¿Cómo hacemos para recuperar la pasión que algún día tuvimos por la escuela primaria? Isauro Arancibia, el primer maestro asesinado durante la dictadura por más de 150 balazos en la puerta del sindicato ATEP había dicho incansablemente que en nuestro país, la educación tanto como el futbol es una pasión nacional y popular. Los maestros seguimos sosteniendo su legado, pero las condiciones actuales de la educación requieren un esfuerzo inmenso tanto así que debemos colgar el trapo de la escuela primaria en todos lados, como hicimos con la bandera de Malvinas en la final del mundo.
El punto de partida es la soberanía nacional porque necesitamos un país que pueda a partir de su desarrollo económico y su soberanía política, es decir, la capacidad de tomar las mejores decisiones para no generar una dependencia brutal hacia las potencias extranjeras y gobernar con dignidad para el pueblo más postergado en sus derechos básicos. A partir de este marco podemos pensar en algo tan esencial como abandonado para nuestra nación: la escuela primaria.
Cuando los proyectos políticos y decisiones económicas importantes la relegan a un papel secundario, se compromete el crecimiento de todo el cuerpo social. No es un problema específico de la política educativa, es del conjunto del pueblo argentino, pero es necesario reconocer que hace muchos años la política dejo de lado la prioridad que debería significar la escolarización y los aprendizajes básicos de nuestras infancias y adolescencias.
La educación es un derecho sagrado, como aquellos que enunció el Papa Francisco de cara a los movimientos populares y debemos dejar de hacer diagnósticos sistemáticamente para formular un paso a paso firme y volver a planificar la escuela que está alojando a maestros y alumnos para que vuelvan a asumir sus roles más preponderantes de cara a el ejercicio de la justicia social: enseñar y aprender. Es simple. El ex ministro de educación Alberto Sileoni, viene recorriendo el país con un discurso que detenta ser transformativo sin embargo no hace más que reivindicar el trabajo de contención que sale del foco de ejercer nuestro verdadero rol: enseñar para conquistar la dignidad y la justicia social. No necesitamos un tributo social por ser los únicos que supuestamente preguntamos a nuestros estudiantes como están y si les pasó algo. Queremos poder ejercer nuestro trabajo de enseñanza para restituir la dignidad a nuestras infancias y adolescencias para que puedan lograr leer, escribir, comprender textos y contextos. Esto no implica negar los saberes previos y la importancia del contexto, implica potenciarlos y expresarlos con el valor verdadero que porta la transmisión en la educación y la cultura.
Articulación de datos
La información para pensar la educación aparece como un elemento descarnado en la batalla por ejercitar un mejor diagnóstico. Existen numerosas dificultades para tener datos claros y sistematizados que respondan a una política centralizada por parte del Estado Nacional que se encuentre enmarcada en la prioridad total y absoluta de recuperar niveles de alfabetización que restituyan la dignidad humana. La política de datos e información que necesitamos toca el fondo de la educación para salir de las trampas ideológicas desde distintos lugares particulares, por eso debemos responder al siguiente interrogante ¿contribuye la orientación de la política educativa que tenemos hace años, con sus vaivenes, a hacer crecer a los pueblos y a las personas en humanidad en respeto a la casa común y las generaciones futuras? Esta pregunta debe ser nuestra guía respecto al bien común según Leon XIII y si respondemos con vehemencia en la actualidad podríamos decir que no. Este es un punto de partida para mirar con convicción y seriedad los desafíos políticos del campo nacional y popular en la educación como eje central del sostenimiento del valor de lo público. La escuela primaria debe volver a ser el corazón de la patria porque allí se desenvuelve lo más sagrado que puede existir en nuestra nación: nuestros niños, niñas y adolescentes y no podemos seguir admitiendo que su permanencia en la escuela se reduzca a la contención, sino al derecho a una alfabetización básica y adecuada que permita profundizar el conocimiento en los siguientes años. En este sentido la meta no puede seguir siendo “formar ciudadanos críticos” como rezan muchos programas educativos sino formar ciudadanos que tengan un desarrollo de la conciencia sobre los pilares del desarrollo nacional, el amor a la patria y la soberanía cognitiva.
