Imaginá que tenés una pileta de lona vacía, al borde de un río, y empezás a tirarle adentro cascotes, ladrillos rotos, restos de demolición, paladas de escombro, hasta que el agua deja de entrar. Eso, multiplicado por hectáreas y por dos décadas, es lo que pasó en la costa de Ciudad Universitaria entre los ’60 y los ’70: el río fue perdiendo terreno a manos del escombro, tragado por el relleno hasta convertirse en superficie firme. Debajo del pasto de la Reserva Ecológica Costanera Norte, si uno escarbara, no encontraría tierra sino el gesto repetido miles de veces de un camión volcando su carga: capa sobre capa de demolición, apilada como quien apila cajas, hasta ganarle metros al río.
Ahí, entre esas 23 hectáreas de senderos que se recorren a pie o en bicicleta, conviven hoy comunidades vegetales de las ecorregiones Delta e Islas del Paraná y Pampa, con predominio de especies nativas. En los 90 llegó otra capa de escombros —los de la voladura de la sede de la AMIA— y con ella se formó un golfo artificial que los estudiantes bautizaron «el pantano». Ahí anidan garzas y patos, ahí nadan los coipos.

Todos los años, en las vísperas del equinoccio de primavera, esas tierras convocan a estudiantes, vecinos, docentes y organizaciones territoriales que se juntan a discutir qué hacer con ese territorio. El encuentro se llama Raíces y esta edición, la de 2026, vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que atraviesa toda la vida universitaria: ¿qué universidad queremos construir? ¿Cómo regeneramos nuestra relación con la naturaleza? ¿Cómo hacer para que Buenos Aires vuelva a mirar hacia el río y qué rol puede ocupar la comunidad universitaria en eso? ¿Cuáles futuros somos capaces de imaginar y construir colectivamente? Entre las decenas de actividades programadas para el fin de semana hay una que lleva el nombre del propio humedal: Memoria del Pantano.
Una semilla de diez años
Adriel Magnetti llegó a ese territorio hace una década, cuando empezaba a cursar Biología en el Pabellón 2 de Exactas. Hoy es integrante de la Red Universitaria por la Crisis Climática (RUCC). «Un lugar natural súper interesante, donde había una reserva creada por ley», la describe. Cuenta que enseguida se sumó a un grupo que ya venía militando la existencia de esa reserva desde hacía tres décadas. En 2016, ese grupo organizó la primera edición de «Juntos somos un bosque», un festival de plantación de nativas que combinaba forestación, arte y música. Hubo diez ediciones, no solo en la Ciudad sino en distintos puntos del conurbano y la provincia. «Fue la semilla de este proceso que hoy toma la forma de Raíces», dice Magnetti.
La Reserva recién abrió formalmente al público en 2021, después de un derrotero que incluyó desalojos, cierres y disputas judiciales. En 2018, en el marco del G20, el gobierno porteño desalojó a las personas en situación de calle que vivían dentro del área protegida y cerró el acceso a la zona donde funcionaban Velatropa —una emblemática ecoaldea y colectivo ambiental— y el vivero comunitario. La pandemia terminó de vaciar el predio: durante 2020 casi nadie pudo entrar, salvo monitoreos puntuales de biodiversidad.

Cuando se reabrió en 2021, la naturaleza se había recuperado, pero la disputa por el territorio no había terminado. En 2022 y 2023, la gestión de Horacio Rodríguez Larreta intentó instalar una confitería y un bar dentro de la Reserva; un recurso de amparo —»algo inédito», remarca Magnetti— consiguió una medida cautelar que frenó la obra: se había hecho sin evaluación de impacto ambiental. El bar, hasta hoy, no se construyó.
El episodio más reciente fue distinto: en medio del ahogo presupuestario a la educación superior y un ‘sálvese quien pueda’, la UBA alquiló durante cinco meses un predio pegado a la Reserva —parte de la misma zona de amortiguación— para un evento privado de Minecraft. «Nosotros queremos proponer un uso distinto para el campus, no que sea simplemente un lugar a disposición para lucrar con diferentes proyectos que aparezcan como una oportunidad«, subraya Magnetti.
Explica que el terreno alquilado es tan biodiverso como la Reserva misma, con presencia de carpinchos y decenas de especies de aves. El grupo hizo censos previos y construyó una barrera física para evitar el contacto entre visitantes y fauna. «En otros lugares del mundo, estos eventos de Minecraft se hicieron en shoppings. Acá vinieron a intervenir un bosque al lado de un área protegida«, resume.

