Hay una escena que se repite en las redes y nadie sabe muy bien si es real, si es actuada, si es un síntoma o si es simplemente el ruido de fondo de esta época. Un pibe de quince años, con orejas de lobo y una cola postiza, corre en cuatro patas por una plaza vacía.
Alguien lo filma. Alguien lo sube. Alguien comenta «qué loco». Alguien comenta «qué triste». Alguien escribe «yo también soy thermo» y pone mal la palabra porque escuchó el término hace cinco minutos en un video y ya siente que le pertenece.
Después está Bad Bunny en el Super Bowl. Cien millones de personas mirando. Una casita puertorriqueña en el centro del campo. Caña de azúcar. Ricky Martin. Lady Gaga. Y al final, Benito mirando a cámara y diciendo «Dios bendiga a América… y mi patria, mi barrio, Puerto Rico». El mensaje político está ahí, claro, pero viene envuelto en un espectáculo tan brillante que podés elegir no verlo. Podés quedarte con la fiesta, con el ritmo, con la producción impecable. El sistema lo permite todo, incluso la denuncia, siempre que venga en un paquete que no interrumpa el flujo de la atención.

Y después está la lista de Epstein. Esa que nunca aparece del todo, que siempre está a punto de revelarse, que cada tanto algún político promete desclasificar y después no desclasifica, que genera titulares, videos de YouTube de tres horas, hilos en X, especulación infinita sobre si tal o cual famoso está en esa lista que nadie vio completa pero de la que todos hablan como si la hubieran leído. Es el gran misterio contemporáneo, el secreto que lo explicaría todo, la llave que abriría todas las puertas. Pero la llave nunca llega.
Tres fenómenos. Una misma pregunta: ¿qué tiene que ver con nosotros?
La respuesta es incómoda. Tienen que ver que los miramos. Tienen que ver que existen como fenómenos masivos porque alguien, en algún lado, decidió que valía la pena mirarlos. Y tienen que ver que esa decisión —mirar o no mirar— no es tan libre como creemos. Está guiada, moldeada, empujada por una maquinaria global diseñada para una sola cosa: que no dejemos de mirar.
Pero hay una pregunta más profunda, más incómoda todavía: ¿por qué nos indignamos con unas cosas y no con otras?
Porque no es casual que un pibe que se siente perro pueda generar más debates, más titulares, más horas de contenido que una reforma laboral que precariza a millones. No es casual que el show del Super Bowl ocupe más espacio en nuestras conversaciones que el avance del ajuste en el Congreso. No es casual que la lista de Epstein siga generando especulación infinita mientras las políticas que moldean nuestra vida cotidiana pasan casi sin debate. No es casual que sepamos más sobre la vida amorosa de los famosos que sobre el destino de los fondos públicos.
No es casual. Es funcional.
Lo que tenemos enfrente no es un conjunto de fenómenos aislados que compiten por nuestra atención. Es una arquitectura. Un diseño. Una máquina de distracción programada para que el enojo, la rebeldía, la bronca —que existen, que son reales, que siguen ahí— no encuentren el camino hacia quienes realmente los merecen. Es un sistema de desagüe emocional: la indignación se canaliza, se encauza, se dirige hacia objetos que no amenazan el orden establecido.
Porque los dueños de las plataformas, los dueños de los medios, los dueños de los canales por donde circula todo esto, son los mismos que diseñan las políticas públicas. Son los mismos que están sentados en las mesas donde se decide el destino de los países. Son los mismos que necesitan que nuestra indignación se gaste en cualquier lado menos en las puertas de sus empresas, menos en las leyes que escriben, menos en el desmantelamiento de lo poco que nos queda. La correlación no es conspirativa: es estructural. El poder económico y el poder mediático son el mismo poder.
Y para eso no alcanza con prohibir o censurar. Eso sería demasiado burdo, demasiado visible, generaría resistencia organizada. El sistema aprendió a ser más sofisticado: lo que hace es dirigir. Encauzar. Canalizar la bronca hacia cauces que no amenazan el orden.
