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Elecciones en EE.UU.: Joe Biden, razones y peligros de una victoria por puntos

6 noviembre, 2020
in Internacionales
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Final… por puntos.
La extraordinaria división en dos bloques de casi similar magnitud en la sociedad norteamericana, es el dato más trascendente que revela estas polémicas elecciones en Estados Unidos, aún por

encima de lo significativo del eventual resultado. El partido Demócrata, y su candidato Joe Biden, estarán obligados a celebrar su casi segura victoria con un entusiasmo recortado pese a la enorme importancia de la mudanza política que se abre en la mayor potencia mundial. Y es porque, del otro lado, los republicanos de Donald Trump han exhibido un poder electoral superior al que se tenía previsto con una capacidad de daño y de mutación única de las reglas de juego en el país.

Alrededor, y como producto de ese diseño de tensión, aparece otro dato de especial valor político. Alimentado en el personalismo inclemente del presidente saliente, las urnas pueden haber sido el parto de un fenómeno novedoso, un “trumpismo” con pretensiones de ideología ya no como línea interna del Partido Republicano sino de una identidad excluyente.

Las denuncias de fraude, de desconocimiento de los resultados y de victimización que ha multiplicado Trump, han tenido como propósito diluir la casi segura derrota e instalar la noción de la ilegitimidad de origen del próximo gobierno. En eso está exhibiendo éxito. Como lo señaló el Financial Times, “todo lo que se puede decir con certeza es que EE.UU. no ha terminado con Trump. Tal vez sea al revés. Una elección que parecía purgarlo de la vida pública como una aberración de un solo mandato le ha otorgado un papel central y duradero en ella…. De este modo se convertirá en la voz de la oposición republicana” a su imagen y semejanza.

Donald Trump. Gestos frente a los datos. Bloomberg

Donald Trump. Gestos frente a los datos. Bloomberg

Entre las elecciones y la entrega del poder el 20 de enero, Trump tendrá más de dos meses para ametrallar desde el poder con esa carga tóxica contra Biden que devendrá en un mantra para gran parte de su enorme masa de seguidores. Es el anticipo de otro capítulo sin precedentes: no habrá una transición pacífica, ni entrega saludable del mando, y probablemente el magnate no estará ahí en el momento del traspaso como ha sucedido en otros escenarios de grieta desmesurada, como en el recordado caso argentino en 2015.

Trump, con esa narrativa no hace más que ampliar el abismo de desprecio al adversario, devenido en enemigo, sobre el cual construyó este enorme respaldo electoral que ha absorbido incluso segmentos importantes entre minorías como los negros (12% más que en 2016) y los latinos (32 por ciento!!!) pese a que han sido los sectores que con mayor saña ha maltratado. Un efecto típico del caudillismo en las masas. Con ese saldo el magnate imagina un regreso heroico a la Casa Blanca, según reveló recientemente The New York Times que le confesó a sus asesores “con su propia cadena de televisión para competir con Fox News e influir en la agenda nacional”.

Aspira a presentarse en 2024 para un tercer mandato, cuando tendrá la misma edad que está por cumplir Biden, 78 años. O ser el dedo que designe al candidato. La campaña para ese intento es la que acaba de poner en marcha con sus discursos de denuncias de fraude sin presentar evidencias, detalle menor este, de la verdad de los hechos, para el tipo de liderazgo que practica el mandatario.

No ha habido, ciertamente, casos de corrupción o manipulación que hayan influido en el resultado de las elecciones. El giro que modificó los registros en algunos estados centrales fue debido al conteo de los votos adelantados o por correo, un récord de más de 100 millones de votantes en este comicio. El presidente demandó que esos sufragios sean desechados, desdeñando que esa enorme dimensión se motivó en la pandemia, la cual también ha ignorado en todo momento, pero que arrasa en Estados Unidos.

Esta estrategia, que más que ha insinuado Trump, anticipa un problema de enorme gravedad para un gobierno de Joe Biden y lo será en varios niveles. El futuro presidente va a necesitar puentes de acuerdo con su futura oposición, atento a cómo ha quedado el Congreso donde los demócratas crecieron solo una banca en el Senado pero redujeron sus escaños en Diputados, aunque mantengan el control de la Cámara. Un eje de la futura gestión es una corrección impositiva para las ganancias superiores al millón de dólares de 20% a 39,6% y de la renta empresaria de 21% al 28%.

El ex presidente Barack Obama, motor de la campaña de Joe Biden . AP

El ex presidente Barack Obama, motor de la campaña de Joe Biden . AP

No es posible ese objetivo, destinado a normalizar las cuentas del país y allegar recursos para aliviar las tensiones social internas debidas a la crisis, sin un acuerdo bi partidario. Pero el mensaje de Trump es un aviso a la interna republicana sobre quién es el auténtico dueño de esa enorme masa de votantes, la mitad del electorado nacional. Suficiente poder para anular cualquier intento de dar vuelta de página con la experiencia populista de Trump que han alentado sectores del hasta ahora oficialismo. Y especialmente, un ariete para intervenir en cualquier negociación.

