La sociedad que no cuida a su población se condena a sí misma

Hay una frase que resume nuestro tiempo mejor que cualquier tratado de sociología: «Usted no es nada para mí; es útil mientras me sirve, y luego solo un desecho.” Es la lógica que organiza de forma silenciosa nuestras relaciones, nuestras instituciones y nuestras economías. Una sociedad que adopta esa lógica como norma se condena a sí misma, porque termina desmantelando aquello que la hacía posible: el tejido de cuidados que sostiene toda vida humana.

Conviene detenerse en esa frase. No describe un acto de crueldad explícita, sino algo más inquietante: una forma de relación. En esta lógica el otro no es un semejante con quien compartimos un destino, sino un recurso con fecha de vencimiento. Mientras produce, sirve; cuando deja de producir, se descarta. Esa es, llevada al extremo, la gramática del sistema que habitamos. Y no hace falta ser un teórico para reconocerla: aparece en el trabajador quemado que es reemplazado sin ceremonia, en el enfermo crónico que se vuelve una carga administrativa, en el migrante que solo existe mientras trabaja, en el anciano que espera en un pasillo.

El mapa del abandono

Los números no son fríos cuando se los mira de cerca. Oxfam acaba de informar que el 1% más rico del planeta concentra el 45% de la riqueza mundial. En 2024, los multimillonarios sumaron dos billones de dólares a su fortuna -el triple que el año anterior-, mientras 44% de la humanidad sobrevive con menos de 6,85 dólares al día. El Banco Mundial calcula que unos 700 millones de personas viven con menos de 2,15 dólares diarios, y más de la mitad de ellas son niños. En América Latina, la región más desigual del mundo, el 10% más rico se queda con el 34,2% de los ingresos y el 10% más pobre apenas con el 1,7%. La pobreza ha bajado al 25,5% según la CEPAL, pero la pobreza extrema sigue por encima de los niveles de 2014. Es un sistema que decide, cada día, quién merece cuidado y quién merece ser descartado.

La Organización Mundial de la Salud estima que la mitad de la humanidad carece de acceso a servicios esenciales de salud. En Estados Unidos, 27 millones de personas no tienen seguro médico y unas 500.000 familias se declaran en bancarrota cada año por deudas sanitarias. La UNESCO advierte que 250 millones de niños y jóvenes están fuera de la escuela, y los datos de PISA 2022 muestran que la brecha educativa entre ricos y pobres equivale a hasta tres años de escolaridad. La crisis climática agrava el cuadro: el 90% de las muertes por desastres ocurre en países en desarrollo, y más de mil millones de personas viven en asentamientos informales sin servicios básicos. ACNUR contabiliza más de 100 millones de desplazados forzosos. Amnistía Internacional documentó tortura o malos tratos en 112 países el año pasado. La lista podría continuar, pero el patrón es siempre el mismo: la vida se vuelve prescindible cuando deja de ser útil.

Homo homini lupus

Pero si todo esto se atribuyera únicamente a las políticas neoliberales o al legado colonial, quedaría sin tocar la raíz del problema. Sigmund Freud, en «El malestar en la cultura» (1930), escribió una página incómoda. Rechazó la idea de que el ser humano sea «una criatura tierna y necesitada de amor, que solo osa defenderse si la atacan». Sostuvo lo contrario: que el hombre posee una poderosa cuota de agresividad. Por eso, para él, «el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo».

Freud no retrocede ante esa conclusión. Se pregunta quién, después de todas las experiencias de la vida, tendría valor para discutirla, y responde con la vieja sentencia latina: «Homo homini lupus»-el hombre es un lobo para el hombre.

Lo perturbador de esa frase no es que describa la violencia extrema, sino que describe una posibilidad cotidiana. Freud no dice que el hombre sea siempre un lobo: dice que en el otro ve, además de un colaborador, una ocasión para la agresión. Y ahí está, precisamente, la gramática profunda de nuestro axioma. «Útil mientras me sirve, y luego solo un desecho» no es una metáfora económica: es la forma que adopta, en el lenguaje del mercado, esa disposición humana que Freud describió sin adornos. Las instituciones, las fronteras, las jerarquías raciales y las leyes de extranjería no inventan esa agresión: le ofrecen canales legales para ejercerse sin culpa.

La psiquis del descarte

Hay un capítulo de esta historia que suele quedar fuera de los titulares: el daño psíquico. La OMS registra 970 millones de personas con trastornos mentales, y la depresión es ya la principal. En el Reino Unido, uno de cada cuatro adultos se siente solo con frecuencia, y desde 2018 existe un “ministro de la Soledad”. El abandono no produce un único síntoma: produce un reparto del dolor. Al endeudado le toca la ansiedad, porque detenerse equivale a confirmar que no vale. Al que fracasa, la vergüenza, porque la meritocracia le dice que podría haberlo logrado y los datos dicen que no. Al migrante, el silencio: no denuncia, no habla, no existe. Al pueblo originario, la certeza de que su dolor nunca será escuchado en su propio idioma. La sociedad que no cuida genera un sistema de distribución del sufrimiento, y lo administra con la misma eficacia con que administra la riqueza.