Discusiones cruzadas y desafíos ineludibles
La fragmentación y la destrucción sistemática que se viene desarrollando sobre la escuela pública a lo largo de nuestro país tuvo dos hitos centrales en la historia contemporánea: la dictadura genocida de 1976 que con el objetivo de “racionalizar” la educación desarticuló los dispositivos homogeneizadores que eran las escuelas primarias para transferirlos a las provincias y este proceso se terminó de consumar letalmente en los 90 con el neoliberalismo educativo que terminó de balcanizar la educación transfiriendo casi la totalidad de la responsabilidad a las provincias. El desguace del corazón nacional implico llamativamente un paralelismo: se desarrolla un Operativo Nacional de Evaluación de las escuelas y la calidad de la educación se comienza a medir al mismo tiempo que se producía la desarticulación del sistema educativo. Las escuelas ya no resultarían ser un sistema a lo largo y ancho del país, sino una institución que debía sobrevivir ante el abandono de la política nacional.

Las evaluaciones estandarizadas se retomaron con fuerza durante el gobierno de Mauricio Macri a partir del 2015 con la producción de datos con organismos internacionales como la OCDE desarrollando las pruebas PISA para determinar un ranking educativo de los países “mejores posicionados a nivel mundial”. Estamos en un dilema enorme que se refleja en las discusiones que viene teniendo hace años la CTERA con fundaciones financiadas por empresas privadas y el Estado Nacional como Argentinos por la Educación. Estas fundaciones sostienen que es necesario tener una política de datos para transformar los problemas estructurales del sistema educativo y la CTERA responde a las falencias metodológicas que estos datos tienen y exigen tener en cuenta el contexto social en donde se producen los aprendizajes. Es un deber de nuestro tiempo salir de las discusiones que hacen énfasis en los datos en un sentido abstracto, tanto como de las discusiones estrictamente contextualistas que no asumen la necesidad de abordar los problemas de fondo del sistema educativo.
El último informe de pruebas PISA publicado en 2026 nos conduce a dejar de lado las mezquindades ideológicas para asumir con seriedad que la escuela debe poder cumplir su rol de alfabetización y dejar de reivindicar la contención como un elemento central. Tenemos que producir una política de datos centralizada que nos arroje resultados que sean legibles para nuestro pueblo: la educación es un asunto del pueblo. Esta política de datos debe estar en manos de las Universidades Nacionales y de las Escuelas Públicas, dado que son centros en donde se produce conocimiento científico y experiencial sobre lo que sucede día a día en el aula. La articulación que tienda a una integración socioeducativa y una política centralizada de datos para ir al hueso del problema tiene que ser una prioridad. Es bochornoso que la política no se siga haciendo cargo de que es necesaria una planificación: por un lado, el gobierno de Milei sostiene en el informe “aprender” desarrollado por el director de educación Carlos Torrendell que han mejorado en su generalidad los resultados del aprendizaje y días atrás el vocero presidencial mencionó con total impunidad que la educación no va a ser una prioridad. Entre líneas podemos leer que la prioridad está en la expoliación de los recursos del Estado para el enriquecimiento de unos pocos, abandonando las escuelas y profundiazando su deterioro.
Tenemos que dejar de lado la política que se apresura a mostrar resultados de una gestión de manera inmediata e ir al hueso de la problemática: una política de datos nacional y soberana que sea accesible a las familias para comprender la gravedad del problema de la alfabetización en argentina y una articulación entre universidad y escuela pública para llevar adelante su producción y finalmente la implementación de una política concreta que transforme paso a paso, con conciencia nacional y soberanía cognitiva, generando un impuesto a los que más tienen para volver a priorizar la educación pública y primaria como el corazón de la patria.
* Licenciada en filosofía, profesora en ciencias políticas y docente de secundaria en escuelas públicas de Lomas de Zamora.
Fuente Tiempo Argentino






