Es 3 de julio de 2010, Chola López Varela está en el Aeropuerto de Ezeiza con sus valijas en la inspección de equipaje. Rayos X y tomógrafos revisan los bultos de los pasajeros que llegan desde Sudáfrica. Ella cierra los ojos, aprieta el rosario que tiene siempre prendido a su pecho y reza: «Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino».
La revisión es rápida: esa tarde llega también el avión de la Selección Argentina, eliminada del Mundial de Sudáfrica en cuartos de final, y más de 5000 personas esperan para recibirlos a ellos y a Diego Maradona.
Chola recibe su equipaje y camina apretando el paso antes de que la detengan. Esta vez no traía solo unos gajos escondidos entre la ropa, como en otros viajes: la valija estaba entera llena de plantas.
Dieciséis años después, Chola está sentada en un McDonald’s de San Fernando, a media cuadra del geriátrico donde vive. Espera a un grupo de paisajistas que la vienen a visitar. Tiene 95 años. Desde la pandemia no vuelve a su vivero en Benavídez: tiene asma, una enfermedad pulmonar crónica heredada de su familia, y el aire del lugar no la deja respirar. Ese histórico vivero, señuelo de amantes de la flora de todo el país, que anunció su cierre para este año.
Chola nació en General Villegas, al extremo noroeste de la provincia de Buenos Aires. Las vacaciones eran su momento preferido, porque podía visitar a su abuelo. «Yo tenía un abuelo soñado. Era español, vasco. Cuando encontraba una plantita guacha donde no la había sembrado, le costaba cortarla. Decía que esa planta había nacido a pesar de no tener que estar ahí y quería quedarse. De ahí aprendí que las plantas son sabias. Cuando te persiguen, es el vínculo más grande que uno puede tener», confiesa a Tiempo.
Les pedía gajos a las vecinas de su madre y hacía plantas que colocaba cerca de su casa. A los 18 años se mudó con su familia cerca de Capital y empezó a trabajar en el Banco Provincia, donde conoció a su esposo, con quien tuvo cuatro hijos. Pasó un tiempo breve por la Escuela de Jardinería Juan O. Hall, donde enseñaba Francisco Leloir, hasta que un embarazo complicado le impidió seguir el viaje diario entre San Isidro y Villa Devoto.
A los 50 años, una visita de su hermano —que vivía en Estados Unidos– le cambió la vida: le propuso tener un vivero propio y le compró un lote de 5000 metros en Benavídez: «Todo fue lento porque no tenía mucha plata. Tenía que trabajar para cooperar en casa y para aumentar mi vivero. Yo no me separé de mi marido porque él era un santo. Tenía mucha paciencia».
En ese terreno Chola construyó un hogar, el único lugar que le importaba en el mundo, sin tiempo más que el ritmo que impone la naturaleza guiada por la rotación de la tierra. De a poco fue sumando especies exóticas y las paisajistas empezaron a comentarlo de boca en boca.
Buscarle el lugar a cada planta
A una cuadra de la Panamericana, detrás de dos puertas sencillas, está el vivero La Terraza. Hay silencio: el ruido de los autos y los camiones no se propaga. Después de una jornada de aplastante lluvia, las plantas están rozagantes y quedan charcos dispersos. Oscar Cabrera improvisa una silla y anota unas ventas en un cuaderno. Es alto, callado, introvertido: una personalidad hecha para las plantas.
Tiene 65 años y hace 37 que trabaja ahí. Cuando llegó, en noviembre de 1989, el espacio era un desierto con algunas aromáticas. Hoy tiene más de cuatro invernáculos, estanques, y no queda un espacio vacío. Cuando arribó no sabía plantar, solo había hecho jardines. «Esto le tiene que gustar a una persona porque no es un trabajo normal», remarca. Aprendió mirando, probando, viendo cómo reaccionaban los gajos según la tierra. Llegó a haber ocho personas trabajando ahí, entre 1992 y 2000. Hoy queda él solo.
Sigue el pequeño camino de tierra que divide las zonas del vivero y señala persicarias, dietes, plumbagos, solandras. Chola empezó a poner bulbos propios y a traer especies del exterior para reproducir; Oscar aprendió a limpiarlas y sembrarlas. También está el «asunto de la tierra», dice: algunas piden más acidez, otra más arena.
«Acá han venido varias personas que tienen toda la teoría, pero no la práctica. Dorotea Schultz, una paisajista que estuvo en los ’90, nos decía que lo importante es la tierra y no el agroquímico. Chola siempre nos dijo que acá hormona no se usa: hay que buscarle su lugar a cada planta».
Aparecen invernáculos y estanques cavados a mano, con bañeras recuperadas de la calle para las acuáticas. Señala clivias, iris, nenúfares, filodendros, hibiscus. Una llamada interrumpe su paso: «Es un cliente, buscaba anémonas, pero no me quedaron. Igual que los helechos, hago cien y me los llevan todos enseguida».
Hay porciones de tierra vacías que son advertencias de que todo está cambiando. «Acá estaba todo lleno», se persigna Oscar, parado junto a un cantero pelado. En julio el vivero anunció que cierra sus puertas y vende todas sus plantas.