Construir agendas de indignación que mantengan a la gente ocupada mientras, en simultáneo, se votan leyes, se firman decretos, se transfieren recursos. Es la democracia de la distracción: te dejo que te enojes con lo que quieras, siempre que no mires lo que hago.
Para entender cómo funciona esa maquinaria, ayuda hacerse unas preguntas viejas, de esas que un politólogo llamado Harold Lasswell inventó en 1948 para estudiar la propaganda. Decía que había que preguntarse quién habla, qué dice, por qué canal, a quién y con qué efecto. Setenta y ocho años después, las preguntas siguen siendo las mejores linternas para iluminar esta oscuridad. Porque la propaganda no murió, se volvió más inteligente: ya no necesita mentir, le basta con dirigir la mirada.
En los tres casos, el quién es una estructura mucho más compleja que un simple emisor. El pibe que corre en cuatro patas habla, pero quien realmente amplifica su mensaje es el algoritmo de TikTok, una plataforma que nació en China pero hoy opera con una estructura societaria que incluye inversores estadounidenses después de que el gobierno de Estados Unidos forzara una reestructuración por «seguridad nacional». El dueño formal cambia, pero la lógica extractiva permanece. Bad Bunny habla desde el escenario del Super Bowl, pero quien le da esa plataforma es una corporación televisiva norteamericana que responde a intereses que nada tienen que ver con Puerto Rico, una empresa que vive de la pauta publicitaria y necesita audiencias masivas para justificar sus tarifas. Los que especulan sobre la lista de Epstein hablan en X —propiedad de Elon Musk, el hombre más rico del mundo, contratista del gobierno de Estados Unidos, dueño de empresas que dependen de contratos públicos—, en YouTube —de Google, que a su vez es parte del conglomerado Alphabet, un imperio que factura más que muchos países—, en TikTok —con sus idas y vueltas geopolíticas, sus tensiones entre Washington y Beijing. Dueños diferentes, capitales diferentes, orígenes diferentes, pero una misma lógica: necesitan que sigamos mirando.
Necesitan que sigamos produciendo esa materia prima llamada atención.
Lo que dicen también importa, pero importa menos de lo que parece. El pibe therian dice «esta es mi identidad», pero su verdadero mensaje, el que captura la atención, es que hay una rareza, algo digno de ser mirado, una anomalía en el paisaje urbano. Bad Bunny dice «Puerto Rico existe», pero su show dice también que el espectáculo todo lo puede contener, que la denuncia cabe dentro del sistema sin romperlo, que se puede ser crítico y masivo al mismo tiempo. La lista de Epstein dice «hay una verdad oculta», pero su verdadero mensaje es que la especulación es más entretenida que la realidad, que el misterio vende más que la resolución, que la espera perpetua es mejor negocio que el desenlace.
El canal, en los tres casos, no es un vehículo neutro. Es el verdadero mensajero. Es quien determina qué se ve, cómo se ve, durante cuánto tiempo se ve. Y los canales tienen algo en común más allá de sus dueños: todos están diseñados para maximizar el tiempo de pantalla. Todos funcionan con la misma lógica de extracción de atención. Todos responden al mismo imperativo: mantener al usuario mirando, deslizando, clickeando, comentando. El contenido es solo el cebo. La atención es el botín.
Los chicos que se sienten animales no son nuevos. Los foros de internet de los años noventa ya hablaban de teriantropía, de experiencias espirituales que el mundo no estaba preparado para entender. Esas comunidades existían en los márgenes, en conversaciones de madrugada entre desconocidos, en sitios web con fondos oscuros y tipografía verde.
Nadie fuera de esos círculos sabía de su existencia. Y eso estaba bien: no necesitaban ser vistos para ser.
