Es una tarde de invierno y, desafiando al clima, sobre la rampa se prepara un grupo de chicos y chicas. Acompañados por la profesora, empiezan a bajar embarcaciones al agua. La escena se desarrolla junto a un edificio centenario, al otro lado del río Luján, ya en el delta del Paraná. Se trata de la escuela infantil de canotaje del Club de Regatas La Marina (CRLM). Tal vez en ese momento no lo tengan presente, pero en ese gesto de tomar las palas y bajar el kayak al río habita una historia que ya acumula 150 años y busca proyectarse hacia el futuro.
Desde el monumento al Remero, sobre el Paseo Victorica, en un punto clave del litoral de Tigre, se pueden ver la casona y la parte delantera del terreno del club, y también, junto al muelle, la lancha Camilo Lagrange, que entre martes y domingo cruza a socios, socias y visitantes del continente a la isla y los trae de regreso.
Se trata de un club sostenido por el aporte de sus socios y socias, que se organizan para disfrutar de la isla y el río. Su renombre alcanza el plano internacional por sus equipos de remo y canotaje del más alto nivel, pero además de eso ofrece la práctica de la navegación recreativa y muchas otras disciplinas. Con el impulso de esa historia, La Marina se piensa hacia el futuro como un lugar de encuentro, con deporte, recreación y vida social junto al río. Ese río que en el Delta se vuelve esencial, el corazón del lugar, sobre el que gira la vida.

Un día del siglo XIX
El 18 de julio de 1876, un grupo de remeros se reúne en el centro de la ciudad de Buenos Aires para fundar el Club de Regatas La Marina. El acto se realiza en un salón de la Sociedad Española La Marina, en la calle Reconquista Nº 11, casi esquina con la avenida Rivadavia.
Son tiempos fundacionales en muchos aspectos de la vida nacional. También en el caso del remo, deporte que primero es impulsado por inmigrantes de origen británico. En 1861 se funda la Boating Society, de efímera duración, y en 1873 el Buenos Aires Rowing Club (BARC), el más antiguo que llega hasta la actualidad. El CRLM va a ser el tercer club fundado en torno a este deporte y el segundo con mayor vigencia.
Inicialmente, el Club de Regatas La Marina se instala en el Riachuelo, a la altura de la Vuelta de Rocha. Pero durante los siguientes treinta años cambió de domicilio una y otra vez, a causa de grandes sudestadas, epidemias y decisiones del gobierno de la época. Una de las situaciones que tuvo mayor impacto fue el brote de cólera que se desató en Buenos Aires en 1886.

El gobierno incautó la sede del club para usarla como lazareto y al finalizar la epidemia, prendió fuego a la construcción alegando razones de profilaxis. Luego el club continúa de mudanza en mudanza e incluso hacia fines de siglo, durante un tiempo, la sede funciona en una embarcación: la chata Caa Guazú, cedida en compensación por un decreto del gobierno de José Evaristo Uriburu.
Es a partir de los primeros años del siglo XX que el club compra un terreno en la margen izquierda del río Luján y en 1912 inaugura su primera sede, de madera, en el predio que ocupa actualmente. En los primeros años de la década de 1920 comienza la construcción del edificio actual, que se inaugura el 30 de octubre de 1927 con la presencia del presidente Marcelo Torcuato de Alvear. Son tiempos de crecimiento para el deporte náutico, que encuentra en Tigre las mejores condiciones para su desarrollo.
En el cielo del remo nacional
El Club de Regatas La Marina es una de las grandes instituciones del remo y el canotaje argentino. A lo largo de su existencia acumula más de 1500 títulos nacionales, aunque el propio club indica que son más de 2000. Esta cantidad de triunfos se suma al lugar que ocupa en el plano olímpico. Argentina alcanzó medallas en remo en cuatro oportunidades: los primeros dos en categorías de dos remeros y los últimos dos en pruebas individuales. Las primeras dos tienen una relación directa con el CRLM.
En 1936, en Berlín, dos deportistas del Club de Regatas La Marina, Julio Curatella y Horacio Podestá, lograron la primera medalla olímpica para el país al llegar terceros y alcanzar el bronce en doble par sin timonel con remos largos. Dieciséis años después, en Helsinki 1952, el remo nacional alcanzó su gloria máxima, con el oro en doble par sin timonel, esta vez con remos cortos. Eduardo Guerrero, de La Marina, y Tranquilo Capozzo, del Canottieri Italiani, fueron los protagonistas de la hazaña, que todavía no se ha vuelto a repetir en más de siete décadas.

