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Crónica detenida en el tiempo: un viaje al mundo de los relojeros

22 agosto, 2026
in Informacion General
Crónica detenida en el tiempo: un viaje al mundo de los relojeros
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El tiempo y esa obsesión por controlarlo, no son un fenómeno de estos días, aunque hoy la urgencia sea un dogma y la pausa, un lujo para pocos.

Durante miles de años el ser humano observó el cielo para organizarse y sobrevivir a sus depredadores. Con la agricultura, el tiempo se convirtió en una necesidad, por los tiempos de siembra y de cosecha. Desde entonces, la historia también puede leerse como una obsesión creciente por medir el tiempo con cada vez mayor precisión. Una carrera que va de los calendarios mesopotámicos y egipcios a los relojes de sol, las clepsidras, los mecanismos medievales de las catedrales, el péndulo, el cuarzo, hasta los elementos de la modernidad actual, con los relojes atómicos que laten dentro de cada celular y reloj inteligente.

Pero en esta era digital, hay un Lado B. En paralelo, sobrevive el oficio de los relojeros artesanos que, con calma, engranaje por engranaje, recuerdan que el tiempo, más que exactitud, siempre fue cultura, identidad y un modo de imaginar el mundo.

Crónica detenida en el tiempo: un viaje al mundo de los relojeros
Foto: Antonio Becerra

Mateo, tercera generación de relojeros del barrio de Pompeya, saca de su cajón un reloj con el escudo de un club de fútbol y pregunta: «Este reloj cuesta menos de diez mil pesos, y para repararlo tengo que cobrarle siete mil. ¿Vos creés que el cliente lo va a pagar?». Si se piensa solo en el valor de mercado, la respuesta es un rotundo no. Pero la realidad es otra, y Argentina es uno de los pocos países donde esto sucede.

Ese reloj no vale por la marca ni por su valor monetario. Es un símbolo, el portador del recuerdo de algún ser querido que lo regaló en un momento importante de su vida. Eso cuesta más que los siete mil pesos que va a cobrar Mateo, vale mantener viva la memoria de quien lo obsequió, sentir su presencia cada vez que se mira la hora.

La escuela de relojería

¿Cuál es, entonces, la realidad del oficio? Visto con los ojos del vértigo cotidiano y la hiperconectividad, el trabajo de relojero parece condenado a desaparecer. Pero alcanza con mirar de cerca para notar que no es tan así.

Existe un mercado que no decae y es el de los relojes mecánicos, hoy llamados “vintage”. Pueden ser a cuerda, automáticos, cronógrafos, para buzos, nuevos o usados. Sorprende ver cuánto puede valer un reloj que no funciona o con faltantes de piezas. La razón es simple: alguien lo repara y lo devuelve a la vida. Como en una película de Pixar.

Crónica detenida en el tiempo: un viaje al mundo de los relojeros
Foto: Antonio Becerra

Antiguamente el oficio se transmitía de generación en generación, era raro que un relojero fuera egresado de una escuela. De hecho en el mundo hay menos de 40 y en Argentina, apenas dos. Una de ellas depende del Sindicato Unificado de Joyeros y Relojeros Argentinos (SURJA), que desde hace algunas décadas enseña talleres sobre las artes y oficios de la joyería y la relojería en el barrio porteño de Almagro. A cinco minutos de la vorágine del microcentro, hay un espacio detenido en el tiempo. O que más bien lo estudia y lo practica.

Los alumnos de relojería aprenden comprendiendo el mecanismo pieza por pieza, su función y su balance, algo fundamental para poder ajustar, reparar y devolver la vida a esas obras maestras de la ingeniería.

Walter Pighin, director de la escuela, recuerda una idea que surgió por los años ’90: «Con el sindicato empezamos a formar la escuela porque veíamos que el oficio se perdía. No había, ni hay, una escuela de relojería. Hay cursos que enseñan a cambiar pila, malla o un poco el vidrio, pero armar, desarmar, buscar el defecto de un reloj pulsera, automático o semiautomático, no hay quien te lo enseñe bien».

