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Tanzania, el país del negacionismo y los remedios milagrosos contra el coronavirus

25 marzo, 2021
in Internacionales
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La luz blanca del mediodía se cuela por la puerta abierta e ilumina el milagro: una olla hirviendo contra la peor pandemia mundial del siglo XXI. Mihambo se

sienta junto al recipiente, se inclina y, al destapar la olla, una nube de vapor asciende hacia el techo de la habitación. Por el camino el vaho le nubla la barba espesa y la boca abierta. Mihambo aspira profundamente y, como va sin camiseta, su pecho se perla de gotas de agua. “Esto es para librarse de la covid”, afirma.

En unos segundos, la estancia, a las afueras de la ciudad de Arusha, se llena del aroma amargo del brebaje, a base de limón, ajo, cebolla, jengibre y hojas de guayaba y naranjo. Mihambo se cubre la cabeza y los hombros con una manta y respira con fuerza. “¡Aaaah! This is good!”, exclama. Aunque el remedio tradicional, nyungu, se ha usado desde hace siglos en Tanzania para dolencias respiratorias, es oficialmente uno de los dos métodos de protección contra la covid recomendados por el ministerio de sanidad tanzano a la población. El otro es rezar a Dios.

Desde casi el inicio de la pandemia, Tanzania se ha erigido en el país negacionista de África. Mientras el resto del continente implementó medidas de protección rápidas y exigentes, con confinamientos estrictos y cierre de fronteras tras apenas una decena de positivos, el país del este africano inició pronto una deriva sin frenos: en mayo del año pasado dejó de contabilizar los casos —las cifras se congelaron en 509 positivos y 21 fallecidos, mientras la vecina Kenia, con menos población, registra 116.000 casos y casi 2.000 muertos—, expulsó a los responsables de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y rechazó el uso de las mascarillas y descartó confinar a la población.

Su presidente John Magufuli, fallecido a los 61 años la semana pasada (a causa de problemas cardíacos según el Gobierno, enfermo de covid según la oposición), extendió la deriva autoritaria de su Gobierno, que persigue a la disidencia y amordaza a la prensa libre, a cualquier asunto relacionado con la pandemia. Tras ordenar que solo cuatro personas del gobierno podían hablar del virus, nadie más, decretó varios días de rezos nacionales y declaró al país libre de covid por intervención divina.

En Zanzibar, Tanzania. Foto AFP

En Zanzibar, Tanzania. Foto AFP

“Hemos estado rezando y ayunando para que Dios nos salve de la pandemia que ha afligido a nuestra nación y el mundo, pero Él nos ha respondido —dijo el político el pasado junio—. Estoy convencido, y sé que muchos tanzanos también lo creen, que la enfermedad ha sido eliminada por el Señor”. Fue incluso más allá. El mes pasado, ordenó a la responsable de sanidad que rechazara las vacunas. “No funcionan”, exclamó. El dogma de fe, con tintes surrealistas oculta un reverso siniestro: como las autoridades persiguen a quienes contradicen la versión oficial, con castigos a médicos y sanitarios que diagnostican positivos de covid, el miedo se ha contagiado entre la población. Hoy casi nadie osa hablar abiertamente de la pandemia y Tanzania es un país con dos virus: el de la covid y el de los susurros.

Temores

Para Peter ni siquiera es suficiente con bajar la voz; pide también oscuridad. Enfermero en el hospital de Karatu, una pequeña localidad en el norte de Tanzania, accede a hablar desde las sombras de una habitación ajena (no quiere que reconozcan su casa) y ni siquiera así, difuminado detrás de una mosquitera adornada con globos rosados, se siente a salvo. Pide por favor que le atribuya un pseudónimo. Si se arriesga hablar y a que le despidan o le detengan, dice, es por sus dos hijas. “Esto no puede continuar así o lo pagaremos todos”, dice.

Pese a que la juventud de la población (dos tercios de los 62 millones de tanzanos tiene menos de 25 años) ha mitigado el impacto del virus, el escenario en varios hospitales ha empeorado en las últimas semanas. Desde la penumbra, Peter denuncia el panorama en su centro de salud.