En México 1968, Alberto Demiddi, máximo competidor de la historia del remo argentino, alcanzó el bronce en par de remos cortos (Single Scull); y cuatro años más tarde logró la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Múnich en la misma categoría. En ambas ocasiones, era deportista del Club de Regatas Rosario.
Dos años más tarde, Demiddi se retiró de la competencia profesional y a los pocos meses se sumó como entrenador del equipo del Club de Regatas La Marina, tarea que realizó durante casi veinticinco años, hasta noviembre de 1999, pocos meses antes de su fallecimiento. Durante su gestión, el club ganó innumerable cantidad de regatas y consolidó su lugar en la cima del remo.
Canotaje, vida social y mucho más
Desde su llegada al Delta, el remo convoca a sumarse, pero las familias que se asocian al club tienen también otros intereses. Con el paso de los años se fueron incorporando otros deportes como el fútbol, tenis, padel, pelota, bochas, incluso el tejo desde el verano pasado. Junto con el remo, el canotaje ocupa un lugar central en la vida institucional. Ambas disciplinas permanecen como la fuente de numerosos títulos y del aporte a equipos argentinos en los torneos internacionales. Quienes practican los deportes a un nivel competitivo se entrenan en las instalaciones que tiene el club en la Pista Nacional de Remo, ubicada en el cauce de agua que se conoce como el Canal Aliviador del río Reconquista.
Gustavo Louzao es el presidente del club desde fines de julio. Hasta ese momento ocupaba el rol de Comodoro. Su función anterior, explica, era “mantener el material flotante —como lo llamamos— en servicio: mantener toda la flota, todas las embarcaciones que tiene el club, tanto las competitivas como las de paseo, a disposición de los socios”.
El tema le apasiona. En la recorrida por las instalaciones de la pista y el Centro de Alto Rendimiento Alberto Demiddi, Gustavo informa sobre los botes y los kayaks, el gimnasio y en general, sobre los trabajos que se hacen para mantener en las mejores condiciones a los equipos de competencia. También cuenta el origen de vinculación con la institución.

