Una hilera de maderas expuestas a las ráfagas, el sol tibio que se le pega a las islas como una marca de nacimiento y una maestra kelper, ayudada por dos kelpersitos, pegando un póster de Perón y Evita en la pared de una escuela. La fotografía es de mayo de 1973 -rescatada por Sebastián Carassai en su libro Lo que no sabemos de Malvinas– e interrumpe el almanaque con la fuerza de un rayo.
Aquella postal en Puerto Argentino no es un truco de inteligencia artificial ni un milagro suelto. Era el fruto maduro de una siembra: la doctrina de la seducción pacífica, una diplomacia que el General jugaba con la mirada puesta en el mapa del siglo que venía. En esos años, la Argentina no reclamaba desde el escritorio; metía las manos en el territorio a través del cordón umbilical de la vida cotidiana. Desde el continente curaba a los isleños en las camillas de Comodoro Rivadavia, los docentes criollos enseñaban español en las aulas de las islas y el gas de YPF templaba el frío de las casas.
Por eso, cuando se mira el presente, el contraste te pega en el pecho. La cadena nacional de Javier Milei, con su sobreactuado fervor de última hora, choca de frente contra la historia. Mientras Perón demostró que plantar bandera es posible si antes se asegura la independencia económica, el experimento libertario rifa el Atlántico Sur en un living simulado, un decorado montado para tapar el vaciamiento de la patria.
El ajedrez y la ruleta
Si la diplomacia actual se juega a la suerte en la ruleta, el peronismo de mediados de siglo se movió por el mapamundi con la astucia de un ajedrecista que sabe qué pieza va a mover dos jugadas después. Era la Tercera Posición hecha carne. De la mano de Atilio Bramuglia, su primer canciller, Perón sentó al país a discutir de igual a igual en los foros internacionales. En la Conferencia de Bogotá de 1948, Argentina no fue a pedir permiso; levantó un mojón al conseguir el respaldo del continente para terminar de una vez con el zarpazo colonial en toda la región.
Aquella geopolítica -«la verdadera política», repetía el General- sabía que a las palabras se las lleva el viento si el suelo que pisás es de barro prestado. Para hablar fuerte afuera, había que mandar adentro. Por eso Perón blindó el país nacionalizando los ferrocarriles y los puertos, cortándole a Londres los cables de extracción con los que manejaba la logística argentina. El desendeudamiento funcionó como un acta de libertad, quitándole a la banca internacional el derecho a veto sobre las decisiones de la Casa Rosada. Y el control estatal del comercio exterior transformó al trigo y a la carne en herramientas de presión ante una Europa de posguerra que necesitaba sanar el hambre.
Con esa espalda económica, Perón se dedicó a buscar las grietas del imperio. La primera oportunidad apareció en mayo de 1953. Gran Bretaña, aunque festejaba la victoria de la Segunda Guerra Mundial, estaba quebrada, endeudada hasta el cuello con Washington y batiéndose en retirada de sus colonias en Asia y África. Ante un león imperial que se desangraba, el General y su pragmatismo: aprovechó la coronación de Isabel II y mandó a Londres al almirante Alberto Teisaire con una propuesta desprejuiciada entre las ropas.
Los informes desclasificados guardan el secreto de Teisaire ofreciéndole formalmente al subsecretario británico, Lord Reading, la compra directa de las Islas Malvinas. El plan era comprar el paquete accionario de la Falkland Islands Company -la dueña de las tierras y las ovejas- para nacionalizar el suelo y poblar el archipiélago con trabajadores criollos. Winston Churchill frenó la oferta por miedo a que el orgullo herido de los lores hiciera caer su gobierno conservador, pero la audacia dejó una lección grabada a fuego: la soberanía puede financiarse, pero jamás se mendiga.
Perón no miraba las islas como un punto perdido en el agua, sino como el centinela de la Antártida. En su cabeza, el Atlántico Sur era el puente que unía las Islas Malvinas con el sector antártico nacional. El General vio antes que nadie que el continente blanco dejaría de ser un desierto de románticos para convertirse en el corazón de las disputas por el agua y los minerales del siglo XXI. Su estrategia fue territorializar el frío. Bajo el impulso del general Hernán Pujato, el peronismo fundó el Instituto Antártico Argentino y sembró las bases científicas permanentes más australes del planeta. Malvinas era la base de apoyo obligatoria para la Argentina con destino de potencia global que imaginaba Perón.
Esa misma constancia diplomática tuvo su hora más madura en junio de 1974, en el segundo peronismo. Asfixiado económicamente por sostener un enclave colonial deficitario que ya respiraba gracias al continente, el gobierno laborista británico tuvo que aflojar el cuerpo. El embajador James Hutton le acercó a Perón y a su canciller, Alberto Vignes, una propuesta formal de condominio; es decir, la soberanía compartida. El documento, que aun hoy duerme en el Archivo de la Cancillería, aceptaba la doble bandera, el castellano como idioma oficial y una gobernación rotativa. El viejo General mandó a aceptar de inmediato y dejó una máxima de realismo puro: «Si ponemos un pie sobre las islas, no nos sacan más».
La muerte de Perón, apenas tres semanas después, congeló los papeles para siempre. Isabelita no dio la talla para semejante herencia, y la dictadura se encargó de tirar los documentos a la basura para cambiarlos por la trágica aventura bélica del ’82.
La contradicción libertaria
El espejo del presente devuelve una imagen rota. Después de derramar admiración por Margaret Thatcher y regalarles a los isleños el derecho de autodeterminación, Javier Milei ensaya una pirueta de la que difícilmente caiga bien parado. En su última cadena nacional, tildó a los kelpers de «población implantada», prometió una Ley de Defensa de la Soberanía y agitó el puño contra las petroleras que perforan en el yacimiento Sea Lion.
Esta «malvinización» exprés libertaria nace inválida: la destrucción total de la economía fronteras adentro. Mientras el presidente grita patriotismo, el RIGI entrega los recursos naturales estratégicos a las multinacionales y arrodilla la soberanía jurídica de la nación ante tribunales extranjeros como el CIADI. No se puede pelear una colonia con el bolsillo vacío y el país loteado.
La incoherencia se vuelve descarada cuando se mira a Tierra del Fuego. El Gobierno usa la Base Naval Integrada de Ushuaia como el gran trofeo de su relato actual. Pero la memoria le desarma el relato, porque fue en ese mismo lugar donde el traje presidencial se cuadró ante la jefa del Comando Sur de los Estados Unidos para sellar una alianza incondicional con Washington. Querer convencernos de que se está rescatando una colonia británica mientras se le entrega la llave de la Antártida al socio histórico y principal aliado militar de Gran Bretaña, es un mamarracho conceptual.
Por eso, frente a la puesta en escena y la retórica de cotillón libertario, resulta imprescindible volver la mirada hacia aquella foto de la pared de la escuela batida por el viento isleño en 1973. La soberanía real no es la que se vocifera desde una tribuna futbolera como quien reclama un córner, sino la que supo tejer una mística tan honda que hizo que aquellos pibes kelpers pegaran los rostros de Perón y Evita en las mismísimas Malvinas. Esa imagen sigue siendo el norte del sur más sur: el recordatorio de que la patria se defiende con hechos concretos, con la historia a cuestas, con la memoria que obliga y con los pies bien plantados sobre la tierra nuestra.
Fuente Tiempo Argentino
