A casi 500 años de su fundación, la Reina del Plata invita a ser pensada y admirada de distintas maneras. En su libro Buenos Aires en flor. Arquitectura y paisaje en la ciudad, la fotógrafa Karina Azaretzky y el arquitecto, paisajista e historiador Jorge Bayá Casal muestran una serie de estampas que la gran urbe ofrece a todos aquellos que quieran mirar. Un trabajo que redescubre la belleza de la valiosa tradición de la capital argentina y que sirve como guía para la creciente comunidad de flâneurs.
La idea nació en las redes sociales (ver recuadro) y terminó plasmada en papel. En ella, los autores exploran varios encuentros: el de la arquitectura decimonónica con la naturaleza de la ciudad, y el de estas dos con la visión curiosa del que camina, pasea y observa. Así, la imponente presencia de los edificios de estilo francés, italiano o inglés de Buenos Aires se exalta con los colores y formas de las plantas nativas. El libro exhibe hermosas combinaciones: jacarandás de la Plaza Jardín de los Maestros sumando su azul a los techos de pizarra del Palacio Sarmiento; una Santa Rita roja que trepa por una cariátide de la fachada de un caserón de San Telmo; o las flores rosadas del famoso lapacho de Ezcurra cubriendo la avenida Figueroa Alcorta.

“Creo que el paisaje urbano se vuelve una metáfora de nuestra identidad”, dice a Tiempo Azaretzky, tucumana residente en Buenos Aires. “A la influencia de diseñadores, arquitectos y artesanos que vinieron de Europa a fines del siglo XIX se suman los árboles sudamericanos que crecen en el Norte de nuestro país. En esa conjunción entre lo extranjero y lo autóctono se da una mixtura muy especial, que es la que nosotros ‘vemos’ en el libro”. Bayá Casal amplía: “Apuntamos al concepto clásico de belleza, que llegó hasta el siglo XIX y que no necesita de muchas explicaciones. No es un arte conceptual, es un arte que simplemente es percibido y va directo al corazón. Buenos Aires tiene esa expresión. Hoy, esa combinación de arquitectura, paisajismo y modo de vida le da a la ciudad un vestido muy bonito a través de las estaciones del año”, dice el arquitecto.
De la aldea a la ciudad
Cuando los españoles llegaron a Buenos Aires se encontraron con una “meseta rodeada de pastizales”, tal como se describe en el libro. Un vasto paisaje donde crecían, aisladas, especies como el ombú, el ceibo o el tala. “Buenos Aires era una aldea hispana, de casas bajas con patios, pero sin árboles; una cultura propia de la escasez de recursos”, cuenta Bayá Casal. “No había jardines. Había fondos, parques naturales, barrancas en San Isidro. Luego, de a poco, nuestra ciudad fue incorporando al árbol como un elemento de higiene urbana: porque además de una cuestión de recursos, en la época colonial no existía el concepto de que el verde purifica el aire. Esa es una idea que surge a partir de la contaminación que produce la Revolución Industrial” (ver recuadro).
Ya a mediados del siglo XIX el afán de modernización impulsado por el boom económico de las clases altas redundó en la “importación” de arquitectos, paisajistas e ingenieros del Viejo Continente. En 1875 Nicolás Avellaneda inauguró el Parque 3 de Febrero. Los paisajistas franceses Eugène Courtois y Charles Thays, entre otros, legaron a la ciudad arbolados, plazas y parques de especies traídas de otras regiones del país, como el jacarandá, los palos borrachos o la tipa.