“Mi historia en el club es desde la panza de mi mamá. Mi mamá y mi papá se pusieron de novios en los salones del club. Se conocieron bailando tango en los años 50 y ahí después llegamos nosotros. Mi mamá y mi papá eran fanáticos de remar, mis abuelos se enojaban porque tanto mi hermano, que era tres años más grande, como yo, recién nacidos, en moisés, estábamos arriba de un bote”.
Su historia, al igual que muchas otras, es de una infancia, juventud y adultez vinculado a todas las actividades que podía en un espacio que se convirtió en un hogar y en la fuente principal de socialización y de hacer comunidad: “Nosotros esperábamos el fin de semana para venir al club. Nuestra actividad era practicar todos los deportes que tenía el club y que todavía los tiene. Para mí, es como mi casa”.
Desde siempre el club es un lugar para la vida social, que se expresa a lo largo de los años de múltiples maneras. Bailes, asados y tardes de mates tienen como escenarios a la casona y al parque sobre el río Luján. En la memoria de casi todos los socios, la pileta semiolímpica ocupa una referencia central en sus veranos, desde corta edad.
“Yo venía al club desde bebé. Mis padres se conocieron en el club y mis abuelos paternos y maternos venían acá. Y bueno, en mi caso también: conozco a mi marido acá, mis hijos vienen acá, siempre tratamos de hacer vida de club”, relata María Carolina Beux, socia del club desde hace décadas. Acá practicó canotaje y vivió momentos de amistad, compañerismo y de amor que atraviesan toda su vida.
Carolina muestra fotos de diferentes épocas del club. Algunas son verdaderamente antiguas. Desde hace meses, junto a Lorena, otra socia, trabaja para salvaguardar el archivo, que en ese proceso también se fue acrecentando. Las fotos —en algunos casos recuperadas gracias a un trabajo con la tecnología, en todos los casos enmarcadas de nuevo— están destinadas a vestir de nuevo las paredes del salón principal de la casona, en el primer piso, y las de la pecera, el lugar que funciona como taller de ese trabajo de recuperación de la memoria.
“Muchas familias hicieron llegar fotos”, comenta. Y explica que el club representa “lo familiar, la anécdota, el origen”. Una historia personal y social motiva esas horas de tarea voluntaria: “Esto no es una empresa, todos somos dueños del club y como en la casa de uno, si querés que un festejo salga lindo, te tenés que involucrar. Y creo que está buenísimo que la gente que venga al evento o los socios nuevos o los visitantes que vengan sepan cuál es la historia de nuestro club”.
Deporte y aprendizaje para la vida
Martín Gattinoni tiene una destacada trayectoria como palista, que lo llevó a ser campeón argentino en K1 Master 1000 metros en 2022, entre otros logros. “Al principio era un socio normal del club y participaba de todas las actividades: fútbol, paleta, tenis, padel. Digamos que hacía la vida del club completa, me pasaba todo todo el día acá”, señala desde el muelle en una fría mañana de sábado. En este momento es uno de los árbitros de la regata Vuelta a La Marina, una competencia histórica que este año el club organiza como parte de las celebraciones por el 150 aniversario.
“Casi todo lo que aprendí y me desarrollé en la vida fue gracias a lo que aprendí en el club y con el deporte –explica–. Gracias a haber hecho canotaje en el club y a haber conocido a gente, a mis amigos, tuve mi primer trabajo. En mi primer trabajo conocí a mi mujer y formé mi familia. Y bueno, el ciclo arrancó de nuevo”.
Sus hijos también están ligados al canotaje en La Marina y tienen un buen desempeño competitivo. Pero más allá de eso, lo primero que destaca Martín es el lugar formativo que desempeñan este tipo de instituciones: “Son la base fundamental del deporte competitivo y recreativo. Te diría primero recreativo y después competitivo”.
Habla del club como un lugar para que los chicos estén en contacto con la naturaleza, para que empiecen a aprender a ser independientes y a tomar pequeñas decisiones dentro del club, que les da un marco de contención y sin riesgo: «Los saca de la calle, sin lugar a duda, y también los saca de las pantallas. Y los conecta con otras personas en un ámbito increíble por el marco natural y porque está ubicado en la isla. Creo que la visión de esta comisión es que la familia entera vuelva al club y que el mensaje es ese: que puedan aprovechar y disfrutar del club como si fuera su casa”.

El futuro se hace desde hoy
Daniela Poggi es la responsable de la escuela infantil de canotaje. Son algo más de treinta chicos y chicas que a partir de los 8 años empiezan a tener contacto con el deporte. Al lado del río Luján se siente el invierno, pero no parece desalentar a quienes cargan los kayaks y las palas con decisión. “Me encanta ver cómo se copan con la actividad, cómo se apasionan, porque cada vez quieren salir más tiempo en el agua. No les importa el frío, la lluvia”, dice la profesora con una sonrisa y la mirada hacia la rampa.
Daniela destaca que el canotaje se encuentra en pleno crecimiento. Y también crece la participación de las mujeres, en un ambiente que en sus inicios era casi exclusivamente masculino pero que hace tiempo empezó a revertirse. Ahora, entre el 30 y el 40 por ciento de la escuela son chicas. También señala la importancia de las familias y el valor de construir equipo y vida social.
“Se hace un grupo lindo, comparten un montón. Me encanta lo que sucede en el ambiente del club. Lo vivo desde chica, cuando iba a un club que era mucho más grande. Acá en La Marina encontré otro tipo de club más familiar. Es fundamental el aporte de los papás y las mamás o familiares que se unen para sacar adelante la actividad, cuando se necesita hacer algún arreglo o para juntar dinero para irnos de viaje, o lo que fuera, que esté todo el grupo unido. Aporta muchísimo a los chicos y a la actividad”, añade.
No son tantas las instituciones que llegan a un siglo y medio de vida en Argentina. Atravesadas por las más diversas circunstancias, las construcciones sociales tienen una duración variable, muchas veces en contra de su voluntad. El Club de Regatas La Marina es una de las pocas organizaciones que puede decir que ha alcanzado esa marca. Cuenta con una rica historia, con muchas necesidades y deseos aún por cumplir, pero sobre todo, con socios y socias que continúan apostando a la construcción de un espacio que contenga por mucho tiempo más.
*Artículo elaborado en el marco del Taller Virtual de Redacción Periodística de Tiempo, que volverá a realizarse en el mes de noviembre.
Fuente Tiempo Argentino






