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Virus, bacterias y las opacas acusaciones cruzadas entre China y Estados Unidos

10 mayo, 2020
in Internacionales
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La guerra de Corea (1950-1953) dice hoy poco y, sin embargo, es uno de los conflictos con mayor vigencia: la península sigue separada entre dos Estados antagónicos por el mítico paralelo

38, alumbró la única dinastía comunista del planeta –los Kim- y garantizó, indirectamente, la independencia de Taiwán. Ahí no acaba la cosa. China acusó en 1952 a Estados Unidos del empleo de armas bacteriológicas y virus lanzados desde aviones para destruir las cosechas y aniquilar a la población. Siete décadas más tarde, Washington y Beijing se acusan de haber creado el nuevo coronavirus​.

El 22 de febrero de 1952, al unísono, el ministro de Asuntos Exteriores de Corea del Norte en una carta a la ONU y el Renmin Bao (Diario del Pueblo) de Beijing en su portada acusaban a las tropas de Estados Unidos de haber lanzado en múltiples misiones aéreas insectos con bacterias que provocaban el cólera, plagas y virus nocivos para el ganado y los seres humanos. En días posteriores, el propio canciller chino, el legendario Chu En Lai, abundó en estas tesis al aportar más detalles, tesis de las que la Unión Soviética también se hizo eco pero marcando distancias, la tónica de todo el conflicto bélico en lo que concierne al patrocinio comunista.

De hecho, el líder de Corea del Norte, Kim Il Sung, fundador de la dinastía que sigue mandando en el hermético país comunista -¡y de qué manera!-, explotó hábilmente las divergencias de Mao y Stalin para recibir luz verde de ambos –y con ella un compromiso de asistencia- a su plan de invasión de Corea del Sur. Tras el final de la ocupación japonesa de Corea, en 1945, la ONU bendijo el acuerdo entre Moscú y Washington de dividir la península en dos Estados, al norte el comunista y al sur del capitalista.

Cuando sus tropas cruzaron el paralelo 38 el 25 de junio de 1950, Kim Il Sung estaba convencido de que la acción relámpago concluiría con éxito en cuestión de días y reunificaría Corea bajo pabellón comunista. Confiaba –gran error- en que Estados Unidos reaccionaría tarde y mal (los estadounidenses habían retirado las tropas estacionadas desde 1945 para un repliegue orientado en arco de protección de Japón, Taiwán y todo el Pacífico, sin olvidar la contención en Europa).

Las acusaciones chinas y norcoreanas iban en la línea propagandística de la URSS sobre la crueldad de Estados Unidos y el capitalismo en aquellos primeros meses de la guerra fría. Moscú ya había denunciado ante el mundo que en 1949 los estadounidenses realizaron experimentos biológicos despiadados con los indígenas inuits de Alaska (los esquimales, en terminología de la época, hoy en desuso por sus connotaciones despectivas).

La URSS también aireaba la supuesta colaboración en experimentos biológicos de algunos de los científicos y mandos japoneses responsables de atrocidades y ensayos clínicos en Asia, especialmente con los chinos durante los años de ocupación imperial nipona. El empleo de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki suponía un aval indirecto de cara a la opinión pública mundial. Si han sido capaces de aquello… venía a ser el sonsonete para presentar a Estados Unidos como una potencia cruel y desalmada dispuesta a conquistar el mundo con los métodos que fuesen.

El líder norcoreano Kim Il Sung firma un documento en Seúl, en una imagen sin fecha, de la década de 1950. /AFP

El líder norcoreano Kim Il Sung firma un documento en Seúl, en una imagen sin fecha, de la década de 1950. /AFP

De principio a fin, la guerra fría fue una sucesión de conflictos interpuestos y una apoteosis de la propaganda. Las acusaciones de guerra bacteriológica fueron mantenidas por Corea del Norte y China a lo largo de toda la contienda aunque nunca llegaron a derribar los aviones que, a decenas, habían lanzado los gérmenes sobre territorio norcoreano.

Dudas y contradicciones

Las pruebas constan pero sin verificación internacional y con contradicciones. Según la investigación del Wilson Center de Washington, un think tank englobado en el Smithsonian, la URSS trasladó la supuesta guerra bacteriológica en Corea a los foros amigos de todo el mundo –la prensa moscovita habló en aquellos días de grandes protestas en Europa por esta guerra sucia, ciertamente menores- mientras que norcoreanos y chinos acumulaban pruebas incriminatorias.