El estilo renacentista italiano, el Neoclasicismo, el eclecticismo, el art nouveau y el art déco fueron corrientes que inspiraron , hasta las primeras décadas del siglo XX, tanto soberbios edificios como los de Plaza San Martín, Tribunales o la Facultad de Derecho, u otros que se esconden en los barrios. Allí también subsisten, en distinto estado de conservación, verdaderas joyas que captan la atención de los caminantes urbanos.
Revalorizar la historia
Buenos Aires en flor también rinde homenaje a esos deleites visuales que regalan los balcones floridos o las persianas fileteadas de los arrabales porteños. Un patrimonio reivindicado por una creciente comunidad de especialistas y entusiastas que convergen online y offline.
-¿Cómo conviven la conservación y la innovación?
Jorge Bayá Casal:-Buenos Aires es una ciudad con un vastísimo patrimonio arquitectónico, no solamente académico, sino también barrial, anónimo, que muchas cuentas de Instagram hoy ponen en valor. Los mismos vecinos tienen una relación personal con el paisaje: la casa chorizo, la fachada decorada, las guirnaldas, o una casa del estilo más cottage inglés, por ejemplo. Todo eso genera pertenencia. Es un patrimonio que se fundamenta en la relación entre la ciudad y la gente. Ahora bien: las ciudades tienen que renovarse, y es bueno que así sea. Estamos en el siglo XXI, somos muchos y todos queremos vivir en un lugar que esté conectado, con cafecitos cerca, etcétera. Hay que dar lugar a eso, pero sin arrasar con la historia. Hubo una época en la que estaba mal vista la arquitectura academicista. Cuando estudié en la facultad nos enseñaron un poco a despreciarla. Desde 1950 hasta, aproximadamente, los años ’80 o ’90, Buenos Aires cambió mucho, pero había tanto construido que no se llegó a borrar del todo. Luego, se empezó a tomar un poco más de conciencia.
-En tiempos donde se exalta la inmediatez y el individualismo, llama la atención que proliferen iniciativas que recorren los barrios con mirada curiosa…
Karina Azaretzky:-Muchas veces, cuando publico alguna foto en redes, alguien me dice: “¡Yo vivo a la vuelta de ese lugar y nunca vi ese edificio, nunca presté atención a ese árbol!”. Creo que estas propuestas motivan a la gente a hallar cosas que no habían percibido, y eso es valorado y replicado. Es uno de los conceptos del libro, tomarse una pausa para contemplar la belleza de la ciudad, para conectar con la naturaleza, porque no hace falta irse al campo: la naturaleza está en la vereda de tu casa. Hay árboles, flores, insectos. Vale la pena detenerse cinco minutos para observar en qué flor se posó una mariposa, o cómo una fachada juega con la copa de un árbol. Eso cambia la experiencia de la ciudad.

De Internet a la imprenta
Karina Azaretzky y Jorge Bayá Casal se conocieron en plena pandemia. “Nos encontramos a través del blog de Instagram La tribu verde, que reúne paisajistas, jardineros, arquitectos, artistas, gente de disciplinas muy diversas y con un gran amor por la naturaleza y el patrimonio urbano”, cuenta la fotógrafa. Compartiendo el trabajo de cada uno se dieron cuenta de que tenían “una mirada en común” que destacaba la unión entre arquitectura y árboles de floración. Así, empezaron a hacer vivos donde a cada imagen de Azaretzky, Bayá Casal le agregaba historia. “La misma gente, el público, empezó a decirnos que deberíamos publicar un libro. Ese fue el punto de partida”, dice la artista tucumana acerca de Buenos Aires en flor, arquitectura y paisaje en la ciudad, trabajo que ya va por su segunda edición y que meses atrás presentaron en Madrid, Paris y Londres.
Además, cada uno de los autores despliega estos temas en sus propias cuentas de Instagram, las cuales se suman a otras como la de Pablo Gabriel Fernández (@pablofe) y Leila Barthe (@leilainfinito), entre muchas dedicadas también a capturar, desde distintas búsquedas, la singularidad y la belleza de la ciudad e incluso del conurbano. “Se dice que las redes sociales aíslan, pero yo creo que conectan y generan comunidad. Hay un montón de blogs (aunque en realidad son personas, como siempre diferencio) dedicados compartir miradas, información y contagiar el entusiasmo”.

El verde como índice de salud
La cantidad de espacios verdes de una ciudad es una de las variables que define su equilibrio urbano. Consultado acerca de este aspecto, Jorge Bayá Casal explica: “Existen parámetros técnicos y parámetros subjetivos, es decir, individuales a nivel de la sociedad. Un parámetro técnico muy conocido es el de la regla 3-30-300, muy relacionada con lo que contamos en el libro, donde hay dos actores principales: las fachadas y los árboles. Esta regla se aplica hoy en todas las ciudades, y consiste en lo siguiente: desde tu ventana, tenés que ver tres árboles; en tu barrio, tiene que haber un 30% de áreas vegetales; y caminando menos de 300 metros, tenés que llegar a un espacio público arbolado”. La ecuación fue creada por el neerlandés Cecil Konijnendijk. “Pero eso sucede en muy pocas ciudades. De todas formas, en la medida en que más cerca se esté de ese parámetro, más deseable será el ambiente urbano”, sigue el arquitecto y destaca que la ciudad de La Plata, fundada en 1882, es decir, mucho después que Buenos Aires, nació con un criterio notablemente más moderno en ese sentido. “Buenos Aires, sin embargo, adquirió, a través de distintas voluntades políticas, esa calidad en algunos barrios”.
Según informa en su página oficial el Gobierno de la Ciudad, Buenos Aires tiene 1286 espacios verdes que resultan de la suma de parques, plazas, plazoletas y boulevares, entre otros. En el último tiempo, vecinos de distintas comunas vienen reclamando acerca de las políticas públicas que los ponen en riesgo.
Fuente Tiempo Argentino