Lo nuevo es TikTok. Lo nuevo es que para existir socialmente, esa identidad necesita ser performada ante la cámara. Necesita explicarse en sesenta segundos, resumirse en hashtags, defenderse en la caja de comentarios. El pibe que solo quería expresar quién es termina siendo, sin saberlo, un proveedor de contenido. Es un prosumidor: consume y produce al mismo tiempo. Alimenta la tendencia, sostiene el ciclo, mantiene viva la conversación. No lo hace con mala intención. Lo hace porque esa es la única forma de existir socialmente en el capitalismo de plataformas: hay que ser visto. Si no aparecés en el feed, no existís.
El algoritmo no premia la verdad. Premia lo que genera reacción. Y la identidad therian genera reacción: curiosidad, identificación, burla, indignación, debate. Todo eso es engagement. Todo eso es tiempo de pantalla. Todo eso es ganancia. El algoritmo aprende rápido: si un video de un chico con orejas de lobo retiene la atención, mostrará más videos de chicos con orejas de lobo. Y así se construye una burbuja donde lo marginal se vuelve tendencia, donde lo anecdótico se vuelve fenómeno.
Mientras discutimos si los therians están locos o son valientes, mientras nos indignamos por un pibe que ladra en una plaza, hay otras cosas que no estamos discutiendo. Hay una reforma laboral que precariza el trabajo. Hay un ajuste que avanza sin el ruido que merecería. Hay contratos millonarios que se firman sin debate público. La energía que se gasta en ese debate es energía que no se gasta en otro lado. Es el principio de la termodinámica aplicado a la política: la indignación no se crea ni se destruye, solo se transforma. Y el sistema se especializa en transformarla en conversaciones estériles.
Después está Bad Bunny. Ocho de febrero de 2026. El primer latino en encabezar el show del medio tiempo del Super Bowl. Un mensaje político claro: Puerto Rico existe, Puerto Rico merece respeto, el colonialismo no es un tema cerrado.
Pero el mensaje viene en un paquete tan perfectamente diseñado que cada uno puede llevarse lo que quiere. El activista encuentra la denuncia. El fan encuentra la fiesta. El gringo encuentra el show. El conservador encuentra motivos para indignarse. Todos encuentran algo. Todos se quedan mirando. Y esa es la clave: la ambigüedad no es un defecto, es una característica. Un mensaje unívoco espanta a parte de la audiencia. Un mensaje ambiguo la retiene toda.
Lo que los creativos que diseñaron ese show entendieron es que ya no alcanza con un mensaje único. Hay que hiperestimular. Hay que multiplicar los símbolos, los estímulos visuales, los temas, los artistas invitados. Hay que construir una experiencia tan densa, tan cargada, que por algún lado te entre. Que no puedas escapar. Es el equivalente escénico de los feeds infinitos: siempre hay algo nuevo para mirar, siempre hay un detalle que te perdiste, siempre hay una capa adicional de significado.
El resultado es un espectáculo que funciona como una trampa de atención perfecta. Y una vez que la atención está capturada, viene todo lo demás: las marcas que pautan durante el Super Bowl a siete millones de dólares los treinta segundos, los anuncios que se convierten en tema de conversación, la arquitectura publicitaria que sostiene el evento, los memes que se viralizan al día siguiente, los debates que duran una semana. El show es el señuelo. La atención, el botín.
Y mientras debatimos si Bad Bunny vendió o no vendió, si su mensaje fue lo suficientemente político, si debería haber hecho más o menos, las marcas ya ganaron. Las plataformas ya ganaron. El sistema ya ganó. Porque nosotros seguimos ahí, mirando, discutiendo, alimentando el ciclo. La discusión política se convierte en entretenimiento. Y el entretenimiento es el opio del pueblo en el siglo XXI.
Hay una ironía que no se nos escapa: somos críticos del sistema utilizando el sistema mismo. Escribimos columnas en redes sociales. Hacemos videos para YouTube.