Crónica detenida en el tiempo: un viaje al mundo de los relojeros
Foto: Antonio Becerra

En el aula aguarda Emilio, el profesor de la clase que está por comenzar. Apenas se cruza esa puerta, el tiempo cambia de ritmo. Si se habla de oficio, se habla de la práctica. Mesas con relojes desarmados, herramientas que, aunque nuevas en algunos casos, no varían demasiado de las que se usaban hace cien años. Y esa marca distintiva de todo relojero: la lupa en el ojo, que permite observar en detalle las minúsculas piezas que, en total armonía, dan vida a la máquina.

Dentro del taller conviven generaciones muy distintas: desde jóvenes que recién terminaron la secundaria hasta personas que superan los sesenta años y buscan darle sentido a su tiempo. Esa mezcla de edades crea un ambiente particular, donde las experiencias se cruzan y cada historia revela una razón distinta para aprender un oficio antiguo que, en un mundo de pantallas y relojes inteligentes, guarda un valor casi poético.

Crónica detenida en el tiempo: un viaje al mundo de los relojeros
Foto: Antonio Becerra

Piezas perfectamente pensadas

Lucas tiene 19 años. Cualquiera que lo cruce por la calle, camuflado entre los pibes de su edad, lo imaginaría scrolleando redes o mirando si le llega alguna notificación al smartwatch. «Yo soy todo lo contrario, ya de antes», enfatiza, mientras exhibe con orgullo sus herramientas y su reloj sobre la mesa de trabajo. No está pendiente de los mensajes, los va a ver cuando los necesite. Todo a su tiempo. De la relojería le fascina las piezas perfectamente pensadas, el mecanismo sutilmente diagramado, el funcionamiento de los relojes mecánicos.

¿Qué motiva a un joven de esa edad a anotarse en un curso de relojería? Había un reloj de su papá olvidado en un cajón durante años. Lo encontró, se lo puso en la muñeca y volvió a la vida con apenas un par de movimientos de la mano. «Creía que era magia. Mi papá decía que era ‘a pulso’, y yo no entendía que era automático, que así cargaba la cuerda». Eso encendió la mecha de la curiosidad.

Hay tantos cursos en plataformas y tantos tutoriales de YouTube, muchos de ellos precisos y didácticos, y sin embargo, más allá de cualquier sesgo generacional, todos terminan en la escuela, con un profesor delante transmitiendo el oficio casi de la misma manera que se hacía años atrás.

Crónica detenida en el tiempo: un viaje al mundo de los relojeros
Foto: Antonio Becerra

Una caja con relojes

En una mesa grande están Pablo y Ramiro, padre e hijo, que entre otras pasiones comparten la de reconstruir relojes. En otra, algo más alejada, está Guillermo, que a sus 64 años encontró la escuela después de investigar en Internet. El mundo digital lo llevó al placer de lo artesanal y lo analógico. En su caso, buscar clases de relojería fue motivado por el recuerdo de su padre, aficionado a los relojes. Hace poco más de un año, revolviendo cosas, encontró una caja con relojes y otros objetos relacionados que le habían pertenecido. Ahí empezó el camino.

El docente también tiene su historia. Emilio, egresado de la escuela, abrazó la profesión de grande. Allá por el año 2000, arrastrado por el recuerdo del día en que su abuela le regaló, a sus 15 años, el reloj que había sido de su abuelo, vio en una vidriera un reloj que decía «Casa Escasany», una joyería y relojería que funciona desde 1892. Lo compró muy barato, y cuando lo tuvo en la mano quedó fascinado: le volvió el recuerdo de ese momento tan importante de su vida, el que lo catapultó a abrazar el oficio y lo llevó a ser hoy profesor en una escuelas de relojería única en su tipo.

A mitad de clase, todos dejan sus herramientas en los bancos para trasladarse a una sala más grande donde, a modo de recreo, arranca la rueda de mate, el intercambio de anécdotas, la charla del día a día de cada uno. Eso tampoco se aprende ni se vive por YouTube.

Crónica detenida en el tiempo: un viaje al mundo de los relojeros
Foto: Antonio Becerra
Del «huevo de Nüremberg» al Moonwatch, una historia que atraviesa siglos

Los primeros relojes portátiles fueron creados por Peter Henlein en Alemania, durante la primera década del siglo XVI. Se los conocía como «huevos de Núremberg», por su forma y por la ciudad alemana en la que fueron inventados. Gracias a esa innovación, podían funcionar 40 horas con la cuerda completa.