“La situación no es buena, cada día atendemos a más pacientes; vienen con tos, fiebre alta, fatiga... Los oficiales del Gobierno están detrás de nosotros y aunque la situación es terrible, no quieren reconocer que es covid”. Peter cree que él mismo se contagió en enero —“cuando pestañeaba lloraba de dolor, tenía 40 de fiebre”— y asegura que cada día hay más entierros, pero que los sanitarios tienen prohibido mentar la causa real. “El Gobierno dice que quien hable será castigado, así que no podemos diagnosticar covid y debemos escribir ‘neumonía severa’”.

John Magufuli. Foto Reuters

John Magufuli. Foto Reuters

El miedo de Peter no es exagerado. Además, de suspender licencias de medios de comunicación o detener a periodistas por su cobertura de la pandemia, el gobierno tanzano ha llevado el control social hasta límites grotescos. En enero, el Colegio Internacional de la ciudad de Moshi se vio obligado a retractarse después de enviar a sus alumnos a casa tras detectar un positivo entre sus alumnos. Una visita de las autoridades regionales hizo cambiar de opinión a la dirección del centro, que reabrió las aulas y lamentó “la circulación de información falsa”.

Para algunos, la muerte de Magufuli es una oportunidad para virar el rumbo. Tras el nombramiento el viernes de su sucesora, la vicepresidenta Samia Suluhu Hassan, el director de la OMS, el etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, se apresuró a pedir colaboración a la nueva lideresa. “Espero que trabajemos pronto para mantener a salvo a la gente de la covid y conseguir una Tanzania más sana”.

Antes, la organización había suplicado al gobierno que permitiera la distribución de vacunas. Alarmadas por el incremento de los contagios desde inicios de año —se sospecha que por la llegada de la cepa sudafricana—, otras instituciones habían lanzado también la voz de alarma. En febrero, los representantes de la iglesia católica tanzana pidieron a sus fieles que se pusieran mascarillas y la embajada de Estados Unidos alertó de un “incremento significativo de casos de covid”.

Dios

A la espera de si se produce el golpe de timón, en el pueblo de Mto Wambu los dos métodos oficiales de lucha contra la covid conviven juntos. En una calle sin asfaltar, a tiro de piedra de la iglesia católica St Jude Thadeus, el joven Shabini Yunus vende hortalizas y fruta en un puesto de madera. En primera línea, expone una docena generosa de limones. Es el producto estrella.

“En los dos últimos meses, el precio ha pasado de 300 a 500 chelines, la gente cada vez compra más para hacer la bebida contra la covid. Dicen que sirve para protegerse”. Al preguntarle a Yunus si él confía en ese método, se encoge de hombros. “Yo no lo sé, pero sí me va bien que se vendan limones”. El impacto económico de la covid y la parálisis del turismo internacional —el 17% del PIB de Tanzania— ha agujereado la cartera de los tanzanos: según el Banco Mundial, la pandemia ha sumado medio millón de pobres y uno de cada cuatro tanzanos vive por debajo del umbral de la pobreza.

Dentro del recinto religioso, y ante la ausencia del cura, su ayudante y catequista Bonaventura William Mayunga, accede a charlar y mostrarnos la iglesia. Es un rara avis: es de los pocos que llevan la mascarilla puesta. Durante el paseo por el templo, Mayunga explica que desde hace unos años están construyendo una iglesia más grande junto a la antigua. “En el pueblo cada vez hay más feligreses, necesitamos una iglesia más grande”, dice. Mayunga sí cree que la fe ha ayudado a muchos a superar el temor al virus. “Yo no sé de ciencia, pero los domingos hacemos tres turnos de misas y para la gente es muy importante la oración y más aún en momentos de incertidumbre como estos”.

Antes de despedirse, Mayunga se coloca frente a la cruz del altar y reza brevemente, en voz baja, de rodillas y con la mascarilla puesta.

La Vanguardia

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TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA

  • Tanzania
  • Pandemia
  • África
  • Kenia
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