Denunciamos el capitalismo de plataformas usando las plataformas del capitalismo. No hay afuera. No hay un lugar limpio desde donde hablar. Y eso nos convierte, a todos, en parte de lo que denunciamos. El crítico cultural que escribe sobre la máquina de mirar también necesita ser mirado. También necesita likes, comentarios, shares. También está atrapado.
Después está la lista de Epstein. El caso real es grave: un financiero millonario con una red de tráfico sexual de menores que operó durante décadas con impunidad. Documentos judiciales que mencionan a figuras de la política, la ciencia, la realeza. Una muerte en circunstancias nunca del todo explicadas, en una cárcel de máxima seguridad, con las cámaras del pasillo «accidentalmente» desactivadas. Todo eso es cierto. Todo eso es grave.
Pero la «lista» de la que todos hablan no es esa. Es una promesa. La promesa de que existe un documento secreto que, cuando se revele, expondrá a los verdaderos dueños del poder, derribará gobiernos, hará justicia, limpiará el mundo de una vez por todas. Esa lista no aparece nunca. Pero su potencia narrativa es tal que la espera se convierte en el verdadero producto.
Cada nueva filtración reactiva el ciclo. Cada nombre que aparece genera especulación infinita. Cada político que promete desclasificar y después no desclasifica alimenta la teoría de que algo se oculta. La lista de Epstein es el misterio que nunca se resuelve porque, si se resolviera, la atención se acabaría. Es como las series que alargan el misterio temporada tras temporada: el día que revelen quién mató a Laura Palmer, la serie termina.

Y eso es exactamente lo que necesitan las plataformas: un tema que no termine nunca. Que siempre tenga un nuevo capítulo. Que mantenga a la gente enganchada, especulando, compartiendo, teorizando. La política se convierte así en una novela. Una telenovela global donde los malos son siempre los mismos y la revelación final nunca llega. Donde cada tanto aparece un nuevo personaje sospechoso y las teorías se reinician.
¿Por qué nos atrae tanto? Porque es más fácil, más entretenido, más emocionante que entender la complejidad del mundo. Es más sencillo esperar una lista mágica que va a destapar todo, que sentarse a analizar cómo funcionan realmente las estructuras de poder. Es más cómodo creer que hay un complot que lo explica todo, que aceptar que el poder es difuso, que las responsabilidades están repartidas, que no hay un único documento que venga a salvarnos, que la justicia no llega en un PDF.
La conspiración nos entretiene. La complejidad nos aburre. Y en ese desajuste, el sistema encuentra su mejor aliado. Porque mientras esperamos la lista definitiva, las redes de explotación sexual siguen operando. Mientras especulamos sobre nombres del pasado, se cometen abusos en el presente. Mientras miramos hacia atrás, lo que pasa hoy no lo vemos.
Mientras nosotros estamos discutiendo si los therians tienen razón, si Bad Bunny es un vendido, si tal o cual famoso está en la lista de Epstein, hay otras cosas que no estamos discutiendo. Hay una reforma laboral que avanza. Hay derechos que se pierden. Hay un mundo que se reconfigura al margen de nuestra mirada. Hay un pacto fiscal que se negocia. Hay una deuda que se paga con el hambre de millones. Hay un medioambiente que se destruye.
Y eso no es casual. Es el resultado de una arquitectura diseñada para que nuestra indignación se gaste en cualquier lado menos en los lugares donde realmente se decide nuestro destino. Los dueños de las plataformas, los dueños de los medios, los dueños de los canales por donde circula todo esto, son los mismos que están sentados en las mesas donde se escribe el futuro. Y tienen muy claro que mientras nosotros discutamos si un pibe que se siente perro es un peligro social o una expresión identitaria legítima, ellos pueden seguir haciendo lo que hacen sin que nadie les moleste demasiado.