Con el surgimiento de la aviación, ver la hora mientras se pilotaba resultaba complejo. La maniobra para consultar un reloj de bolsillo ocupaba una mano, algo imposible cuando el piloto necesitaba las dos en los comandos. Por eso, en 1904, ante la necesidad de un dispositivo más práctico, Louis Cartier creó el primer reloj de pulsera para el aviador Alberto Santos Dumont. Con un simple giro de muñeca, podía ver la hora. A partir de 1911 el modelo empezó a estar disponible para el público, y los terminaron de popularizar los soldados durante la Primera Guerra Mundial, por su practicidad en el combate.

En 1923, John Harwood creó el reloj automático. Un dispositivo mecánico tradicional, resistente al polvo y al agua, con un mecanismo que aprovecha el movimiento cotidiano de quien lo usa para cargar la cuerda. Relojes pensados, con buen mantenimiento, para marcar la hora durante varias generaciones.

Mientras los suizos se aferraban a los relojes mecánicos tradicionales, en la Navidad de 1969 Seiko lanzó su primer reloj comercial de cuarzo, el Astron, que dio origen a la llamada crisis del cuarzo.

En paralelo, con la llegada del hombre a la Luna, Omega, que había logrado certificar sus relojes para las misiones espaciales, se convirtió de la mano de Buzz Aldrin, en el primer reloj en llegar a la Luna. Desde entonces, ese cronómetro, el Omega Speedmaster, es conocido como Moonwatch.

Con el cuarzo, la evolución se volvió más vertiginosa: en 1972 apareció el reloj con LED, de números rojos que se veían al accionar un botón.

A partir de la década de 1980, las funciones de los relojes digitales quedaron limitadas apenas a la imaginación de los ingenieros que los diseñaron: tenían calculadora, cronómetros sofisticados, juegos, hasta alarmas musicales. La carrera para sumarle más funciones a un dispositivo que, pocos años antes, sólo servía para saber la hora, no tiene fin. GPS, barómetro, altímetro, brújula, monitor cardíaco, monitor de oxígeno, análisis del sueño. Un sinfín de funciones donde mostrar la hora terminó siendo lo de menos.

Saberes y juntadas, de generación en generación

Leandro y Rodolfo son dos alumnos egresados de la primera promoción de la escuela de relojería. Hoy el primero es uno de los técnicos de Seiko Argentina, mientras que el segundo se dedica a la joyería.

Rodolfo cuenta que había terminado las clases de joyería en SURJA en 2009 y que, como sabían de su afición por la relojería, lo invitaron a sumarse a la escuela que inauguró el curso. Su pasión, recuerda con una sonrisa nostálgica, viene de muy chico, de cuando su tío abuelo le traía relojes y él le decía que para arreglarlo debía traer los repuestos de Japón.

Leandro trabajaba desde chico y había dejado la escuela. Hacía trámites y mandados por la calle Libertad, y ahí empezó a tener contacto con el mundo de la relojería. Un poco a fuerza de pedir ayuda y otro poco de manera autodidacta, empezó a reparar relojes. Ante la necesidad de profesionalizarse, en 2009 formó parte de esa primera promoción de la escuela de relojería.

Walter Pighin recuerda los orígenes “Arrancamos con unos bancos de escuela en un quincho, dos profesores que eran relojeros reconocidos y muchas ganas de sacar adelante ese proyecto”.

De Leandro y Rodolfo a la camada actual hay un punto en común: la juntada. Parar para compartir alguna factura, tomar mate y contar anécdotas.

Hoy, 17 años después de esa promoción, Rodolfo y Leandro se siguen juntando a tomar café y a despuntar largas charlas en algún bar de Parque Chacabuco, a hablar de sus familias y de la vida misma. SURJA no solo les dio un oficio. Les regaló una amistad que supera cualquier calibración o restauración de máquinas. Eso que siguen mostrando con orgullo cuando cuentan su historia.

Fuente Tiempo Argentino

Tags: Informacion GeneralSociedad
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