¿En qué momento la cara dejó de ser la carta de presentación de nuestras emociones para convertirse en una superficie de control? A mitad de camino entre la crónica confesional, el manual de supervivencia urbana y una arqueología ácida sobre la industria cosmética, Dame veneno que quiero vivir (Anagrama) aborda la obsesión contemporánea por el cuidado facial no como una mera frivolidad, sino como el síntoma perfecto de una época aterrada por la intemperie del tiempo.

El libro marca el regreso de la catalana Leticia Sala (1989) —poeta, narrativa, guionista y observadora filosa de las estéticas contemporáneas que ya había dejado su huella en Scroll e Incomodidad—. Desde una contradicción tan cotidiana como incómoda, la autora construye su ensayo sobre la tensión entre el deseo genuino de gustarse y la sospecha de estar alimentando la misma máquina que disciplina. Sin caer en el sermón moralista ni en el purismo ingenuo, Sala rastrea el linaje histórico del tocador —de las pócimas con plomo del Renacimiento a los imperativos biopolíticos del capitalismo del bienestar— para revelar cómo el bótox, el ácido hialurónico y los sueros de retinol colonizaron el espacio mental contemporáneo. Lo que se promociona como un ritual sagrado de «autocuidado» esconde, en el fondo, una forma estilizada de servidumbre voluntaria.

Uno de los tramos más feroces del libro le apunta al fenómeno reciente de las Sephora kids: nenas de ocho o trece años adoctrinadas por el algoritmo de TikTok, que cambian los juguetes por frascos antiedad y rutinas de hidratación nocturna. Al cruzar el testimonio generacional con la historia cultural del maquillaje, Sala expone cómo el mercado recortó la infancia para extender la tiranía de la piel impecable a edades inéditas. La pregunta que flota es tan estética como política: ¿qué gesto de resistencia queda cuando la expresión facial —la posibilidad de fruncir el ceño al dudar o reírse con ganas— queda obturada por la parálisis de la aguja?

En el cruce entre feminismo, consumo masivo y cultura digital, el texto opera como un manual de curiosidades y un diario de guerra contra la máquina del retoque permanente. Dame veneno que quiero vivir entrega una radiografía eléctrica sobre lo que cuesta habitar un cuerpo en el siglo XXI, invitando a pensar si es posible desarmar la tiranía del espejo y la peor cara del capitalismo cosmético.
Fuente Tiempo Argentino







