín de Juncal y Rodríguez Peña que papá había conservado.
P.: El nombre de su padre está asociado a los programas de Pepe Iglesias, José Marrone y Darío Vittori, los guiones de películas de Mirtha Legrand, Mecha Ortiz, Libertad Lamarque, los mexicanos María Félix y Tin-Tan, y otras muchas figuras, y películas que él mismo dirigió, como “De turno con la muerte” e “Historia de una carta” hasta “El extraño del pelo largo” y “Blum”, amén de algunas poco memorables, que hizo para salir de algún apuro.
L.P.: En mi panorama del pasado, “Blum” es una gema que permite reconocer todo el talento de papá. Tiene profundidad, tiene fuerza. La vi en teatro no menos de 50 veces, con Discépolo, Osvaldo Miranda, Pola Neuman (“la otra” de papá durante muchos años, después se casó con Ben Molar). La película con Dario Vittori no logró darle todo el dramatismo que la comedia lleva. En México vi una puesta con Juan Verdaguer, que me saco el sombrero, no recuerdo el año, pero pasó las 100 representaciones. La de Discépolo estuvo tres años en cartel, la gente reía sin saber que había algo cierto, porque él estaba enamorado de un amor imposible.
P.: ¿Es cierto, acaso, lo del hijo con una mexicana?
L.P.: Raquel Díaz de León, la conocí, ya anciana, y al hijo, que acá nunca les dejaron reclamar sus derechos. Agustín Lara la había sacado de un burdel, tenía 17 años, luego ella se hizo periodista, era muy culta. Discépolo y ella vivieron juntos, Sandrini y Tita Merello fueron los padrinos de bautismo del niño. Pero él volvió bajo el mando de Tania, le faltó coraje, no sé. Eso, y los insultos por haber inventado a Mordisquito, lo fueron apagando hasta morir de tristeza.
P.: ¿Habla del microprograma “¿A mí me la vas a contar?”
L.P.: El no era peronista ni antiperonista, pero desde la Secretaría de Prensa y Difusión le pidieron participar en la campaña por la reelección presidencial y entre él, mi padre, que le escribía los textos, y Santa Cruz, que dio algunas ideas, inventaron a Mordisquito, un “antigorila” que muchos amigos y espectadores nunca le perdonaron. Se murió casi en Navidad del ’51, en brazos de Osvaldo Miranda. Y papá se fue en 1957, un poco porque la industria se había achicado y también porque, sin figurar en las listas negras, estaba pasando algunas presiones más sutiles que una lista negra. Al final no le quedó ni el anillo de oro con las dos carátulas que yo le admiraba cuando niño.
P. ¿Qué pasó con ese anillo?
L.P.: Quién sabe. Su última amante se quedó con lo que quedaba del archivo, y seguramente también con esa joya. Al menos me regresó la máquina de escribir de mi padre. Yo ahora vivo en Canadá, mi hermana en EEUU, es artista plástica, y escribí estas memorias, que pudieron publicarse de un modo muy lindo, que cierra la historia. Esa imprenta donde el abuelo y su hermano les daban la oportunidad a los escritores jóvenes, quebró a fines de 1946. Un sobrino compró las máquinas para imprimir cajitas de remedios. Y ahora su nieta retomó el camino de los libros, bajo el sello Gran Aldea Editores. Así que éste es un libro sobre los Porter, publicado por sus descendientes.
Fuente Ambito
