De Puerta de Hierro a San José 1111: el peronismo confinado

Sepan disculpar, pero esta crónica necesita de la prerrogativa de la imaginación en dosis mínimas y fáciles de descubrir por el lector. Después de todo, qué es el peronismo sino la máxima expresión política de la fe poética.

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El peronismo siempre tuvo una geografía afectiva que fue mutando de dirección según las urgencias. Supo tener su epicentro en la Quinta 17 de Octubre, en Madrid, donde un General exiliado movía los hilos del movimiento con la astucia de un zorro y la sonrisa del almacenero de la esquina. Luego de varias décadas y muchísimas heridas, hoy el GPS recaló en un balcón de Constitución: San José 1111. Sesenta y cinco años después, pasamos de las exclusivas veredas arboladas de Puerta de Hierro, al asfalto porteño, con el aroma inconfundible del chorizo a la plancha disputándole el territorio al humo negro que largan los caños de escape de los colectivos.

Aquellos días de Perón en España combinaban el boato de la alta diplomacia de entrecasa con la criolla picardía del desterrado. Entre caniches, rosas cuidadas al detalle y cintas magnetofónicas que salían clandestinas hacia Buenos Aires, el General atendía en saquito de punto a sindicalistas adustos, intelectuales románticos y jóvenes efervescentes que le juraban lealtad eterna mientras planificaban la revolución. El Viejo los escuchaba y les daba la razón, al tiempo que saboreaba un té con leche fría servido por Isabel. Puerta de Hierro era el oráculo de un exilio dorado donde el mito se alimentaba del silencio y de la distancia.

San José 1111 es una versión con menos metros cuadrados y bastante más heterogénea. Imaginemos la rutina en ese segundo piso: un desfile extraño de dirigentes que se acercan en la mala en busca de una diputación futura, intendentes e intendentas que traen chismes sobre el gobernador, cuarentones que se creen pibes de la militancia que suben en un ascensor antiguo esperando recibir la bendición, el reto, la foto para Instagram o la última estrategia.

La ironía del destino es maravillosa: si Perón lideraba el movimiento desde la paz bucólica del exilio madrileño, Cristina pretende hacerlo desde el ritmo frenético de un barrio donde las gentes pasan apuradas para no perder el tren.

Con todo eso sobre el lomo, de Puerta de Hierro a San José 1111, la historia del peronismo gira que te gira, pero el sentimiento insiste. Hay una inercia invisible que une aquel silencio del exilio en blanco y negro, con este presidio en colores donde veinte jovencitos hacen el pogo de Jijiji en la vereda, mientras la vecina del primero se queja por el ruido.

Tan cerca, tan lejos

Se cuenta que Perón pasaba sus días combinando una estricta rutina militar de perfil bajo con una actividad febril como centro neurálgico y operativo de la política argentina proscripta. Quizás costumbre de cuartel, la actividad en la Quinta 17 de Octubre empezaba muy temprano: el Viejo se despertaba invariablemente a las 6 de la mañana. Se afeitaba con navaja mientras escuchaba los primeros informativos de la radio española. Él mismo preparaba el desayuno que la mayoría de los días compartía con Isabel y su perrito Puchi. Recién después, dedicaba horas a leer ensayos históricos y a responder de puño y letra la correspondencia que le llegaba desde distintos lugres del mundo. Cada tanto, grababa mensajes en casetes que luego se enviaban de contrabando a la Argentina para que la militancia escuchara su voz en las unidades básicas. Custodiado de forma discreta por el régimen de Franco, al menos una vez a la semana salía a caminar por la calle Navalmanzano y hacía los mandados en un supermercado cercano. Se volvieron históricas las fotos de archivo donde se lo ve al General de saco y corbata empujando el changuito.

Perón, en su oficina de la Quinta 17 de Octubre, en Puerta de Hierro.

De Cristina se sabe menos. El silencio de la madrugada en Constitución se interrumpe a las 5:30 con los primeros bocinazos. Los hábitos de la Jefa están intactos, grabados a fuego tras décadas de ejercicio del poder: se toma su tiempo para vestirse, aunque más no sea con ropa de entrecasa. Poco después de las 7, la mesa principal de San José 1111 ya está tapizada de papeles. Antes de encender cualquier pantalla, repasa con minuciosidad los informes económicos que encarga periódicamente y las carpetas con las novedades del frente judicial. La actividad física se reduce a un perímetro estricto. Cristina camina por el largo pasillo del departamento, entre la biblioteca y el ventanal. Son movimientos medidos, casi gimnásticos, para combatir el sedentarismo del enclaustramiento. A media mañana, la cocina vuelve a oler a café. Es el momento que tiene reservado a sus afectos. En las charlas con su hija Florencia o las videollamadas con sus nietos, la armadura política cede paso a la madre y a la abuela. Dicen que dicen que está escribiendo su segundo libro y eso sucede por la tarde, en una habitación pequeña donde no cabe mucho más que un escritorio. Es conocida su fascinación por las series de intrigas palaciegas y traiciones medievales -con sus guiños hacia líderes carismáticos e implacables-, una metáfora perfecta que mira recostada en su sillón, mientras la noche en San José 1111 se apaga en el reflejo de la luz de mercurio que traspasa la cortina de la ventana del balcón.