Plantas de contrabando
Chola recorrió Brasil, Sudáfrica y Europa. De algunos viajes se trajo pedacitos en la valija. «Brasil es el mundo donde Dios puso la mano: las plantas que hay no las he visto en ninguna parte. También estaba loca por ir a los jardines de Monet, así que fui con una amiga. Alquilamos un cuartito y nos divertimos como locas, porque lo hacíamos con poca plata», recuerda.
Un botánico sudafricano le enseñó a leer el comportamiento de las plantas según el lugar donde se las pone. «Yo tengo un ojo que sabe cuándo la planta se va a adaptar o no. Siempre digo que tienen que ver con Dios: si te avisa que va a funcionar, de alguna manera te va a perseguir. Y si no, la dejás pasar».
Hasta el inicio de la pandemia, con 89 años, Chola se levantaba cada mañana y en su camioneta hacía los 20 kilómetros hasta el vivero. De lunes a lunes. Al llegar dejaba sus cosas, revisaba cómo estaba todo y se disponía sobre una mesada a separar gajos. Frenaba solo si venía algún cliente: «Primero le preguntaba en qué lugar las iba a poner. Si va a ver ese lugar una vez por semana o todos los días. Porque no es algo que crece y ya está: la planta le va a exigir condiciones».
Su sueño era vivir en el vivero, estar a toda hora, ver una planta abrirse de noche. «Ellas te dicen si están contentas, si están tristes, si les falta agua. Cuando los maridos se enojan porque una está mucho tiempo con las plantas, es lo más ingrato del mundo: encontró algo que le hace feliz», suelta.
Oscar está parado frente a una decena de plantas de hojas largas, verde jade. No se sabe con certeza si Chola las trajo de Sudáfrica o de Australia. La respuesta aparecerá cuando llegue la flor. Recuerda lo que ocurrió la última vez que tuvieron algo así: “Estaban todas desesperadas por comprarla. No a todas se las vendía, ya tenía sus clientas favoritas”.
Un grupo de esas paisajistas se juntaba bajo un quercus del vivero, desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde, y Oscar les hacía un pollo asado. Él también se jubila. Entre los hermanos todavía discuten qué hacer con el terreno, pero algo ya quedó resuelto: el día que Oscar se retire, va a seguir viniendo a regar. Para que las plantas no se mueran.
La eficacia del calendario lunar
Es un sistema agrícola antiguo: sembrar, podar o cosechar según la fase de la Luna. El principio es que la gravedad lunar influye en el movimiento de la savia dentro de la planta, algo similar a como influye en las mareas. Según la fase hay semanas para dividir plantas, otras para hacer gajos y sembrar, y otras -como la luna llena- solo para limpieza, sin intervenir la planta.
En La Terraza lo trajo un compañero misionero, donde el calendario lunar todavía se usa mucho. Al principio nadie le creía. Hasta que hizo la prueba: armó diez gajos siguiendo el ciclo lunar y prendieron nueve. Ahí Chola empezó a ponerlo en práctica en todo el vivero.
«Lo fui aprendiendo acá –añade Oscar–. Hay una semana para limpieza, por la luna llena. Después, para divisiones, gajos y siembra. Íbamos viendo la reacción de las plantas y ya nos íbamos tranquilos, porque sabíamos que iba a funcionar».
«Lo importante son las plantas»
José Luis López está sentado en una tercera silla del McDonald’s y escucha a su madre. Es el hijo mayor de Chola, licenciado en Turismo. Va desde San Isidro al geriátrico y al vivero en Benavídez algunas veces a la semana.
-¿Ellos te acompañaban al vivero?
-Mis hijos iban, sí, pero forzados, eh. Un poco obligados, digamos. Iban porque tenían que regar y ayudarme.
-Claro, el cariño es totalmente subliminal, lo importante son las plantas. Tu vida son las plantas -acota José Luis.
-Así es, así es -dice Chola.
A los dos los embiste un recuerdo de cuando Chola armaba su vivero, necesitaba dinero y se metía en algún negocio ocasional:
-Una vez vendiste ropa, por ejemplo. Y cuando recién nos mudamos a la casa pusiste una librería. ¿Quién le iba a comprar algo ahí?
-Uno con los años le encuentra a todo su lado divertido.
-Lo que menos bolilla le daba, que a mi papá lo volvía loco, era la parte administrativa.
-Esa parte no era interesante. Es espantosa. Pero la jardinería sí es muy generosa. Tenemos que aprender mucho de la jardinería porque a veces no somos todos los generosos que las plantas son con nosotros.
Manuel Puig
De niña, en General Villegas, Chola era amiga de Manuel Puig, el reconocido escritor argentino. Se conocieron ahí, en el pueblo, y se veían por las tardes: Puig le contaba con detalles la última película que había visto en el cine con su madre. «Adoraba a Rita Hayworth, le gustaban todas esas mujeres de una belleza única», dice Chola, de 95 años, sobre el autor de Boquitas Pintadas.
Fuente Tiempo Argentino