El arte lo vio antes

Goya pintó «Los desastres de la guerra» cuando todavía no existían los informes de derechos humanos. Käthe Kollwitz dibujó a las madres que perdían hijos en la miseria antes de que hubiera índices de mortalidad infantil. Steinbeck escribió «Las uvas de la ira» antes de que se inventaran los estudios sobre pobreza. Kafka mostró en «El proceso» a un hombre aplastado por una maquinaria que no entiende y que no lo reconoce. Primo Levi narró la deshumanización extrema en «Sí esto es un hombre». Saramago imaginó en «Ensayo sobre la ceguera» una sociedad que prefiere no ver. Ken Loach filmó «Yo, Daniel Blake» para mostrar cómo un sistema puede matar a un hombre sin tocarlo, solo con formularios. Bong Joon-ho hizo «Parásitos» para recordarnos que la brecha de clase es un abismo. Chloé Zhao retrató en «Nomadland» a los nómadas de la crisis, esos que envejecen trabajando porque no tienen red. Cada época tuvo sus artistas del desamparo, y todos dijeron lo mismo: lo insoportable no es solo el sufrimiento, sino la indiferencia que lo rodea.

Cómo llegamos aquí

El neoliberalismo convirtió el cuidado en mercancía y al ciudadano en cliente: si no podés pagar, no existís. El filósofo Byung-Chul Han describió al sujeto contemporáneo como un autoexplotador, alguien que se explota a sí mismo creyendo que es libre, y que carga con la culpa de su propio agotamiento. La meritocracia, por su parte, tradujo el fracaso estructural en vergüenza individual: en España, un hijo de familia pobre necesita cuatro generaciones para alcanzar la renta media, pero el relato dominante sigue diciéndole que no se esforzó lo suficiente. Y el neocolonialismo decidió de antemano qué vidas merecen ser lloradas y cuáles pueden administrarse como ganado, en fronteras, centros de detención y leyes de extranjería. La filósofa Judith Butler lo formuló con precisión: hay vidas que no son lloradas, y esa condición no es natural sino política.

Lo que ya existe y puede escalarse

Pero no todo está perdido, y conviene decirlo sin ingenuidad. Existen dispositivos concretos, ya en marcha, que pueden ampliarse. La CEPAL incluye la «sociedad del cuidado» entre sus cinco estrategias para América Latina. Hay experiencias comunitarias de salud mental en Ghana, India y Sudáfrica que demuestran que la familia y el barrio ya cuidan: solo falta reconocerlos y financiarlos. Se puede crear una cuenta satélite nacional del cuidado, como existen las cuentas ambientales, para medir y visibilizar el trabajo doméstico. Se puede remunerar a un agente de enlace comunitario por cada 5.000 habitantes para detectar a tiempo a quienes están cayendo. Se puede institucionalizar el apoyo entre pares en los servicios públicos de salud mental, con personas que hayan atravesado la experiencia y estén capacitadas y remuneradas. Se puede incorporar mediadores culturales y lingüísticos para que el dolor se exprese en su propio idioma. Se puede obligar a las empresas a reportar el riesgo psicosocial de sus trabajadores, igual que reportan su impacto ambiental.

Homo homini lupus no es una condena ni un destino. Es un diagnóstico. Y precisamente porque la agresividad es estructural, el cuidado no puede depender de la buena voluntad: tiene que institucionalizarse como derecho. De lo contrario, el lobo no necesita morder: le basta con ocupar un puesto en la administración y esperar tranquilamente al siguiente inútil. Nada de esto es utopía: es voluntad política. Y la voluntad política, a diferencia de los recursos, no escasea por naturaleza.

Una pregunta de costo

La pregunta no es si podemos pagar el cuidado. La pregunta es cuánto nos está costando ya no pagarlo: en depresión, en violencia, en soledad, en migraciones masivas, en democracias que se deshacen por dentro. Una sociedad que descarta a sus ciudadanos cuando dejan de ser útiles está acumulando ruinas. Y esas ruinas, tarde o temprano, ocupan el lugar donde antes había una comunidad.

Tal vez haya que decirlo al revés, para que se entienda: «Usted es algo para mí, y precisamente por eso es mi responsabilidad.» Cuando una sociedad aprende a pronunciar esa frase en sus leyes, en sus presupuestos, en sus escuelas, en sus hospitales, empieza a salir de la órbita de su propia destrucción. Hasta entonces, seguiremos fabricando desechos. Y algún día, el desecho será el país entero.

Fuente Tiempo Argentino

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