Punta del Indio: aún lejos pero todavía a tiempo

En «Allá lejos y hace tiempo», Guillermo Enrique Hudson evocaba con nostalgia los paisajes nativos de la provincia de Buenos Aires, anteriores al alambrado masivo y a las grandes transformaciones agropecuarias de fines del siglo XIX. Cuando publicó su libro, a comienzos del siglo XX, buena parte de esos ambientes ya había desaparecido. Y lo que sobrevivió continuó retrocediendo durante las décadas siguientes, con especial intensidad a partir del surgimiento de la agricultura industrial y el avance de las fronteras urbanas impulsado por emprendimientos inmobiliarios que establecieron barrios cerrados en espacios antes agrestes.

Pero en algunos pocos lugares ese “desarrollo” pasó de largo. Por una razón u otra, quedaron al margen de esas tranformaciones, lo que favoreció la conservación de sus ambientes, no como resultado de una decisión consciente de protegerlos sino, más bien, como consecuencia del olvido en el que cayeron. Entre ellos se encuentra Punta del Indio, un pueblo que se destaca por su combinación única de humedales, pastizales y montes nativos, donde convive una diversidad de flora y fauna muy difícil de encontrar en otros lugares de la provincia.

Orugas de mariposa Bandera amenazadas por las podas de coronillo.
Foto: Julio Milat

Punta del Indio integra el Parque Costero del Sur, declarado Reserva de Biósfera en 1985. Esa figura fue concebida por la UNESCO para designar territorios aptos para investigar y ensayar formas de compatibilizar la protección ambiental con la mejora de la calidad de vida de sus habitantes. Resulta difícil encontrar un lugar donde ese desafío sea tan pertinente y prometedor. Y, sin embargo, más de cuatro décadas después, gran parte de ese potencial se está perdiendo. Mientras persisten carencias significativas que afectan la vida cotidiana de los habitantes, también se deterioran los ambientes naturales que justificaron la creación de la reserva.

Esta situación puede resultar difícil de creer para quien conoce Punta del Indio únicamente a través de los medios. Allí, el pueblo suele presentarse como un destino donde la conservación ocupa un lugar central, una imagen reforzada por la publicidad oficial basada en el slogan «Punta Indio de la Naturaleza». Sin embargo, existe una marcada distancia entre esa imagen y lo que ocurre en el territorio. Con frecuencia, quienes deberían proteger estos ambientes no solo no lo hacen, sino que además son responsables directos de su deterioro. Así, un día destruyen árboles nativos del monte ribereño y, poco después, celebran el Día del Árbol con la plantación de ejemplares nativos en una plaza de Verónica. Organizan todos los veranos la Fiesta de la Mariposa Bandera Argentina, pero realizan o permiten podas de coronillos durante el invierno, cuando las orugas de esta especie, difíciles de detectar, permanecen sobre sus ramas y mueren junto con ellas.

Las contradicciones no se limitan al manejo de la vegetación. Cuando en 2024 se instaló un puerto pesquero a pocos metros de la  playa más concurrida, el municipio promovió una acción judicial en su contra. Argumentó que alteraba humedales y vegetación costera protegida, agravaba la erosión de la costa y generaba contaminación, ruidos y tránsito pesado en una zona turística. Increíblemente, o no, pocos días después impulsó una ordenanza hecha “a medida” para habilitar puertos en el pueblo.

Frente a estos hechos, que por sí solos revelan la importancia que nuestras autoridades le otorgan a la reserva de biósfera, se creó la Asamblea Socio Ambiental de Punta del Indio (ASAPI). Además, se obtuvo una medida cautelar de la justicia federal, aún vigente, que prohíbe talas, desmontes, movimientos de suelo y la construcción de muelles y amarraderos. No obstante, estas actividades continúan desarrollándose sin que las autoridades municipales o provinciales hagan cumplir la resolución judicial.

La ordenanza de los puertos fue justificada con la promesa de que los ingresos generados por esta actividad beneficiarían a la comunidad. Sin embargo, tras dos temporadas de funcionamiento, no se conoce ninguna mejora concreta para los vecinos que pueda atribuirse a esos recursos. Por el contrario, persisten reclamos básicos: transporte público digno, gestión de residuos acorde a un destino ecoturístico, mantenimiento de las calles, disponibilidad de suero antiofídico en la sala de primeros auxilios y creación de un cuartel de bomberos, entre otros.

ASAPI se organiza de manera democrática, colectiva e independiente. La moviliza el desafío de construir una comunidad que no se resigna a elegir entre ambiente y desarrollo, sino que procura compatibilizarlos. Se propone preservar lo que aún resiste y restaurar lo dañado, memoria viva de los paisajes nativos de la provincia, porque allí residen la identidad y las oportunidades de mejora de la comunidad. Los objetivos están lejos pero todavía estamos a tiempo. Solo hace falta menos maquillaje verde y más coherencia entre lo que se publicita y lo que se hace.

Fuente Tiempo Argentino

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