Una memoria que se teje colectivamente
Ese mismo territorio —la Reserva, la zona de amortiguación, lo que hoy es un pabellón semiabandonado y fue la base de Velatropa— es el que reúne Memoria del Pantano, la mesa que este año llega a su tercera edición.
Los recuerdos de llegada al lugar, entre quienes integran la mesa, son dispares. Choripán a los 17 años, con el mito urbano de «una villa peligrosa cruzando el puente» para espantar a los curiosos. Una tarde de bicicleta en 2011 que terminó, sin buscarlo, en una clase de improvisación teatral en medio de una ecoaldea. El cruce, en 2012 y 2013, con militancias universitarias durante la toma de la Sala Alberdi. Distintas puertas hacia el mismo territorio, distintas décadas, un mismo pantano.
Memoria del Pantano nació como una mesa de encuentro de documentos, archivos y testimonios que distintas personas fueron guardando sobre ese lugar, con la idea de que la historia del territorio la escriban quienes lo habitan y lo cuidan. El fin de semana, en el marco de Raíces, habrá una nueva proyección de esos registros.

Para quienes integran la mesa, el documento colectivo que arman tiene que funcionar como herramienta para seguir cuidando ese lugar, y para construir un espacio regido por lógicas de enseñanza y aprendizaje, investigación, cuidado ambiental y soberanía alimentaria, en un contexto de crisis climática, calentamiento global y colapso.
«Estimular escenarios de participación ciudadana y contagiarlos» es uno de los objetivos centrales del encuentro: pensar la Reserva no como un lugar de paseo aislado, sino como una punta de lanza para discutir qué ciudad se quiere frente a la «violencia inmobiliaria» que, dicen quienes integran la mesa, ordena buena parte de las políticas urbanas porteñas.
Algo parecido pensó, sobre otra reserva porteña, la escritora María Sonia Cristoff: en la Costanera Sur, escribió retomando a De Certeau, «la fantasía de la caminata capaz de trastocar un modo de vida, de obrar milagros, de borronear las huellas de una identidad […] sólo se hace presente cuando circulo por la Reserva». Cambia el humedal, pero la pregunta es la misma: qué hace, con un territorio en disputa, el simple gesto de recorrerlo.

Dos días, una pregunta
Raíces UBA 2026 se realizó este sábado y reunió a organizaciones estudiantiles, ambientales, territoriales y de graduados. Bajo el eje «Acción con memoria», la jornada abrió a las 9.30 con una ceremonia del pueblo Nación Querandí: «Sembrando futuro con raíces del presente».
Siguió con una plantación colectiva de tala («nuestro árbol sagrado») con egresados y la presentación del proyecto de Parque Arroyo Medrano, incluyendo una visita guiada por la Reserva. Cerró con la Mesa de Memoria del Pantano. Las jornadas comunitarias suelen incluir el mantenimiento del Paseo Botánico Experimental y charlas sobre la historia de la defensa de la Reserva.
A diez años de la Reserva
¿Qué les gustaría que pasara con la reserva en la próxima década? Magnetti sueña con que todo el predio de Ciudad Universitaria se transforme en un aula a cielo abierto, que el campus se conecte «con lo que pasa del otro lado, cruzando el puente», y que eso empuje a pensar «una universidad al servicio de la vida» y no una que se piensa solo hacia adentro.
Entre quienes integran Memoria del Pantano, la proyección va por un camino parecido. Recuerdan las audiencias públicas por Costa Salguero y Punta Carrasco, en plena pandemia, como el antecedente de una forma nueva de discutir colectivamente qué hacer con la costa porteña y hablan de «volver a fundar» una idea distinta de espacio público.

De paso, cuestionan el lugar común de que Buenos Aires «le dio la espalda al río»: para quienes integran la mesa, ese relato es más bien una coartada, un modo cómodo de no decir que la ciudad le entregó su costa al puerto.
Es, en el fondo, la misma idea que resume Magnetti sobre el trabajo cotidiano en la Reserva: «es importante lo que pasa de la puerta para adentro, pero también lo que pasa de la puerta para afuera». Diez años después de la primera semilla, Raíces vuelve a plantear la misma apuesta: que ese pedazo de río ganado al escombro no termine de perderse otra vez.

Fuente Tiempo Argentino






