En la planta baja del Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias (IFIBYNE), en Ciudad Universitaria, hay pancartas que reclaman contra el cientificidio, recuerdan que la ciencia es soberanía y cuestionan el desfinanciamiento del Conicet. En ese mismo hall se ve a chicos y chicas de séptimo grado, en una de las habituales visitas escolares promovidas por quienes hacen ciencia allí. Tareas de divulgación sostenidas “a pulmón”, remarca el biólogo molecular Alberto Kornblihtt, investigador superior y exdirector del Instituto. Fomenta la divulgación porque quiere que la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA atraiga más alumnos. “Hay un ideario de una exigencia mayor y que no todo el mundo está preparado, pero la verdad es que hay que hacer la prueba. Porque una vez que pescaste el bichito de eso, la aventura del conocimiento es fantástica”, dice. Y transmite al mismo tiempo la pasión por sus estudios y el tesón con que piensa defenderlos de un ajuste que define como “aniquilación”.
Flamante ganador del Premio Fundación Bunge y Born 2025 en Bioquímica y Biología Molecular por sus aportes a la comprensión de cómo funcionan los genes y a entender mecanismos claves de las células vivas, Kornblihtt acumula en su oficina del IFIBYNE medallas y diplomas, un gran panel de corcho que reúne fotos de hijos y nietos con eminencias científicas como César Milstein o Phillip Sharp y una caricatura que lo muestra disertando con la ya célebre frase “no, no está bien, está mal” (la dijo en 2018, durante el debate por la interrupción voluntaria del embarazo, y la convirtió en título de libro). También hay una pizarra con una premisa de Umberto Eco: “La verdad nace como herejía y muere como dogma”. En este escenario, no es difícil imaginar que el ataque del gobierno de Javier Milei contra la ciencia y la técnica le cause escozor.
–¿Cómo está impactando en el IFIBYNE el ajuste a la ciencia?
–Impacta como en todos lados, pero el Instituto tiene un colchón un poco más grande. Porque tiene grupos con subsidios internacionales. Hay un grupo que fundó una startup (Apolo Biotech, de Federico Ariel) entonces tiene aporte privado. Pero los grupos que dependían solamente de los subsidios de la Agencia Nacional de Ciencia y Tecnología la están pasando muy mal.
–¿Se está dando un éxodo de investigadores?
–Está habiendo serios problemas en las generaciones más jóvenes. Cuando antes había un montón de gente buscando hacer el doctorado en Argentina, hoy eso disminuyó porque la gente se da cuenta que no va a poder sobrevivir con un sueldo de 800 mil pesos full time. Y que tampoco los grupos a los que podría entrar tienen financiamiento. Jóvenes que se van hay muchísimos. Senior es más difícil, porque tienen establecida su familia acá.

No es crisis, es aniquilación
En mayo de este año, durante una de las convocatorias en defensa de las universidades públicas y contra el desguace del sistema científico-tecnológico, Kornblihtt difundió una carta en la que pidió apoyo social aún de quienes no pertenecieran al sector. Porque “el país los necesita” para frenar el cientificidio. En ese texto, describió el ajuste actual como una “política de aniquilación”.
–¿Por qué la define como una ‘aniquilación’? ¿Qué la diferencia de crisis anteriores?
–Cuantitativamente es mucho peor. En la actualización de las becas y salarios es peor, en la anulación de los desembolsos de los subsidios es peor, en el corte total del ingreso a la carrera de Conicet es peor y en la pérdida de poder adquisitivo de becas y salarios es peor. Creo que es un paquete de aniquilación que forma parte de la destrucción del Estado que se propone Milei, con el aval de los sectores del poder económico que lo aplauden. Y son bastante ignorantes de la importancia de la ciencia y la técnica. La descalifican, la demonizan, la acusan de ser la culpable cuando en realidad el sector de Ciencia y Técnica como mucho ha llegado al 0,3% del Producto Bruto Interno. Ahora está en el 0,15%, no puede ser nunca la causa de no cumplir con el equilibrio fiscal. Hay toda una connotación ideológica por parte del gobierno con su ataque al Estado, y también con el ataque a la posibilidad de generación de conocimiento.
–¿Cómo repercute el discurso sobre el «Ñoquicet» y demás expresiones del ámbito libertario contra quienes hacen ciencia?
–Por un lado, hay quienes dicen que en las encuestas los científicos son uno de los estamentos más respetados del país. Por el otro, creo que prende ese discurso del «Ñoquicet» y se agarran del caballito de batalla del «ano de Batman» aunque ni leyeron el paper. Consideran que estudiar condiciones socioeconómicas o problemas sociales es excremento. Tienen un descaro que no es de ahora. Tengo documentos de Estados Unidos en los años ’30 con grupos fascistas, de ultraderecha, que tenían una campaña para cerrar las universidades porque las consideraban núcleos de generación marxista. Ese imaginario subsiste. Ellos saben que la comunidad científica no los avala y deambulan por el camino del recorte y la discriminación ideológica. No sabemos qué científicos los asesoran: creo que no hay. Creo que son funcionarios liquidadores, que se congracian con el presidente y el jefe de gabinete porque liquidan, reducen el gasto, no porque pueden mostrar un logro científico o académico.