Cristina, desde el ya icónico balcón de San José 1111

Decisiones y arrepentimientos

Perón en Puerta de Hierro y Cristina en San José 1111, seguramente dedicaron muchas horas a estar solos. El confinamiento lleva a tener que pasar demasiado tiempo con uno mismo. En esa inmovilidad, pensar no suele conducir a la iluminación sino a un desmantelamiento del ego: la razón se vuelve hacia el pasado para reescribirse. Y es allí donde quizá se hayan topado con el arrepentimiento, no como un simple lamento moral, sino como la dolorosa constatación de que toda decisión -incluso la más calculada- arrastra el fantasma de lo que pudo haber sido y no fue.

En 1968, trece años después de los bombardeos asesinos que lo derrocaron, Perón accedió a grabar su testimonio para el documental La Hora de los Hornos, dirigido por Pino Solanas y Octavio Getino, dos jóvenes que integraban el Grupo de Cine Liberación. Allí, en Puerta de Hierro, el General reconoció de manera desgarradora su error histórico de no responder a la violencia con más violencia. Dice Perón textualmente: “Sobre mis espaldas pesaba una gran responsabilidad. Es así que resolví no hacer nada. Yo no quería llevar a la república a una guerra civil. (…) El tiempo me ha hecho cambiar de opinión. Cometí un gran error. Yo debía haber decretado la movilización, comenzar por fusilar a todos los generales rebeldes y a todos los jefes y oficiales que estaban en la traición, y dominar esa revolución violentamente como violentamente nos querían arrojar del poder. Si en este momento tuviera que hacerlo, lo haría, porque ahora sé lo que entonces no sabía. (…) Por eso hoy me afirmo en la necesidad de haber exterminado al enemigo, porque no era el enemigo nuestro, era también el enemigo de la República”

Nadie sabe si a Cristina por estos días le sucede lo mismo, aunque vamos a inferir que sí. Vaya si tendrá de qué arrepentirse después de haber hecho tanto. Se recuerda uno de sus famosos discursos siendo senadora, durante la presidencia de Mauricio Macri, cuando desde su bancada defendió sus convicciones con un coraje que no suele distinguirse en el Congreso. “Creo en lo que hice. Creo en la redistribución del ingreso, creo en el empoderamiento de los derechos, creo en las universidades públicas, creo en la ciencia y en la tecnología, creo en el desendeudamiento como un instrumento de autonomía en las tomas de decisiones de un país. (…) No me van a hacer arrepentir de nada de lo que hice. En todo caso, me arrepiento de no haber sido lo suficientemente inteligente o amplia, para convencer y persuadir de que lo que estábamos haciendo, con errores y con aciertos, porque había mejorado la vida de millones de argentinos”

Conversación final

-Mire, m’hijita, la proscripción es el mecanismo de los cobardes que no pueden ganar en las urnas. A mí me borraron el nombre y acá me ve, soñando con el regreso desde el exilio. La burguesía cree que el poder se ejerce desde un sillón, pero el pueblo recogerá mi nombre y lo llevará como bandera a la victoria. Por eso yo ya tengo las valijas listas. Recuerde que la organización vence al tiempo…

-Claro, General, el problema es que ahora los «mismos de siempre» volvieron con el manual del ajuste y el endeudamiento serial. Por eso la militancia me pide que vuelva a ser candidata. Yo les digo que no se hagan los rulos, pero la realidad es que si la patria está en peligro, una no puede mirar para otro lado. Hay que volver a poner el cuerpo.

-Cuando las papas queman, la doctrina es una sola. Yo vuelvo a la Argentina no para ser el jefe de una facción, sino para conducir a un pueblo. El retorno es un hecho irreversible porque la realidad es la única verdad.

-Sepa General que hoy el enemigo no viene con botas militares, viene con corporaciones mediáticas y algoritmos financieros. Es un capitalismo de plataformas que formatea cabezas. Yo ya fui dos veces presidenta, ya le di todo a este país. Pero al final del día, la patria es el otro…

-Tranquila, Cristina, podrán cambiar los nombres, las caras y las sedes, podremos meter la pata diez mil veces y tropezar con la misma piedra de siempre, pero la esperanza y la dignidad tratamos de no perderla. Sigamos siendo los eternos dogmáticos de la justicia social.

-Tiene razón, aun con nuestras miserias a la vista de todos, hay una fibra sensible que resiste a cualquier sarcasmo: la certidumbre de que donde hay una necesidad, sigue habiendo un derecho. Incomprendidos por los de afuera, desorganizados entre los de adentro, pero siempre listos para meterle palo al bombo cuando la patria nos lo demande”.

-Me gusta su templanza, m’hijita. Los conductores no se eligen en los laboratorios; los unge el sufrimiento del pueblo. Prepare sus fuerzas. Yo voy a subirme a ese avión muy pronto y voy a pisar Ezeiza, cueste lo que cueste. Suerte en su pelea. Y recuerde: llevamos en nuestros oídos la más maravillosa música…

-General. salude a los muchachos y muchachas que andan por allá. Acá nos quedamos resistiendo. Porque podrán encarcelarnos, pero a este pueblo no lo van a convencer de que no se puede vivir mejor. Nos vemos en las urnas.

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Regresar desde el exilio. Vencer la proscripción. Resistir la persecución. Saber distinguir a los leales y gambetear a los traidores. Soñar. Sobre todo, soñar. Porque después de todo, en Puerta de Hierro y en San José 1111 también, siempre hubo un enemigo a quien derrotar para volver en busca de los días más felices.

Fuente Tiempo Argentino

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