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La nueva historia de Marcelo Birmajer: Gregorio Hamsa

17 julio, 2020
in Espectaculos
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Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Hamsa despertó convertido en un monstruoso cuarenteno. En un instante comprendió que no podría salir de su casa. No era una más de las

pesadillas que lo habían asediado en el dormir: la voz de su hija, practicando su rutina de canto gregoriano con malabares, llegaba del otro lado de la puerta. Si alcanzo la cocina, se dijo Gregorio, y consigo prepararme un mate, probablemente devenga en una nueva oportunidad. Esta ilusión lo sacó de la cama: pero sus patas filamentosas y su nueva constitución lo ralentizaron. En su cerebro blatodeo relampagueó la amenaza: si abría una hoja de la puerta, su hija, que tomaba la clase por zoom, le arrojaría una de sus manzanas orgánicas al lomo. Quizás le aplanara una de las antenas de su ínfima cabeza con el envase de agua mineral sin sodio (sin sodio, pero duro como el cáliz). La curva nunca se aplanaba, pero las distintas partes de su anatomía podían magullarse con una facilidad asombrosa. ¿Cómo escaparía de esa encerrona mortal? En silencio, por cierto. Las pocas veces que había intentado salir del cuarto, para realizar sus discretas actividades, sus dos hijas lo shusheaban: shhhh, sentenciaban, shhh. La más pequeña practicaba Ópera Estridente del Cachafo. Las antenas de Gregorio, y sus neuronas de insecto, fluctuaban sin hacer sinapsis ni proporcionarle respuestas. Al menos no hacía ruido. Pero entonces escuchó el alarido de su hija: “!No pienses tan alto, por favor!”.

Aprovechó una de las pocas ventajas de su metamorfosis: trepó por la pared y ganó el techo. Pero tenía sed. Si lograba pasar por la hendija de la puerta que limitaba con el balcón, de allí saltaría a la calle y, eludiendo al policía de la esquina, quizás Joaquín, el playero de la estación de servicio, le regalara un mate portátil, ya que las condiciones impedían compartir el tradicional. El mate portátil plástico era un gran invento: se utilizaba y se arrojaba a la basura.

Nunca le había gustado compartir el mate. Pero tampoco haberse convertido en un monstruoso cuarenteno. Todo en la vida tenía cosas malas, y peores. Un golpe brutal estremeció la puerta: una de las mancuernas de su hija había estallado contra la madera. Si uno de esos bolos caía sobre su actual anatomía, no contaría el cuento. Ni la nouvelle. Mejor no bajar del techo hasta cumplida la hora prudencial en que la profesora se despedía con una retahíla de adjetivos cariñosos desde la pantalla. Gregorio descendió hasta la puerta del balcón y pasó una de sus antenas. Luego, la parte superior de su caparazón. Se trabó. No podía avanzar ni retroceder. Estoy atrapado, descubrió. Pero eso no era todo: un gigantesco gato alzó una pata. En realidad, era el tamaño de cualquier gato normal, pero gigantesco para el actual Gregorio. ¿Por qué todo me tiene que pasar a mí?, se preguntó Gregorio. Convertirme en un cuarenteno, sospecho que no soy el primero. Que mis hijas me hayan recluido en este cuarto, no es lo peor que le puede pasar a un hombre. Pero quedarme atorado y que aparezca este gato, es una acumulación injusta de acontecimientos. No terminaba de concatenar estas tribulaciones, cuando el gato encerró entre sus dientes ambas antenas y tiró hacia el exterior. De un modo completamente milagroso, Gregorio se encontró libre en la calle. El gato sólo había jugueteado y lo había dejado. Pero el policía venía corriendo raudo. El último guardia registrado era uno sentado, con cierta molicie, a las puertas de la Ley; pero éste corría como un leopardo chita: si no frenaba a tiempo, lo pisaría.

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– ¿Dónde tienes tu barbijo? -preguntó el guardián.

– Lo olvidé en casa -confesó Gregorio-. Pero lo cierto es que ya no podría colocármelo: no tengo una boca acorde.

El guardián se rascó la barbilla sin convicción. Gregorio recordó la historia de su amigo Rolo: había salido a caminar y, por pura distracción, se alejó más de treinta cuadras de su casa. Cuando quiso acordarse, se estaba orinando encima. Pero en ningún bar lo dejaban pasar: podían venderle guiso take away, pero no permitirle utilizar los sanitarios. Rolo había muerto en la vereda. Coincidentemente, el guardián decidió: -Tendré que pisarlo. Es usted una amenaza para la seguridad social.

Mas Gregorio en ocasiones, para su propia sorpresa, reaccionaba como si le importara vivir. Eludió la suela del zapato del guardián, y huyó hacia la estación de servicio. El guardián, perplejo, lo observó marchar: estaba acostumbrado a que lo pasaran de largo los asesinos y los ladrones; nunca hubiera imaginado que un cuarenteno sería capaz de semejante osadía.

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El playero Joaquín terminaba de cargar nafta en un auto de lujo, conducido por un joven sin barbijo, acompañado de una mujer rubia; Gregorio, en su anterior existencia, la hubiera calificado como despampanante: -¿Por qué no usan barbijo, y sonríen con esa insolencia? -consultó Gregorio a Joaquín-. Ciertamente sus formas son humanas.

– ¡Goyo! -se extraño Joaquín-. ¿Qué te ocurrió?

– Ya te cuento, pero por favor primero responde mi pregunta.

– Casualmente son funcionarios gubernamentales que velan por nuestra seguridad -lo desasnó Joaquín-. Pero no te preocupes: no deben pagar por la nafta que consumen, y pueden conducir a velocidades por encima de lo permitido. Mientras no nos crucemos en su camino, estaremos a salvo. Ahora sí, no me mantengas en la intriga: ¿cómo viniste a dar en esto?.

– Supongo que te refieres a mi aspecto -caviló Goyo-. Simplemente amanecí así.

– A mí a veces también me pasa -reconoció Joaquín.

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– En rigor -reflexionó Gregorio-. Muchas veces al despertar por la mañana, me sentía incluso peor. Nadie es del todo humano cuando recién despierta. ¿Me podrías facilitar un mate listo?

– ¡Por supuesto! -se apiadó Joaquín.

Gregorio Hamsa llevaba el apellido de sus ancestros sefaradíes, traducible como un amuleto: una mano que representaba la buena suerte. Muñido de su mate plástico, enfiló para la confitería de delicias orientales de la avenida Córdoba. A lo lejos, la luz de un nuevo alba asomaba. El mundo duraría, o no, otras 24 horas. Nadie había firmado ese pagaré cuando Noé encalló en tierra.

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Nota: Este cuento está basado en La metamorfosis, de Franz Kafka. La frase inicial es una paráfrasis de la traducción al castellano de la original. También hay una referencia a una parábola del mismo autor: Ante la ley. Aprovecho para recomendar fervientemente la lectura de La metamorfosis, de Kafka, en la traducción de Jorge Luis Borges.

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WD

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