El blues de La Boca

Hay barrios cuya identidad no puede medirse solamente por sus edificios, sus calles, sus monumentos o por las postales que se ofrecen a los turistas. Existen, sobre todo, por las personas que los hicieron, que los defendieron y que, muchas veces, en los momentos más difíciles, pusieron el cuerpo para que su historia no desapareciera.

Por eso hay injusticias que, cuando se las mira juntas, dejan de parecer hechos aislados para convertirse en síntomas de algo más profundo: una preocupante falta de sensibilidad hacia quienes sostuvieron durante décadas el patrimonio cultural, histórico y social de uno de los barrios más emblemáticos de Buenos Aires.

Una de esas historias está en la Barraca Peña, la barraca portuaria más antigua que conserva la ciudad, sobre la ribera de La Boca.

Durante años, Marcelo Weissel, arqueólogo, prácticamente sin presupuesto, sostuvo allí una tarea extraordinaria. Lo hizo con conocimiento, experiencia, dedicación y, fundamentalmente, con un profundo amor por ese patrimonio.

En las excavaciones realizadas con motivo de las obras contra las inundaciones en La Boca encontró innumerables restos y objetos de la vida cotidiana. Vasijas, fragmentos y piezas que, observadas aisladamente, podían parecer pequeñas cosas, pero que bajo la mirada de la arqueología comenzaron a hablar.

A través de ellas fue posible reconstruir aspectos de la vida cotidiana boquense y portuaria, recuperar historias y comprender de otra manera la relación de La Boca con su río, con el trabajo y con quienes habitaron ese territorio.

Allí permanece un navío mercante español, de más de 300 años, que se descubrió cuando se realizaban la fundación de una torre en Puerto Madero. Weissel fue un entusiasta participante y lo enterró en el predio de la Barraca Peña para su conservación. Lo puso a salvo. El pecio es una pieza arqueológica de enorme valor que continúa esperando las condiciones necesarias para su recuperación.

Hay algo profundamente simbólico en esa imagen: un barco enterrado junto al Riachuelo, esperando que alguien decida que esa historia merezca volver a la superficie. Ese arqueólogo, sin ninguna razón fue apartado de su titánica tarea, y ahora, una pandilla de apropiadores propagandiza la recuperación del lugar.

La segunda injusticia tiene como protagonista a Víctor Fernández, artista, vecino de La Boca y, durante años, trabajador y director del Museo Benito Quinquela Martín.

Fernández no administró simplemente un museo. Lo interpretó.

Comprendió que el legado de Quinquela no podía quedar encerrado detrás de las puertas de un edificio. Que aquel museo debía respirar el mismo aire del barrio que lo había creado.

Por eso, llevó el museo a las calles, a las esquinas, a los vecinos. Hizo circular el arte. Lo convirtió en encuentro y en conversación con La Boca.

Su conocimiento del barrio no provenía solamente de los libros. Provenía también de haberlo vivido. Y esa combinación de formación, sensibilidad, intuición artística y pertenencia territorial permitió durante años una conducción profundamente vinculada con el legado del museo.

Se lo jubiló, sin oportunidad de continuidad tal como el barrio unánimemente pedía, sin ningún tipo de “grieta”, algo sorprendente, en La Boca y en La Argentina. Solo por ese gesto se debería haber considerado el reconocimiento a una trayectoria. Sin embargo, lo que vino después provoca interrogantes.

Porque mientras se retira a quienes encarnaron durante años determinada manera de entender el museo, aparecen transformaciones que tienden a avanzar en sentido contrario. Y allí comienza el cobro de entradas (antes voluntario, incluso para las escuelas), la búsqueda del lugar para el barcito.

Salas históricas modificadas, paredes pintadas de blanco cuando el legado de Quinquela era el color como parte inseparable de la experiencia artística. Una concepción que por momentos parece acercar peligrosamente al museo a la lógica de un espacio comercial.

La tercera historia es la de Omar Gasparini, uno de los grandes artistas plásticos que continúan viviendo, trabajando y creando en La Boca.

Gasparini ha sabido retratar como pocos la cotidianidad del barrio. Sus personajes, sus escenas y su mirada pertenecen a ese universo cultural que convirtió a La Boca en algo mucho más complejo y profundo que Caminito. Pero su trabajo tampoco termina en la pintura.

Gasparini es parte de la historia del Teatro Comunitario Catalinas Sur, donde desarrolló una extensa tarea como escenógrafo, y es central animador de “Impulso”, Agrupación de Gente de Arte y Letras. Otra institución entrañable del barrio.

Es decir: no estamos hablando solamente de un artista que pinta La Boca. Estamos hablando de alguien que hace La Boca.

Este gran artista tenía programada desde hace dos años una exposición en el Museo Quinquela Martín, la cual fue desconocida y en lastimoso gesto burocrático, se le pidió que volviera a presentar papeles.

Aparece entonces, la pregunta: ¿qué lugar reserva la ciudad para aquellas personas que durante años sostuvieron su cultura cuando hacerlo no era rentable, cuando no había grandes presupuestos, cuando no llegaban las luces de las cámaras ni los proyectos de puesta en valor?

Estas tres historias ocurren, además, en un contexto que las vuelve todavía más inquietantes.

En la ribera, el barrio ha comenzado a perder algo tan elemental como la posibilidad de mirar el río. La feria artesanal, que debería volver a su lugar original, en el mismo barrio, como artesanos y vecinos quieren. Sin interrumpir la relación visual que resulta difícil de comprender en un territorio cuya historia nació precisamente de ese vínculo.

Taparle el río a La Boca no es solamente tapar una vista. Es interrumpir una relación histórica.

La Boca nació mirando el Riachuelo. Por allí llegaron pueblos originarios, trabajadores, barcos, lenguas, músicas, luchas, colores y sueños. Ahí se construyó buena parte de su identidad.

Un arqueólogo que sostuvo nuestra memoria portuaria. Un director de museo que generó el diálogo de Quinquela con su barrio. Un artista que convirtió las calles y los personajes de La Boca en obra y que puso su talento al servicio del teatro comunitario y de sus instituciones culturales.

Tres personas diferentes. Tres historias distintas. Pero una misma pregunta.

¿Qué hacemos con quienes cuidaron la memoria y a la cultura, cuando éstas necesitaban ser cuidadas?

Porque es relativamente sencillo reivindicar un barrio cuando se ha convertido en marca, destino turístico o atractivo inmobiliario. Mucho más difícil fue sostenerlo cuando estaba inundado, postergado, contaminado o cuando sus instituciones culturales sobrevivían gracias al esfuerzo cotidiano de quienes creían en ellas.

Una ciudad puede restaurar fachadas. Puede pintar edificios. Puede organizar ferias, inaugurar espacios y diseñar recorridos turísticos. Puede incluso convertir un barrio entero en una postal.

Pero si en ese proceso desplaza, desconoce o vuelve invisibles a quienes mantuvieron viva su cultura, corre el riesgo de conservar solamente el decorado.

Porque el patrimonio no es únicamente los edificios, las obras de arte o los objetos que guardamos detrás de una vitrina.

El patrimonio también son las personas que les dieron sentido.

Cuando una ciudad comienza a olvidar a quienes cuidaron su memoria, empieza, casi sin darse cuenta, a olvidarse de sí misma.

Tal vez la tristeza, como en un viejo blues, se estire en las cuerdas de la viola de Napo, desde su legendario Samovar. Bastarán unas pocas notas para contar, cómo duele perder y también cómo un barrio se resiste a olvidar.

Fuente Tiempo Argentino

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