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La nueva historia de Marcelo Birmajer: El sable

14 agosto, 2020
in Espectaculos
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En agosto del ’77, en quinto grado, Gringo perdió su compás. En la siguiente hora, debían utilizarlo para completar unos ejercicios. El maestro Pogi, al frente del aula, les pegaba. Con

el paso de los años, ya adulto, Gringo no podía recordar si alguna vez le había pegado específicamente a él; pero sí evocaba perfectamente el terror, por el compás perdido y la posibilidad de no cumplir con el ejercicio cuando llegara el momento.

Su apellido -y simplemente se apellidaba Gringo, no era un apodo- le valía burlas por parte de algunos compañeros, pero nada que no pudiera sobrellevar. Mientras que la amenaza del maestro Pogi le infundía un pavor ilimitado. Cuando finalmente llegó la hora de aritmética, y el maestro Pogi ordenó comenzar los círculos, Latazián, el alumno que había repetido, levantó un compás del suelo y preguntó de quién era. Antes de que Gringo pudiera responder, el maestro Pogi se acercó a Latazián con la mano en ristre, listo para descargarle un sopapo, como hacía por lo menos una vez al día desde comenzado el año lectivo.

Latazián detuvo el manotazo de Pogi con su mano izquierda, como un karateca, y con la derecha le clavó hasta la madera el compás en la mano que Pogi había apoyado sobre el pupitre, para descargar con aún más fuerza su golpe. Hubo un instante de incredulidad en el rostro de Pogi, y en el resto del aula, y finalmente un alarido inaudito, del maestro golpeador, al descubrir que efectivamente le habían clavado la mano contra el pupitre con un compás.

La clase permaneció en un silencio sepulcral. Primero llegó una maestra, que se llevó una mano a la boca y pareció a punto de vomitar, pero salió corriendo. Y luego, el director.

Gringo a partir de allí recordaba que los habían hecho salir al patio, como cuando había muerto Perón, tres años atrás. El patio, en hora de clase, sin recreo: un sitio fantasmagórico. Finalmente pasó Pogi rumbo a la salida, con la mano vendada. Durante ese año, al menos, Pogi no regresó al colegio; y Gringo cambió de colegio al año siguiente. De Latazián, Gringo no supo hasta muchos años después: aunque Latazián era un muchacho de contactos patoteros por fuera del colegio, nunca había molestado a sus compañeros, ni hecho valer su edad ni su descontrol con alguien más débil. Nunca se había burlado del apellido de Gringo. De hecho, la única vez que Gringo lo vio ejercer la violencia fue contra el criminal Pogi, y recordaba aquel acto de autodefensa como un momento de justicia absoluta, sin teorías: el más débil impidiendo cometer una injusticia al más fuerte.

Latazián había muerto alrededor de los 18 años, en un confuso episodio de pelea callejera entre patotas. Pero en aquel invierno del año ’77, la semana previa al acto conmemorativo del general San Martín, reemplazó a Pogi la suplente. Era una muchacha fragante, con un rostro delicioso e inocente, de sonrisa franca. Gringo recordaba su perfume; al sentarse junto a él, en el pupitre vacío que había dejado Latazián. Ella le dijo que haría de San Martín y que ella misma le traería el sable corvo. Todo eso en un día de suplencia. Esas palabras, el rostro cerca del suyo, habían quedado impregnadas en su memoria con la fragancia de la mujer. Era una mujer.

Fue la primera vez que Gringo tuvo acceso real a esa palabra. Era un misterio que sólo el alma conocía, y no se lo revelaba ni siquiera a la propia imaginación. El sable corvo lo fabricaría ella en su casa, con papel metalizado, un mango de plástico dorado; de regreso pasaba por un cotillón, que se mantenía abierto cuando había terminado el turno escolar. El día del acto, la suplente no asistió. Había algo de trágicamente paradójico en la ausencia de una suplente: se suponía que las suplentes existían, precisamente, para reemplazar a los ausentes. La razón de ser de una suplente era no faltar. Pero faltó. No trajo el sable, ni el perfume. Tampoco Gringo fue San Martín.

La admiración de Gringo por San Martín creció con los años. El ideario sanmartiniano, el cruce de los Andes, las decisiones cruciales que había debido tomar a lo largo de su vida, le resultaban ejemplares; no exageradamente, los fundamentos de una nación. Cuando leyó en el diario la muerte de Latazián, no solo recordó aquel día de agosto, sino que se preguntó, una vez más, qué había sido de aquella maestra suplente. A partir de los 17 años, en las vísperas de la recuperación democrática, Gringo había comenzado a especular con que la suplente hubiera sido secuestrada y asesinada en aquel mismo año 1977. Pero nunca lo confirmó.

Gringo ya había pasado los 40 años cuando en un noticiero de la televisión, descubrió el nombre y el rostro, todavía atractivo, de su maestra suplente de sexto grado. La denominaban como “viuda negra”. Seducía hombres mayores, los dormía con un perfume, y les quitaba hasta el último centavo. Una de sus víctimas había muerto.

El transcurso del tiempo hacía cualquier cosa con el pasado: no había respuestas ni antídotos, como el propio misterio de la fragancia y las palabras. Por esos días, Gringo había comenzado un romance con una mujer de su edad, con un hijo en edad escolar, separada de un golpeador. El chico estaba en quinto grado y Gringo le prometió fabricarle el sable corvo de San Martín. Y fue a aquel cotillón, poco antes de que cerrara, un atardecer de agosto. Mientras caminaba hacia la casa de su novia, reflexionó acerca de que la mayoría de los hombres, alguna vez, deben cruzar los Andes, buscar la libertad, defender la justicia, discretamente, en su ínfimo solar, entre las fragancias inexplicables del pasado y el enigma sin nombre del futuro.

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