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La nueva historia de Marcelo Birmajer: El Matrero II

19 marzo, 2021
in Espectaculos
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(Luego de lanzarse al campo y perder el barbijo, un hombre recorre a rostro descubierto la llanura pampeana. Para más detalles, ver El Matrero: 

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La nueva historia de Marcelo Birmajer: El Matrero

Había galopado interminables kilómetros cuando, finalmente, se dijo que debía volver a la ciudad. Extrañaba a sus hijos. Logró descubrir un atajo por el cual arribar a su departamento sin barbijo. De todos modos se cruzó con un señor mayor: se hallaban a cinco metros de distancia, pero el hombre se le acercó presuroso y, escupiendo saliva, lo conminó a que se pusiera el barbijo. El matrero intentó explicarle que estando solos, a cinco metros de distancia, y usando el anciano barbijo, el único riesgo era que se le acercara y que, sacándose el barbijo como había hecho, le hablara y lo escupiera. Pero no había caso: la superstición había reemplazado a la precaución.

Ya en su departamento, se alegró de prepararse un mate. ¡Por fin la cocina, la pava! En el campo había debido recurrir a los fogoncitos de piedra y paja, al cacharro. No había estado mal la vida silvestre, pero prefería la hornalla.

Sobre el asomo de hervor del agua, escuchó la voz de Dios: esa noche irían a buscarlo y lo matarían. El mensaje era conciso e indiscutible: no vería ni un minuto del día siguiente.

Miró el reloj: las cinco de la tarde. Le quedaban siete horas de vida. Se lo tomó con una calma fatalista. Primero, cebarse un mate. Incluso para asimilar la noticia. Por una vez, el agua estaba bien. No recordaba otro momento de su existencia con el agua a la temperatura justa: invariablemente fría o hervida. Esperaba que esa no fuera su última voluntad: un condenado a muerte, si era inocente, como en su caso, merecía un premio más relevante. Pero esa había tocado: agua buena para el mate.

Clavó la bombilla en la yerba húmeda y sorbió: no llegó la infusión. Desenterró la bombilla, la sopló en el aire: era la que había comprado en Mar del Plata. Nunca había funcionado. ¿Por qué la había guardado? Ni siquiera era bonita, tenía un absurdo lobo de mar en el medio del sorbete.

Pero había ocurrido algo peor que haber conservado esa bombilla inútil: había perdido la nueva. Se la había dejado en el campo. Malaya fuera su suerte. Morir sin poder paladear un buen mate. No podía dejar de preguntarse para qué había guardado esa bombilla tapada. Una bombilla tapada no tenía arreglo ¡Pero en ese mismo instante tampoco se decidía a tirarla! Seguramente era por actitudes como aquella que Dios había decidido aniquilarlo. ¿Y si le pedía una bombilla prestada a su vecino Cuzco?

Pero había hablado por teléfono con Cuzco y éste le había reprochado andar por otro lado mientras la pandemia. Cuzco había contraído un coronavirus leve: dos días en cama y los síntomas de la gripe. Pero al levantarse, le contó por teléfono, lo aquejaban síntomas inesperados: depresión, caída del cabello y no se acordaba los nombre de los actores de las películas de acción. El matrero le respondió que su depresión databa de los 20 años, que se la caía el cabello desde los 30 y que se no se acordaba los nombres de los actores de sus películas favoritas. Esos inconvenientes no eran derivados del coronavirus, contrapuso el matrero, sino la mera condición humana después de los cincuenta años, incluso antes.

Otro conocido se quejaba de que, posterior al coronavirus, le dolía el cuerpo y los dientes. Al matrero le dolía todo desde los 12 años: había tenido su primera gran contractura a esa temprana edad. No recordaba una mañana en la que se hubiera despertado sin algún tipo de dolor o molestia. De pronto la raza humana había comenzado a reclamar, no se sabía a quién, un estado de salud perfecto, sin el menor contratiempo.

Probablemente le estuvieran reclamando a la Obra Social divina, la misma que lo había sentenciado a muerte para antes del fin de aquel giro de la Tierra. Había sabido de individuos vacunados, que sin embargo habían contraído la enfermedad, también con los síntomas de la gripe. Otros no habían tomado ninguna precaución, ni se habían vacunado, ni habían contraído la enfermedad.

A su alrededor, como siempre desde su nacimiento, y sin mayor alteración, algunas personas estaban relativamente sanas, otras relativamente enfermas, algunas más graves y otras se morían. Las personas, a partir de determinada edad, por las más diversas razones, se morían: eso era lo que había testimoniado desde que tenía uso de razón. Lo que siempre le había resultado insoportable era la muerte de los jóvenes o aún de menor edad: no podía siquiera pronunciar esa catástrofe. Pero afortunadamente eso no ocurría con el coronavirus. Al menos en eso se habían puesto de acuerdo los “especialistas”, aunque las comillas eran más definitorias que la palabra.

Contempló su mate impotente. Un hombre sin tiempo y un mate sin bombilla: el duelo de dos palurdos desarmados. Su vida había sido un largo desacierto: la paradoja era que aquellos días a traviesa y a caballo por el campo, huyendo de los pezonavanti, resultara una de las experiencias más oxigenantes de su vida. Eso era otra cosa que no podía entender: ¿cómo había podido ser que faltara oxígeno en Los Ángeles y no en otras ciudades del tercer mundo, de muchos menos recursos, más pobladas y en las que no se había tomado precaución alguna? ¿Cómo había faltado oxígeno, no uranio, en una de las ciudades más importantes de la mayor potencia del planeta?

Un día se reportaba casi el cese de la vida humana en tal ciudad, al otro día ya se no se mencionaba el tema y las gentes volvían a sus ocupaciones cotidianas como si nunca hubiera ocurrido.

Eran las once y media de la noche. Sintió un ruido. Desde la puerta de vidrio del living, lo vio asomarse: usaba barbijo y llevaba un arma de fuego en la mano. Nunca había sabido el matrero si se decía pistola o revolver, nunca había portado una. Pero era inconfundible: el intruso caminaba con la tranquilidad de quien conoce en detalle su misión y le han garantizado zona liberada. En cuanto escuchó el chirrido de la puerta de vidrio, el matrero clavó la punta de la bombilla en el cuello del hombre armado: para su gran sorpresa, la bombilla se hundió. Un chorro de sangre fresca emanó de la piel abierta: le manchó la pechera de la camisa. El ladrón comenzó a borbotear con la boca abierta y cayó. La pistola se le deslizó de la mano floja al suelo.

Evidentemente, el incursor había creído que la casa estaba aún desocupada, después de todos aquellos meses de ausencia. No se animaba a bajarle el barbijo. ¿Había que llamar a la policía, o marcharse por las buenas? Eran las 12 y cuarto, los primeros quince minutos de una nueva jornada. Había sobrevivido. Quizás no había sido la voz de Dios.

WD

TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA

  • Marcelo Birmajer
  • Literatura
  • Literatura Argentina

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