El sistema está muy bien. Los algoritmos premian lo que genera reacción. Las plataformas amplifican lo que retiene atención. Y lo que retiene atención rara vez es lo más importante. Siempre es lo más escandaloso, lo más novedoso, lo más indignante, lo más entretenido. Es la selección natural del contenido: sobrevive el que más engancha.
La política se convierte así en un ring de combate donde peleamos contra enemigos equivocados. Nos indignamos con el pibe que ladra en lugar de indignarnos con el que escribe las leyes. Debatimos el show de Bad Bunny en lugar de debatir el imperialismo.
Especulamos sobre la lista de Epstein en lugar de investigar las complicidades actuales. Es la fábrica de humo perfecta: mientras miramos el humo, no vemos el incendio.
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Lo que une a estos tres fenómenos es la máquina de mirar. Esa máquina que convierte a un chico que se siente lobo en un video viral. Que convierte un reclamo colonial en un show de medio tiempo. Que convierte una red de pederastia en una serie de especulación infinita.
En los tres casos, el quién es difuso, el qué es ambiguo, el canal es el verdadero poder, el quién somos nosotros y el efecto es siempre el mismo: más tiempo de pantalla, más atención capturada, más ganancias para las plataformas, más invisibilización de lo que realmente importa.
El capitalismo de plataformas no produce cosas. Produce miradas. Nos convierte en miradores profesionales. Y mientras miramos, mientras comentamos, mientras compartimos, mientras nos indignamos, mientras especulamos, las plataformas ganan. Siempre ganan. Incluso cuando perdemos nosotros. Especialmente cuando perdemos nosotros.
China lo entendió a su manera: construyó su propio ecosistema digital donde el Estado mantiene la soberanía y las grandes empresas tecnológicas están subordinadas al interés nacional. En Occidente, los «señores digitales» operan con una autonomía que desafía a los propios estados. Pero el resultado, visto desde acá, desde el sur, desde el lado de los que miramos, es el mismo: nuestra atención es el botín. Nuestra indignación, el combustible.
Nuestra distracción, el objetivo.
La pregunta que queda es qué pasa cuando nos damos cuenta. Cuando entendemos que cada minuto que pasamos mirando a un chico que corre en cuatro patas, o debatiendo si Bad Bunny hizo política, o especulando sobre la lista de Epstein, estamos trabajando gratis para la máquina más poderosa que haya construido el capitalismo, sea en Beijing, en Silicon Valley o en cualquier otro lado. Cuando comprendemos que somos al mismo tiempo el producto, el trabajador y el cliente. Que pagamos con nuestra atención por el privilegio de generar más atención para que otros ganen más dinero.
La respuesta no la tiene nadie. Pero algo empieza a estar claro: mientras sigamos mirando, ellos siguen ganando. Y nosotros, los que miramos, los que comentamos, los que compartimos, seguimos perdiendo. Perdemos tiempo, perdemos capacidad de análisis, perdemos la posibilidad de incidir realmente en lo que pasa.
La máquina de mirar nos tiene adentro. Nos tiene mirando hacia cualquier lado menos hacia donde deberíamos mirar. Y mientras tanto, el mundo sigue girando, pero nosotros ya no lo vemos. O lo vemos a través de una pantalla que nos muestra solo lo que alguien decidió que merece ser visto.
La pregunta no es si vamos a salir de esta máquina. La pregunta es si queremos. Porque salir implica dejar de mirar. Implica renunciar al entretenimiento perpetuo. Implica enfrentar una realidad que duele, que incomoda, que exige algo más que un like o un comentario.
Implica acción, organización, compromiso. Implica dejar de ser espectadores para volver a ser ciudadanos.
Y eso, justamente, es lo que el sistema no quiere que hagamos. Porque un ciudadano organizado es más peligroso que mil espectadores indignados. Porque la gente que deja de mirar para empezar a actuar es la única amenaza real para esta máquina perfecta.
La pregunta es: ¿vamos a seguir mirando?

Fuente Tiempo Argentino







