El modelo recesivo de La Libertad Avanza suma una nueva víctima en el entramado cultural y gastronómico de la Ciudad de Buenos Aires. El restaurante Santa Evita, el emblemático local de Palermo ubicado en Julián Álvarez 1479 que logró fusionar la cocina tradicional argentina con la memoria política y la figura de Eva Perón, anunció el cierre definitivo de sus puertas a partir del próximo 30 de septiembre. A través de un comunicado difundido en sus redes sociales, sus responsables responsabilizaron directamente a la crisis económica desatada por las medidas del gobierno de Javier Milei.
La despedida del establecimiento marca un trágico hito en un sector que funciona como termómetro directo del bolsillo popular. El desplome generalizado de los ingresos, el aumento desmedido en las facturas de servicios públicos y la imposibilidad de afrontar alquileres comerciales en alza crearon un combo letal para los comercios de cercanía. El caso de Santa Evita se inscribe en una ola incesante de persianas que se bajan en la geografía porteña, donde comer fuera de casa pasó de ser un espacio de encuentro a un consumo de lujo postergado frente al aumento de alimentos, alquileres y transporte.
Durante años, el espacio se diferenció de la oferta habitual de Palermo al construir una identidad arraigada en la cultura popular. Con una carta centrada en locro, pastel de papa, polenta, mondongo, carbonada y guisos de olla, el restaurante buscó revalorizar las recetas de los hogares trabajadores. Sin embargo, sus creadores explicaron las contradicciones de producir cocina tradicional en el contexto actual: «La cocina del pueblo es la más cara de producir», había advertido meses atrás el chef Gonzalo Alderete Pagés, al detallar el impacto que los insumos básicos, la electricidad, el gas y los salarios ejercen sobre la estructura de costos.
Más allá de su propuesta culinaria, el lugar funcionó como un polo de resistencia y trinchera cultural. Sus salones decorados con estética peronista albergaron espectáculos de artistas independientes, debates políticos, presentaciones de libros y encuentros de militantes que encontraron allí un refugio identitario. Su desaparición priva a la noche porteña de un punto de reunión singular donde la gastronomía dialogaba abiertamente con la historia y los derechos sociales.
El cierre de Santa Evita expone cómo el programa económico oficial borra del mapa no solo el poder de compra de las familias, sino también las experiencias autogestivas y las identidades gastronómicas que se alejan de la lógica de mercado puro. Mientras las persianas se aprontan a caer a fin de mes, el mapa comercial de la Capital Federal sigue perdiendo lugares históricos y puestos de trabajo bajo el peso del ajuste sin freno impuesto desde la Casa Rosada.
Fuente Tiempo Argentino