En ningún momento aceptaron la verificación ofrecida por la Cruz Roja Internacional o la Organización Mundial de la Salud (OMS), que consideraban manipulables por Estados Unidos. Prefirieron comités de expertos internacionales que, por lo general, validaban automáticamente las tesis de sus anfitriones.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acusa a China de haber creado el coronavirus en un laboratorio. /BLOOMBERG

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acusa a China de haber creado el coronavirus en un laboratorio. /BLOOMBERG

Los documentos desclasificados tras la caída de la URSS recogen el abierto escepticismo respecto a la veracidad de las pruebas de guerra química atribuidas a EE.UU. Sobre todo tras la muerte de Stalin. Por su parte, el presidente Harry Truman negó hasta el final de sus días que hubiesen empleado semejantes métodos en la península de Corea. Oficialmente, la República Popular China y la República Democrática Popular de Corea mantienen hasta hoy la acusación, a pesar de que documentos personales del que fue jefe de la sanidad china en la contienda, Wu Zhili, detallan que fue obligado a fabricar las pruebas contra Estados Unidos.

El paralelo 38, la línea que divide Corea del Norte y Corea del Sur, en una imagen de archivo.

El paralelo 38, la línea que divide Corea del Norte y Corea del Sur, en una imagen de archivo.

La década de 1950 comenzó como un gran combate de boxeo en cuyos primeros rounds los dos contendientes se estudian, se reconocen y lanza pronto los primeros golpes. Si el bando comunista hablaba de “genocidio” de EE.UU. contra los norcoreanos, Washington exageró las técnicas de lavado de cerebro que empleaban los comunistas, un término acuñado por todo un personaje, el periodista Edward Hunter, agente de la CIA, que tituló una de sus crónicas sobre China en el Miami Daily News en septiembre de 1950 así: “Las tácticas de lavado de cerebro obligan a los chinos a ingresar en el Partido Comunista”.

Una imagen de abril de 1951 muestra al comandante de las fuerzas de Estados Unidos en Corea, el general Douglas MacArthur, inspeccionando sus tropas en la base aérea de Kimpo. /AFP

Una imagen de abril de 1951 muestra al comandante de las fuerzas de Estados Unidos en Corea, el general Douglas MacArthur, inspeccionando sus tropas en la base aérea de Kimpo. /AFP

Explotando los prejuicios sobre la filosofía oriental y las sofisticadas y ancestrales torturas orientales, la CIA y la propaganda estadounidense explotaron el filón argumental de que los ciudadanos comunistas actuaban a resultas de un lavado de cerebro colosal.

La propaganda de unos y otros resultaba imprescindible para explicar otro de los episodios más singulares de la guerra de Corea, cuyo balance no es moco de pavo: entre dos y tres millones de civiles coreanos muertos, al igual que 36.574 soldados de EE.UU. y 208.000 “voluntarios” chinos, entre los que figuraba un hijo del propio Mao Tse Tung.

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Intercambio de prisioneros

Una vez firmado el armisticio en julio de 1953, que consagró el mantenimiento de la partición, los dos bandos se dispusieron a intercambiar los prisioneros de guerra. El asunto resultó un dilema mayúsculo para China, que acababa de hacer su debut en la esfera mundial como potencia a tener en cuenta (esa fue la gran victoria moral de Mao en Corea: resistir a EE.UU. y contrarrestar la superioridad paternalista de Stalin).

Entre 170.000 y 30.000 prisioneros chinos –en su mayoría de etnia coreana- se negaron a retornar a la República Popular China, creada apenas cuatro años antes. Incluso muchos de ellos pidieron quedarse en Corea del Sur. Las negociaciones previas recogen que Estados Unidos quiso en todo momento respetar esta voluntad que las convenciones internacionales otorgan como derecho a los prisioneros de guerra.

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La misma perplejidad, pero en números insignificantes, varias decenas, fue detectada entre soldados estadounidenses y británicos (Corea del Sur fue defendida por una coalición liderada por EE.UU. bajo el paraguas de la ONU) que se negaron a volver a casa. Para cada bando, acusar al rival de tretas inhumanas resultaba útil para su propaganda. Corea del Norte y China se escudaban en las crueldades bacteriológicas, que transmitían además algo parecido a poderes sobrenaturales. Esos mismos poderes que atribuía Washington a las tiranías comunistas, sobre todo a China en lo que a capacidad de lavar el cerebro de su población.

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Una valiosa reliquia cinematográfica de aquel clima de sospechas y conspiraciones es The Manchurian candidate, estrenada en 1962 con un reparto notable (Frank Sinatra y Laurence Harvey forma la pareja protagonista, con actrices como Janet Leigh y Angela Lansbury). La historia narra el singular retorno a casa de dos ex prisioneros estadounidenses tras su cautiverio en Corea.

Otro aspecto tangencial se refiere a España, que buscaba con anhelo el perdón de la administración Truman a principios de los años 50. En varias declaraciones del general Franco a una singular agencia de noticias estadounidense, España ofrecía enviar voluntarios a luchar en Corea contra el comunismo, a la manera de la División Azul. Cayeron en saco roto. Hasta la llegada de Dwight Eisenhower a la presidencia de EE.UU. en enero del 53 no se planteó el cambio de actitud hacia una dictadura percibida como aliada del nazismo.

Por Joaquín Luna

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  • Corea Del Norte

  • Estados Unidos

  • Corea Del Sur

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