Trump se adueña del partido con ese propósito y hasta se permitió definir de qué se trata la identidad de su fuerza y la de los adversarios. En su discurso del jueves, que fue en realidad la aceptación irritada de que la pelea estaba perdida, acomodó la narrativa a los nuevos tiempos describiendo a los demócratas como “el partido de los donantes (Wall Street y las corporaciones). El republicano, es el partido de los trabajadores”. Una retórica en la que se reencarnó como un Luis Bonaparte de esta época, el aristócrata populista quien llegó al poder de Francia prometiendo “no más impuestos, abajo los ricos” para declararse emperador en 1852. El bonapartismo, precisamente, es un signo de estos tiempos precarios, especialmente, aunque no solo ahí, en el gran páramo latinoamericano.

Hay antecedentes en Estados Unidos de esos comportamientos absolutistas. El presidente republicano Warren Hardin proclamaba ya en 1920 que Norteamérica “era el reino del americanismo, el reino de América”. Trump lo hace ahora a sabiendas de que las tensiones sociales se agudizarán, especialmente si el próximo gobierno nace débil, y será él quien canalice esas frustraciones. Es posible imaginar, si no se desarma este invento, a legiones de legisladores y dirigentes republicanos peregrinando desde Washington a Mar-a-Lago, la residencia de Trump en Florida, para definir las estrategias, como una distópica Puerta de Hierro o el Olimpo donde se decidirán las formas de bloquear la gestión de Biden.

Así como los republicanos debieron preguntarse qué sucedió para que un candidato como Trump copará el partido en 2016, ahora les toca a los demócratas indagar qué han hecho, o no han hecho, para no haber podido cerrar definitivamente este capítulo. Biden tuvo, es cierto, logros evidentes. Se convirtió en el candidato más votado de la historia de EE.UU. superando de lejos el récord de Barack Obama con casi cuatro millones de sufragios por encima del republicano en el conteo general. E impidió la reelección de un presidente, un hecho poco frecuente, solo George Bush padre y James Carter, en las épocas recientes, tuvieron un solo mandato. Trump quedó condenado a esa minoría.

Son números y activos importantes, pero insuficientes, como se ha notado en los estados definitorios peleados por diferencias mínimas, para exhibir una victoria que desactive a esta criatura que el intelectual neoconservador Robert Kagan, hace poco más de cuatro años, describió en tono de advertencia no escuchada, como “el Frankenstein republicano”.

Joe Biden y su compañera de fórmula, Kamala Harris, cuando estaban seguro que se imponían. AP

Joe Biden y su compañera de fórmula, Kamala Harris, cuando estaban seguro que se imponían. AP

La campaña demócrata no conectó claramente con las urgencias de un amplio sector de la población, que debido a la crisis, asumía que la economía era la prioridad aún por encima de los daños de la pandemia. La expectativa de un liderazgo fuerte, basado en un discurso sin argumentos claros pero que prometía volver a las épocas de auge antes de los daños de la enfermedad, explica en gran medida el giro notable hacia Trump de los latinos.

Ese bloque, la mayor minoría norteamericana, era fundamental para haber edificado una necesaria victoria contundente. Ciertas fragilidades del candidato y el prejuicio de la campaña opositora, para mantenerse en un centro político estático y no encarar de un modo más agresivo la necesidad de un cambio que resuelva empleo, salud, educación y proyección, denunciando claramente las responsabilidades de la gestión republicana por ese desastre de desigualdad, está en la base de esta victoria limitada y del huevo de la serpiente que ha engendrado.

Si los resultados se coronan como parece, el gran desafío del nuevo gobierno será ahora la lectura correcta de esa realidad. Tendrán los instrumentos para una construcción diferente. Es lo que pretenden quienes le dieron la espalda a Trump y lograron imponerse. El antecedente de la gestión de Obama puede ser clave en ese sentido. Aquel demócrata, que gobernó dos periodos desde 2008 con Biden como vicepresidente, heredó una crisis económica y financiera que arrebató el futuro a una gran masa de la población norteamericana.

Obama no resolvió esas necesidades, las desplazó en las prioridades para poner en orden la crisis en su vértice más alto, evitando el derrumbe de bancos y corporaciones. Por eso perdió las inmediatas elecciones legislativas. Las víctimas de ese tsunami, que se reprodujeron en todo el mundo, jamás se recuperaron y fueron la base del mesianismo antisistema que dio vida a Trump. Esas condiciones siguen vivas hoy y radica ahí la explicación de lo que ha sucedido en la crítica ambigüedad que revelan estas elecciones.
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