–¿Preocupa el avance de corrientes terraplanistas, antivacunas y otras formas de anticiencia?
-Yo las llamo terraplanismo sensu lato: en sentido amplio. No tienen una influencia muy grande, me parece. Pero lo notable es que surgen, tienen voz y eso tiene que ver con otro tema fundamental que es el caldo de cultivo sobre el cual crecen los postulados fascistas y de liquidación del Estado, que es la dinámica de las redes sociales. En la medida en que permiten aprobar o desaprobar algo no por la verosimilitud o comprobación que sostiene la afirmación sino simplemente porque «me gusta» o «no me gusta», vale el «me gusta» que la tierra sea plana. Esa inmediatez en tener que responder, en no pensar antes de hablar, es el caldo de cultivo sobre el cual puede funcionar el fascismo. Porque no funciona sin apoyo popular.
–¿Qué impacto cree que puede tener a futuro este ataque a la generación de conocimiento?
–Milei antes de ganar las elecciones dijo «que una empresa contamine un río no tiene por qué ser penalizado». ¿Cómo discutís una idea como esa? Es una idea que brutaliza. No es importante si el que la emite es un bruto. Es que lo que quiere es brutalizar a la población. Con su lenguaje agresivo y con sus simplezas epistemológicas, anti cualquier cosa que sea justicia social o bien común, está generando en un sector de la población una pérdida de pensamiento crítico, de usar la cabeza.
La expresión que elige no es casual. Remite a un reciente viaje a Brasil, adonde Kornblihtt sumó otro reconocimiento científico. Allí supo de una campaña lanzada por el CNPq (Conselho Nacional de Desenvolvimento Científico e Tecnológico, la versión brasileña del Conicet), con el lema “usá
la cabeza”.
Al biólogo molecular argentino le pareció fantástico: «Es muy sintético y está diciendo ‘loco, pensá’. No adhieras a cualquier cosa porque te cayó bien o te gusta: pensá”. De eso se trata. «

Un hallazgo clave en AME que espera inversión
Hace poco menos de diez años, un grupo de familiares de pacientes con Atrofia Muscular Espinal (AME) golpeó la puerta de la oficina de Alberto Kornblihtt. Sabían que trabajaba sobre splicing alternativo –un proceso celular complejo que explica fácil con la metáfora de un sastre que fabrica varios trajes con un mismo trozo de tela– y ante la aprobación de un nuevo medicamento en EE UU querían que él comandara la investigación en la Argentina. El biólogo molecular les dijo que no (“yo no trabajaba el tema, no quería venderles espejitos de colores”), pero le pidió a uno de sus becarios (Luciano Marasco) que hiciera un experimento. El resultado abrió la puerta hacia la posibilidad de una terapia combinada que arrojó resultados “contundentes” en ratones.
El ensayo clínico –en humanos– está pendiente y lejos de concretarse, por la inversión. “Difícilmente venga del mundo privado. Las farmacéuticas no tienen interés, no quieren pagar el estudio porque después el medicamento es como la aspirina, se puede comprar en la farmacia”. El Estado, tampoco: “Mucho menos ahora. Ni en Estados Unidos, donde también están con dificultades para hacer proyectos con laboratorios extranjeros”.
La AME es una enfermedad poco frecuente que afecta a unas mil personas en Argentina. Gracias a las nuevas opciones de tratamiento los pacientes logran sobrevivir, caminar y tener calidad de vida. De comprobarse mediante ensayo clínico el aporte del equipo argentino, el efecto del medicamento Spinraza podría ser aún mejor: “Supongo que en el futuro algún grupo de médicos estará interesado en hacerlo y será público. Hoy no tengo herramientas para hacerlo”.
«Soy un cinéfilo grave»
La pasión por la ciencia no es la única en la vida de Alberto Kornblihtt, investigador superior y uno de los más distinguidos del país. “Soy un cinéfilo grave”, se describe. Lleva una prolija lista de las películas que vio en su vida. Primero las anotó en un cuaderno. Después, en un archivo de Excel. Hoy las registra en el sitio The Movie Data Base.
La larga lista tiene subgrupos para las mejores y las no recomendadas. También, para las imprescindibles. Y aunque no puede elegir una favorita, sí tiene predilección por el cine italiano. A tal punto, que organizó un ciclo en el mismo instituto donde se investigan células, genes y proteínas.
“Ya voy por la quinta película. Vemos una cada dos semanas. Elegí 25 películas, en orden cronológico. Desde Roma, ciudad abierta (1945) –cada vez que la veo, lloro. Y la vi mil veces–, hasta El tren de los niños (2024)”, cuenta. El público no es masivo pero tiene un grupo de seguidores fieles: “Chicos y chicas de menos de 30 años que por ejemplo ante películas como Rocco y sus hermanos (1960) se quedan con la boca abierta”.
Fuente Tiempo Argentino